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| Lluís Amiguet
La Vanguardia, España
Jueves, 14 de enero del 2010

«EN EL MUNDO, LOS RAROS SON LOS PAÍSES CON UN SOLO IDIOMA»

John Edwards, sociolingüista, experto en bilingüismo en Quebec.


Tengo 61 años: ahora ya triunfar es no pifiarla. Nací en Inglaterra, pero vivo en Quebec y hablo el quebequés. El estado natural de lenguas y hablantes es la mezcla caótica. No saber idiomas sale más caro que aprenderlos. Mi laboratorio es la calle. Publico Un món de llengües.


Para empezar, déjeme decir algo a los profesores…

Adelante.

-Ninguna lengua, dialecto, modismo o giro local es más omenos valioso que otro.

Pero unos cotizan más que otros.

-Hay lenguas americanas, por ejemplo, cuya numeración no pasa de contar hasta tres…

Si no les hace falta llegar a cuatro…

-Exacto. El idioma responde a lo que exige el entorno al hablante. Por eso, esas mismas lenguas sin cuatro tienen una palabra para designar con precisión a primos cuartos.

¿Por qué?

-Porque eran grupos pequeños que debían clarificar el parentesco para evitar relaciones incestuosas; en nuestras grandes ciudades esa necesidad de evitar consanguinidades indeseables se pierde y así usted no sabrá definir, por ejemplo, concuñado.

Lo oía decir en mi pueblo.

-Cada lengua es el resultado de la adaptación de un grupo a su medio, pero si quiere prosperar en otro, deberá adquirir otras lenguas, dialectos, subdialectos, modismos…

¿Y si tienes varias lenguas de origen?

-Antes pensábamos que la lengua materna era siempre la base imprescindible sobre la que se erigían las demás, pero el caso Steiner y otros demuestran que la plasticidad del cerebro infantil también permite a los niños ser bi, tri o tetralingües sin que predomine una lengua materna inicial.

¿Y las sociedades?

-La lengua es más que un mero medio de comunicarse: es seña de identidad grupal y, por ello, materia de estudio muy sensible.

Hoy unas lenguas sustituyen a otras.

-El bilingüismo es un equilibrio inestable, pero —y vivo en Quebec— puede ser sufrido como tensión y amenaza o aprovechado como estímulo y oportunidad.

¿En qué sentido?

-Canadienses y quebequeses, igual que catalanes y españoles, llevan demasiado tiempo viendo en la coexistencia de sus lenguas un conflicto que será resuelto sólo cuando desaparezca la lengua de los otros.

Es «el problema» lingüístico.

-Si fuera un problema tendría solución; pero no lo es, porque el estado natural del ser humano, la realidad de la inmensa mayoría de los habitantes del planeta y de los estados donde viven, es la mezcla caótica de lenguas. Son raros los países monolingües puros.

¿Y aspirar al monolingüismo?

-Ya le he dicho que no es una aspiración natural: ¿a usted le parece una aspiración inteligente?

Una lengua sin Estado desaparece.

-Falso. Del mismo modo que tampoco es cierto que una lengua con Estado sobreviva necesariamente. Y he vivido y estudiado el caso irlandés: el gaélico irlandés tiene un Estado y sin embargo no tiene casi hablantes.

Y si una lengua desaparece, no resucita.

-También es falso: el hebreo era una lengua muerta que hoy es moderna y hablada, y el checo y otras lenguas agonizaban hasta que desapareció el imperio austro-húngaro.

Un pueblo sin lengua deja de serlo.

-Vuelve a ser inexacto: irlandeses o escoceses siguen siéndolo —yo no se lo discutiría— pese a haber adoptado la lengua del invasor inglés. También los austriacos tienen identidad sin lengua, como otras naciones tienen varias lenguas y una sola identidad.

¿Hay identidad nacional sin lengua?

-Rotundamente, sí. La identidad grupal va mucho más allá de la lengua y le sobrevive.

¿Una vez una lengua empieza su declive es imposible detenerlo?

-Tampoco es cierto, y tiene usted aquí el propio catalán, que es un gran ejemplo de la recuperación del uso social de una lengua: ¡ya les gustaría a cientos de lenguas en declive gozar de su salud! Irlanda y Escocia, en cambio, me temo que van a perder del todo sus lenguas a no ser que implanten una dictadura o algo por el estilo.

¿Las multas lingüísticas defienden un idioma o sólo logran que se maldiga?

-Incentivar es mejor que prohibir, e ilusionar mejor que penalizar, pero si existe —como en Quebec— una gran mayoría democrática dispuesta a multar por defender su lengua, sólo puedo añadir que ellos lo han decidido.

Veo que no hay grandes soluciones.

-No, pero me temo que algunos activistas suelen elegir a la carta las cómodas condiciones de su menú lingüístico: quieren gozar de hegemonía lingüística, pero sin pagar el coste del aislamiento y la pérdida de conectividad y valor que comporta renunciar a las demás lenguas habladas en el país.

¿El bilingüismo acaba con la desaparición de la lengua más débil?

-Para devolver la hegemonía a un idioma que la ha perdido en su territorio no basta con un par de leyes y unas cuantas multas; sería imprescindible una auténtica revolución que anulara las mismas fuerzas del mercado y la globalización que la han arrinconado. Y eso tiene un coste altísimo y no siempre compatible con una democracia.

¿Por qué?

-Porque esas fuerzas operan porque benefician a la mayoría. Los activistas quieren hablar gaélico, pero seguir gozando de los privilegios de hablar inglés. Y no es posible.

¿Qué propone usted?

-Tal vez se podría conservar la propia lengua sin renunciar a otras más poderosas si se logra establecer un vínculo afectivo y duradero con ella, un compromiso que pusiera en valor su plus cultural y equilibrara esas fuerzas globalizadoras.

Buenas razones

«El inglés —bromea Edwards— es una lengua en extinción, porque carece de una Real Academia que vele por su pureza». Y explica cómo, cuando Francia, España, Alemania y otros países fundaban sus academias, en el XVII y XVIII, los anglos rehusaron fundar la suya «porque los demás lo hacían». Fiaron su estándar lingüístico a dos espontáneos: el británico Samuel Johnson y el estadounidense Noah Webster, quienes compilaron los dos grandes diccionarios normativos del idioma. «Hoy EE. UU. no se preocupa, al contrario que Francia, de mantener la expansión de su lengua, pero sí de dar al mundo razones económicas, científicas y militares para que todos se esfuercen en aprenderlo».

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