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| Gerardo Piña-Rosales. Academia Norteamericana de la Lengua Española
Nueva York, 26 de mayo del 2010

EXPERIENCIAS DE UN APRENDIZ DE GRAMÁTICO

LA NUEVA GRAMÁTICA DE LA LENGUA ESPAÑOLA


Gerardo Piña-Rosales


Quien les habla se incorporó a la Comisión interacadémica para la Nueva Gramática de la Lengua Española ya bastante avanzada la obra. De nuestra Academia Norteamericana de la Lengua habían asistido a las reuniones previas de trabajo (Antigua Guatemala, Avila, Madrid, México) D. Joaquín Segura, D. Odón Betanzos y D. Theodore Beardsley.


La Comisión de la ANLE para la Nueva Gramática estuvo presidida por D. Joaquín Segura, y fueron sus vocales ?¡vocales activos!? D. Luis Pérez Botero, D.ª Beatriz Varela, D. Roberto Galván, D. Pedro Guerrero Ruiz, D. Antonio Pamies, D. Jorge I. Covarrubias y D.ª Leticia Molinero, y un servidor, que no es gramático, sino simplemente escritor y dinamitero ocasional de la tradicional gramática, que en las tres últimas reuniones hube de sustituir, por razones de salud, a D. Joaquín Segura, persona de gran experiencia y conocimientos en estos temas.

La primera reunión de la Comisión interacadémica para la Nueva Gramática a la que me tocó asistir fue la de Zamora, en noviembre de 2006. A algunos de sus miembros ya los conocía de pasados congresos y reuniones plenarias, pero a otros no. Era mi primera visita a Zamora, y no había ido precisamente a contemplar iglesias románicas sino a cooperar, al menos en cuestiones de estilo, con la impresionante Comisión de ilustres gramáticos y lingüistas. Y allí estaban ya, metidos en faena: el director de la RAE, D. Víctor García de la Concha, el Secretario General de la Asociación de Academias de la Lengua, D. Humberto López Morales, y D. Ignacio Bosque (cerebro y alma de la Nueva Gramática). Se hallaban también allí los coordinadores de las diversas áreas lingüísticas: D. Guillermo Rojo (de España) D. José Samaniego (de Chile), D.ª Alicia Zorrilla (del Río de la Plata), D. Rodolfo Cerrón Palomino (del Área Andina), D. Juan Carlos Vergara (del Caribe continental), D. José Moreno de Alba (de México y Centroamérica), D.ª Amparo Morales (de Las Antillas). Asimismo, se hallaban presentes D. Julio Borrego (RAE) y D.ª Angela Di Tullio (Academia Argentina), coordinadores del Manual de la Nueva Gramática. A algunas de estas reuniones acudió también el encargado del volumen sobre Fonética y Fonología, D. José Manuel Blecua, de la Real Academia Española

Yo representaba a Estados Unidos y a Filipinas.

Lo de Estados Unidos es comprensible, puesto que soy miembro numerario de la Academia Norteamericana y su actual director; lo de Filipinas sigue siendo para mí un misterio, porque si bien es cierto que existen un Instituto Cervantes y una Academia de la Lengua Española en Manila, que yo sepa, el español, en aquel archipiélago que fuera parte de la cola del león español, es una especie en vías de extinción; por otra parte, de tagalo no sé ni jota, y de chabacano, ni papa. El inglés ganó la batalla, y la seguirá ganando a menos que las instituciones culturales españolas otorguen menos resonantes premios a los mandamases de ese y otros países (valga el ejemplo de Marruecos, donde el francés ha desbancado al español) y les brinden un apoyo económico para que puedan funcionar con eficiencia y dignidad.

Volvamos a Zamora. Al cerrarse las puertas de aquella sala donde se iban a barajar conceptos tan conocidísimos y archimanidos como los cuantificadores o las subordinadas causales, finales e ilativas, me sentí poco menos que cercado. Recordé entonces aquello de:

    Allá en Castilla la Vieja

Un rincón se me olvidaba

Zamora había por nombre

Zamora la bien cercada«¡No wonder!», solté en inglés, y al momento puse cara de hidalgo azoriniano para disimular mi salida de tono. ¡Pero qué sorpresa me llevé! Aquellos señores se tomaban muy en serio su noble y sesuda labor, pero no por ello habían desterrado el humor de sus discusiones, debates y comentarios: todo lo contrario: era obvio que aquellos españoles e hispanoamericanos (y algún hispanounidense) se encontraban a sus anchas en aquella fiesta del idioma: siempre en un ambiente de cordialidad, de camaradería, de amistad, se contaban anécdotas, se gastaban bromas y hasta se lanzaban puyas, pero la ironía, de la fina, lo permeaba todo, máxime cuando salían a colación giros y locuciones idiomáticas típicas y tópicas de uno u otro país de los allí representados.

Pero, ojo, cuando D. Víctor García de la Concha veía que la guasa (como decimos los andaluces) comenzaba a salirse de cauce, farfullaba aquello de «Bueno, bueno, señores, sigamos, que vamos muy atrasados». Y entonces, todos, la mar de seriecitos, retornaban a hurgar en los entresijos de las subordinadas condicionales y concesivas, o en la necesidad de ponerle o no, como se había venido haciendo hasta ese momento, el sambenito de la bolaspa a palabras o giros erróneos. Y es que la Comisión interacadémica para la Nueva Gramática fue siempre muy puntillosa con eso de lo «politically correct». Además, yo creo que se habían dado cuenta de que aquel garabato se asemejaba más a un instrumento de tortura inquisitorial que a un signo ortotipográfico. De todos modos, habría sido peor que el signo de marras se hubiera parecido a una guillotina o a una silla eléctrica.

En esa reunión zamorana se llegó por fin a bautizar oficialmente la obra: Nueva Gramática de la Lengua Española. Yo no me atreví a abrir el pico, aunque al oír aquel título pensé: «Eso de 'Nueva' podría presentar un problemilla algún día, en este o próximo siglo, pues cuando la Asociación de Academias decida que ya es hora de publicar otra gramática, tendrán que titularla «Novísima Gramática de la Lengua Española». Claro que para entonces ni ustedes ni yo, ni sus hijos, ni sus nietos estaremos aquí para aplaudir la novísima obra.

En todas estas reuniones, que solían durar cuatro o cinco días, y en las que tanto aprendía este gramático a la violeta, se nos solía conceder ?!oh almighty god!— una tarde de asueto. Eran tardes para visitar la ciudad y sus monumentos. Un tanto bajo el síndrome de abstinencia fotográfica (¡las cláusulas adverbiales no se dejan retratar tan fácilmente!)—, aquellas tardes, cámara en mano, eran para mí la gloria; aunque confieso que entre arcos carpanales y bóvedas de crucero de vez en cuando oía un rumoroso sonsonete que me decía: «bolaspas sí, bolaspas no, bolaspas sí, bolaspas no». Y esa noche, en sueños dignos de un Goya, se me aparecían Doña Arpía, cuyo batir de harpagónicas alas hacía que los debiluchos adverbios, siempre tan lambiscones y remorosos, pusieran pies en polvorosa; el gargólico Don Grifo, cuyos ganchudos picos eructaban las interjecciones más soeces (eran grifos españoles); y Doña Urraca, la pajarraca, tahúr y zaragatera, esgrimiendo a diestra y siniestra todas las flexiones del modo imperativo (al que algunos profesores anglobelicosos de estos predios llaman comando), graznaba: «¡Obedeced, cumplid, acatad, doblegaos, rendíos!»

La siguiente reunión de la Comisión interacadémica para la Nueva Gramática tuvo lugar en Segovia (2008), en un parador nacional, antaño castillo medieval, atalayado en unos impresionantes riscos de donde no había escape posible. Por lo menos, desde aquellas alturas se podía divisar el famoso acueducto. Enfoqué el objetivo y como el plano focal era mínimo parecía que el acueducto estuviese siendo construido en esos momentos, pues una enorme grúa sobresalía por encima de la hermosa arquería. Así lo anoté en mi cuadernillo de bitácora. Y al hacerlo, me asaltó una duda: «Estuviese siendo construido: un imperfecto de subjuntivo, un gerundio y un participio. ¿No sería mejor: se estuviera construyendo? ¿Tendré que ponerle las banderillas de la bolaspa? Don Joaquín Segura o D. Ignacio Bosque sabrán aclararme esta curioso ménage à trois gramatical.

La última reunión de la Comisión interacadémica tuvo lugar en Burgos, en el Palacio de la Isla, en el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, que dirige con gran sabiduría y temple mi buen amigo Gonzalo Santonja. Llegué a Burgos en tren. Al salir de la estación, me llamó la atención una placa de bronce incrustada en un pedrusco de regular tamaño. Me dije, «Ya estamos en tierras de El Cid: ¡Santiago y cierra, España!, como decía el Capitán Trueno». Pero la placa no ensalzaba al Campeador sino al Dictador, pues decía: «FRANCISCO FRANCO, CAUDILLO DE ESPAÑA, INAUGURÓ EL FERROCARRIL MADRID-BURGOS. 4 DE JULIO DE MCMLXVIII 1968». Ya en el Palacio de la Isla, Santonja me enseñó la sala de exposiciones de arte, el auditorio, la biblioteca, el aulario. Al entrar a uno de los salones, ahora sala de conferencias, bajando un poco la voz, me contó mi anfitrión: «Ya sabes, este palacio fue el cuartel general de Franco durante la Guerra Civil. Por las tardes, sentado junto a esa chimenea, mientras tomaba chocolate con picatostes y jugaba con su hijita, el Generalísimo firmaba las sentencias de muerte». Santonja había usado el imperfecto de indicativo, tiempo que alude a una acción pasada, sí, pero continua, a una acción de la que no sabemos si terminó o no. «Espero que las reuniones no se celebren en esta sala», me limité a decirle.

En aquella última reunión burgalesa aduje que la nómina de escritores hispanounidenses que hasta ese momento se había seleccionado del CORDE y del CREA era menos que mínima. «¿Pensarán estos señores gramáticos que en Estados Unidos escribimos en Spanglish?, ¿creerán que, como nos llaman latinos, seguimos cultivando la lengua de Roma?», me había preguntado yo un tanto mosqueado. D. Guillermo Rojo me pidió que enviase a la Comisión una lista de obras de autores residentes en los Estados Unidos. Y así lo hice tan pronto como regresé a Nueva York.

Cuando llegó a mis manos la Nueva Gramática, y quise hojearla right away, mi primera reacción fue sentarme en un butacón, pues, sin atril ni facistol a mano, de qué otra manera se pueden consultar estos pesados (mas no plúmbeos) volúmenes. De inmediato, husmeé en la nómina de autores por comprobar si se habían seguido mis sugerencias o nos habían ninguneado. En primer lugar —pues ya se sabe que a la modestia hay que alimentarla con pequeños gestos—, me busqué yo: and there I was!, con mi novelita Desde esta cámara oscura. Tuve que aferrarme a los brazos de la butaca porque mi ego (es decir todo lo que uno se cree que es), archiinflado como un globo, pugnaba por ascender a los Olimpos. Imagínense: compartía cartel con Miguel de Cervantes, Sor Juana Inés de la Cruz, Quevedo, Borges, Carlos Fuentes, Vargas Llosa y otras luminarias de nuestras Letras. ¿Pero qué obras de mis colegas hispanounidenses habían sido seleccionadas para ejemplificar tal o cual intríngulis gramatical? Para mi contentamiento, gozo y orgullo, fui señalando con un lapicero en los márgenes de la nómina escritores como Odón Betanzos Palacios, de Nueva York, con su Diosdado de lo Alto; Isaac Goldemberg, de Nueva York, con El nombre del padre; Víctor Fuentes, de Santa Barbara, California, con Morir en Isla Vista; Rolando Hinojosa-Smith, de Texas, con Estampas del valle; Eduardo Lago, de Nueva York, con Llámame Brooklyn; Carlos Mellizo, de Wyoming, con Un americano en Madrid y otros amores difíciles; Miguel Méndez, de Arizona, con Peregrinos de Aztlán; Alejandro Morales, de Santa Ana, California, con La verdad sin voz; Gonzalo Navajas, de Irvine, California, con De la destrucción de la urbe; José Luis Ponce de León, de San Francisco, con La seducción de Hernán Cortés; Tomás Rivera, de Texas, …y no se los tragó la tierra; Jesús Torrecilla, de Baja California, con Tornados; Omar Torres, de Miami, con Apenas un bolero; Sabine Ulibarrí, de Nuevo México, con Tierra Amarilla; Walter Ventosilla, de Nueva York, con El mariscal idiota; y varios más. Escritores de orígenes variopintos todos ellos, y todos empeñados, contra viento y marea, en seguir escribiendo en español, haciendo, las más de las veces, oídos sordos a los cantos sirénidos de la industria editorial estadounidense en lengua inglesa.

El español de Estados Unidos está ampliamente reflejado en la Nueva Gramática, un español con la inevitable influencia del inglés, pero también con los mil matices que le prestan hispanohablantes de todo el continente americano.

Gracias, Ignacio, por este hermoso y valiosísimo regalo, por esta Nueva Gramática de la Lengua Española, obra que confirma la unidad y la universalidad de nuestra lengua. Te aseguro que, por lo menos en mi caso, formará parte de mis libros de cabecera junto a la Biblia y el Quijote.

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