Noticias del español

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| Fabio J. Guzmán Ariza
Academia Dominicana de la Lengua
Agosto 2009

¿ES EL ESPAÑOL UN IDIOMA MACHISTA? (1 de 3)

Para las Chicas: Vivian, Rosario, Tuchi, Frieda y Nonora.


Cuenta la profesora española Teresa Meana Suárez1 como alrededor del año 1973, estando en una asamblea universitaria colmada de estudiantes de ambos sexos y muy alborotada, un hombre gritó: «¿Esto es una asamblea o qué cojones es?», a lo que otro respondió: «¡Cuidado con las palabras, que hay señoritas presentes!» Calmados los ánimos por esta amonestación y luego de un largo rato de intervenciones diversas, se levantó una joven y se dirigió a la concurrencia con estas palabras: «Yo sólo quiero decir una cosa: ¡Cojones!»


No se necesita ser mujer ni feminista para entender a qué se debió el exabrupto de la joven: muchos entendían que había palabras que le estaban prohibidas decir u oír por su condición de «señorita», pero ella quería oír y usarlas todas; no le hacía falta la «protección» del caballero de la advertencia, sino que al contrario, deseaba sentirse incluida y dueña de todo el léxico de su idioma, igual que los hombres.

La anécdota revela la gran frustración sentida por la mujer de la época que la llevó como a un resorte a soltar los primeros gritos desafiantes contra un idioma que le parecía manifiestamente machista, y no sólo porque le estaban vedadas las malas palabras. Desde la perspectiva feminista, cabía reprocharle igualmente al español, entre otros elementos discriminatorios, el ocultar a la mujer con el uso de los genéricos masculinos, el despreciarla con los llamados «saltos semánticos» y «duales aparentes», y el humillarla con refranes y adagios henchidos del más ponzoñoso machismo, en uso desde los orígenes mismos del idioma. ¿Qué hay de verdad en estas recriminaciones?

En cuanto a los genéricos masculinos, resulta evidente que en español el masculino es el género no marcado y tiene un doble uso o valor2. Puede usarse con un valor específico como en la oración «Fulano consultó al abogado sobre el asunto», donde se refiere clara y únicamente a un abogado varón. Aquí no hay lugar a quejas.

La polémica se suscita cuando el masculino se utiliza con un valor genérico que abarca a varones y hembras como en las siguientes oraciones y frases:

– Todos los abogados deben juramentarse ante la Suprema Corte de Justicia.

– El hombre es un ser racional.

– La Declaración de los Derechos del Hombre.

– El Museo del Hombre Dominicano.

– El que voluntariamente mata a otro, se hace reo de homicidio.

¿Constituyen estas expresiones discriminación a la mujer? Los gramáticos tradicionales nos responden que no, que no debemos confundir género y sexo, puesto que el primero es un concepto gramatical que se refiere solamente a las palabras y no a las personas; que, en efecto, el hecho de que todos los sustantivos tengan género no significa necesariamente que tengan sexo (por ejemplo, «la mesa»).

Esta postura podrá considerarse correcta desde un punto de vista estrictamente lingüístico o gramatical, pero no toma en cuenta que la condición de la mujer en la sociedad no es asunto de gramática, sino de realidades sociológicas, históricas, psicológicas, etc., y en esos ámbitos, los hispanohablantes asocian instintivamente el género con el sexo y deducen de esa conexión el carácter secundario o inferior de la variante femenina en ambos. De ahí que no les sorprenda que, contrario al masculino, el género femenino en español sólo tenga valor específico y se refiera estrictamente a las mujeres.

Hay un genérico masculino que hoy día le causa ronchas hasta al lingüista más conservador. Me refiero al llamado “salto semántico”: un genérico utilizado con tal torpeza (o mala fe) que resulta en la expulsión de la mujer del campo de lo humano o racional y en su deportación al mundo de seres inferiores o diferentes. Las tres oraciones que siguen ilustran el uso del salto:

– Los nómadas se trasladaban con sus enseres, ganado y mujeres.

– El pueblo entero estaba en el mitin, se quedaron en sus casas sólo las mujeres y los niños.

– Los dominicanos se pasan todos los fines de semana lavando sus carros y bebiendo cerveza, y en el caso de las mujeres, arreglándose en el salón.

En cuanto a los duales aparentes, consisten en vocablos que adquieren significados diferentes según el sexo al que se refieran, como ocurre con zorro/zorra, hombre público/mujer pública, gobernante/gobernanta, frío/fría, que en sus variantes masculinas denotan agudeza, prestigio, poder y flema, respectivamente, muy diferente a los significados de prostituta (zorra, mujer pública), sirvienta de hoteles (gobernanta) y de frigidez sexual (fría) de las variantes femeninas.

Por último, tenemos los refranes y los apotegmas que por milenios han denigrado, difamado y ninguneado a la mujer. Los primeros dan constancia inequívoca de que hasta fecha muy reciente la mujer en el mundo hispanohablante era sencillamente un ser inferior con un destino y una función muy específicos: procrear y atender a los hombres. A continuación una muestra, de ningún modo exhaustiva, de refranes dominicanos y españoles:

– La mujer como la vaca se busca por la raza.

– La mujer tiene largo el cabello y corto el entendimiento.

– Mujer asomada a la ventana o es puta o está enamorada.

– Mujer de treinta y sin nene, no sabe para que lo tiene.

– Mujer que al andar culea, bien sé yo lo que desea.

– Mujer sin varón, ojal sin botón.

– Mujer, viento, tiempo y fortuna, presto se muda.

– Mujeres y avellanas, muchas salen vanas.

– Mujeres y pelagatos, son malos para hacer tratos.

Los apotegmas son también fruto del machismo secular, pero en vez de surgir del pueblo llano, como los refranes, brotan de las mentes prodigiosas de los grandes filósofos, científicos, literatos y estadistas… varones. A seguida una muestra, más o menos en orden cronológico, desde la Edad Antigua hasta épocas recientes y de todas las latitudes:

– La mujer está hecha así: ligera y voluble, te rehuye si la amas, y te ama si la rehuye (Teócrito).

– La mujer es variable y tornadiza (Virgilio).

– Es natural condición de mujeres/desdeñar a quien las quiere y a amar a quien las aborrece.

Y yo soy de parecer/y la experiencia lo enseña,/que ablandarán una peña/lagrimas de una mujer (Cervantes).

– El mar y la mujer, todo es mudanza (Tirso de Molina).

– En el mejor de los casos, la mujer es algo contradictorio (Alexander Pope).

– Los bandidos te piden la bolsa o la vida; las mujeres te exigen ambos. (Samuel Butler).

– Las batallas que contra las mujeres se ganan son las únicas que se ganan huyendo. (Napoleón).

– La mujer es como una buena taza de café: la primera vez que se toma no deja dormir (Alejandro Dumas).

– A cada mujer corresponde un seductor. Su felicidad no está sino en saber encontrarlo (Sören Kierkegaard).

– Nunca ha de fiarse uno de la mujer que le diga su verdadera edad. Una mujer capaz de decir esto, es capaz de decirlo todo (Oscar Wilde).

– La mujer hermosa es un peligro. La mujer fea es un peligro y una desgracia (Santiago Rusiñol)

– La gran pregunta que nunca ha sido contestada y a la cual todavía no he podido responder, a pesar de mis treinta años de investigación del alma femenina, es: «¿Qué quiere una mujer?» (Sigmund Freud).

– No nay ninguna mujer que valga nada para el hombre, a menos que el hombre esté enamorado de ella; en este caso, vale todo lo que cuesta. (Somerset Maughan).

Después de leer estas vilezas, ¿quedará entre mis lectores varones alguno, por más hombre macho, masculino, viril y testosterónico que sea, que se pregunte por qué la mujer moderna sintió la necesidad de enfrentar al sexismo lingüístico? Continuaremos en una futura entrega.

1 SUÁREZ, Teresa Meana, Sexismo en el lenguaje: apuntes básicos, en línea , h, [consulta del 12/2/09].

2 He seguido en este párrafo los lineamientos de AYALA CASTRO, Marta Concepción, GUERRERO SALAZAR, Susana y MEDINA GUERRA, Antonia M., Manual de lenguaje administrativo no sexista, en línea , [consulta del 12/2/09]

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