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| Marisa Rauta
El Diario de Madryn, Madryn, Chubut (Argentina)
Lunes, 18 de septiembre del 2006

EL PODER DEL LENGUAJE, EL PERIODISMO Y LAS MIL Y UNA NOCHES

En estos días de tanto grito y pocas palabras, es bueno recordar un ejemplo muy claro que expone el rol del lenguaje. Nos propone imaginarnos que vamos al médico porque nos duele la cabeza. Dice que lo más probable es que el doctor, de una u otra manera, te haga las tres preguntas de Galeno: ¿Qué le pasa? ¿Desde cuándo? y ¿A qué lo atribuye? Lo más probable es que, de una u otra manera, le digas que desde hace un tiempo te duele la cabeza y que no sabés por qué te duele.


Luego de unas preguntas más, también es probable que el médico emita el diagnóstico de «cefalea idiopática». Cefalea significa dolor de cabeza, e idiopática de causa desconocida.

El doctor, después de todo, lo único que ha hecho es traducir al griego lo que le dijiste en castellano.

Palabras que parecen

Como dice Benito Peral, los médicos, los abogados, los economistas, los biólogos, los informáticos y los periodistas, entre tantos otros, tenemos nuestra jerga para parecer que sabemos.

Pero, sin lugar a dudas, señala que la jerga más curiosa es la de algunos políticos. Es fascinante oírles hablar durante horas sin decir nada. Joan Manuel Serrat tiene algo personal con esos tipos que no pierden ocasión para declarar públicamente su empeño en propiciar un diálogo de franca distensión que les permita encontrar un marco previo que garantice unas premisas mínimas que faciliten crear los resortes que impulsen un punto de partida sólido y capaz… O de aquellos que verbalmente están del lado de los derechos de la mayoría y en contra de todas las injusticias que es ni mas ni menos que la falta de justicia quién sabe por qué avatares ajenos a uno mismo… Palabras, palabras, palabras y muchas veces subidas de tono para que el sonido supere el sentido.

Explica el especialista que es porque en muchas ocasiones y en muchas disciplinas científicas lo que hacemos es lo de Adán, ponerle nombre a las cosas sin reconocer las cosas. Los seres humanos nos sentimos en la cúspide de la evolución porque somos la única especie que ha desarrollado la capacidad para hablar, para comunicarse mediante un lenguaje simbólico.

Es el lenguaje lo más característico que poseemos, y de alguna manera nos constituye. Pero es también un arma. Porque el lenguaje es muchas veces la madriguera de nuestra ignorancia. Y en nuestra vida cotidiana, con demasiada frecuencia, también lo utilizamos como engaño, como defensa, como forma de justificación.

Palabras que salvan

Los periodistas ponemos en palabras habladas o escritas la «realidad», oficializando y garantizando mediáticamente los «hechos» públicos. Lo demás queda relativizado a lo estrictamente privado y prácticamente no existe para la masa. El poder del lenguaje en alguna medida siempre estuvo vinculado con la existencia y hasta con la vida.

Este modo de expresar la «realidad» es en definitiva también un modo de vida en el oficio. Se podría decir que una pieza estupenda y representativa de relatos cotidianos con un sentido análogo es la obra de Las mil y una noches, donde la hija del visir, Schehrazada, es la narradora que debe mantener siempre vivo el interés del cruel sultán, y así apelando a su creatividad, astucia y sabiduría, logra salvar su vida un día más.

Son muchos los que consciente o inconscientemente usan el lenguaje como afilada espada de defensa o de ataque. Dicen que el lenguaje pasa a cada instante de la esfera mágica y religiosa a la esfera profana. La antigua sátira griega era un arma mágica capaz de aniquilar a un enemigo; hoy es desahogo literario o periodístico, que hiere, pero no mata.

También el estilo de la predicación religiosa se ha extendido a toda clase de predicación. La oración, acto de comunicación del hombre con la divinidad, o vieja fórmula mágica destinada a lograr un objeto o a producir un efecto, se degrada en pieza oratoria o en unidad gramatical sin sentido, similares a los resistidos discursos políticos, si no guarda las formas.

Es que el lenguaje pierde paulatinamente su contenido original si se despoetiza o convencionaliza. Las viejas imágenes mueren, la palabra se vuelve tópico, lugar común, fría cárcel o ringside en un abrir y cerrar de ojos. Porque el lenguaje, como el arte, puede ser superior a la vida, o constituir una culminación de la vida.

Palabras que aclaran

La historia de algunas palabras sirven para aclarar algunas posiciones. Hablar, en español antiguo, fablar, viene del latín fabulari, contar, conversar, derivado de fabula. Algo del viejo sentido ha quedado, con evocaciones inquietantes, en confabular, que es una manera especializada de hablar bastante conocida.

Ese fabulari latino está relacionado con un verbo más antiguo, fari, hablar, que tiene, entre otros derivados, a un participio de presente: fans, el que habla, de donde infans, el que no habla, es el infante, antiguamente la criatura que aún no podía hablar, actualmente se podría decir, el que no está a la altura o no tiene acceso al micrófono.

A propósito, Benito Peral es un psiquiatra español excepcional, con sentido del humor, analítico y muy cercano, cuando uno comienza a comprender sus planteos en el imperdible blog que denomina «Mis circunstancias».

A veces, con algunos colegas terminamos coincidiendo en que no estaría mal que los periodistas recurramos a algún profesional que nos ayude, cuando la realidad nos quita el habla.

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