Noticias del español

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| Eugenio Suárez
El País, España
Martes, 4 de mayo del 2009

EMBESTIDA AL IDIOMA

Hay que seguir machacando, aunque el hierro parezca de hielo. A todos se nos llena la boca acerca de la buena o mala salud del español, el peligro que corre en zonas periféricas y la soberana chulería de que lo hablan cuatrocientos o quinientos millones de personas, con la consideración de ser el segundo o tercero del mundo.


Por mucho que los catalanes y vascos se empeñen en seguir haciendo lo que siempre hicieron, que es hablar su jerga vernácula en casa, intentando extrapolarla a las escuelas, institutos y universidades, el daño que recibe el idioma procede de nuestra propia desidia y la incuria generalizada para su aprendizaje.

Una lengua no va incorporada a los genes, sino que se aprende, con mayor o menor fluidez, a partir de las primeras frases que el niño escucha de su madre o de las enfermeras del servicio de maternidad. Es algo que se aprende, como andar o tener la voluntad de hacer oposiciones al Catastro.

Cuando falta el aprendizaje, o sea, la enseñanza, la lengua se convierte en el tosco instrumento de expresar necesidades elementales e intercambiar ordinarieces. Está demostrado que hay lenguajes de notable dificultad, abrumados por las desinencias, conjugaciones, profusión de vocales abiertas, cerradas o entornadas, como, por ejemplo, el magiar, que dicen que tiene cierto parecido con el finlandés, lo que proporciona muy leve consuelo. Pero los húngaros —y los fineses— aprenden desde la cuna otro u otros idiomas, en los que se expresan con la soltura correspondiente a sus conocimientos. Tal ha ocurrido y sigue ocurriendo, en nuestro país con las regiones que reivindican un habla propia.

Sin ir más lejos, en el Parlamento, cuando se parlamenta, que no es tanto como debiera, reconocemos que son mejores oradores los vascos, catalanes y gallegos que los castellanos, aferrados a nuestro idioma universal que en enorme proporción desconocemos. Mi oficio es escribir modestamente en los periódicos, y no dejo de confesar que cada cuatro o cinco años tengo que sustituir el diccionario porque termina desencuadernado de tanto usarlo. Eso denuncia mi deficiente cultura y, también, el deseo de hacer las cosas bien, apoyado en la sabiduría ajena.

Me siento como un Maestro Ciruela que sigue los consejos del rabí Dom Sem Tob, del que recuerdo uno de sus proverbios: «No vale el azor menos porque en vil nido siga / ni los consejos buenos / porque judío los diga». Cito de memoria, que la tengo buena para cosas viejas y, a menudo, inútiles.

La causa —un idiota diría la culpa— reside en los mismos periodistas, los locutores, los políticos que utilizan la tribuna como si estuvieran a horcajadas en la barra de un bar. Quienes debieran dar ejemplo con su conocimiento muestran una vastísima incultura que nada hacen por rellenar. Derivamos hacia el inglés, pero no el culto, el literario, rico, exuberante, imaginativo, sino al inglés para pedir un refresco en el avión y entender lo que masculla una estrella de cine a la que entrevistamos.

La semana pasada, una escritora de talla como Soledad Puértolas confunde, en la colaboración de un suplemento, viudedad, que es la pensión que percibe el cónyuge superviviente, con viudez, que es el estado de viuda o viudo. Lapsus muy frecuente. Una locutora lee impávida las exequias de un personaje importante y suelta que el féretro iba en «el carro de un cañón». Se llama armón y se suele decir de artillería, porque, en efecto, el armón no es un arma grande, sino el juego delantero de la cureña donde se monta el cañón, campanas que no se sabe donde suenan.

Esperemos que con una ministra del género femenino, por deferencia, se empleen con propiedad los nombres marciales y también dejen de llamar «fusil de caza» a la escopeta o no describan el homicida gesto de calar la bayoneta como «enchufar la bayoneta en el cañón del fusil».

Hablar correctamente no es síntoma de belicosidad ni propensión al militarismo. Cuando se usan palabras de uso menos frecuente, hay que conocerlas. Declaro ignorar lo que significa «bajar una canción» al móvil. Si tuviera que hacerlo, tomaría el ascensor y me pondría a silbar en el portal de mi casa, pero obviamente es otra cosa. Como no la conozco, me abstengo.

Lamento repetirme en los temas y más aún hacerlo en vano, pero me pone de los nervios escuchar una retransmisión de fútbol donde los jugadores, empujan, tocan, golpean el balón, pero apenas se escucha que chuten, cuando es un anglicismo aceptado hace años por el Diccionario de la Real Academia. Perdonen la insistencia; creo que es mejor que el castizo «achantar la mui».

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