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| Agencia Efe

El periodista Álex Grijelmo publica La gramática descomplicada

El periodista y escritor español Álex Grijelmo cree que la gramática, esa materia que suele ser tan árida para la mayoría de los mortales, puede explicarse con sencillez y de forma amena, y así se lo ha propuesto en su libro La gramática descomplicada, en el que facilita las claves para manejar con soltura los conceptos gramaticales.La obra, que publica ahora Taurus y que está dirigida a todo tipo de lectores, da una idea general del funcionamiento y estructura del lenguaje, y no está concebida «para memorizar la gramática», advierte el autor desde el principio, sino para «pensar en ella y con ella».

«El lenguaje es el pensamiento; y conocer la estructura de nuestro lenguaje equivale a conocer cómo se han estructurado nuestras razones», afirma Grijelmo (Burgos, 1956) en su nueva obra, que se suma a títulos como La seducción de las palabras, La punta de la lengua y El genio del idioma, en los que el autor, actual presidente de la Agencia Efe, refleja su pasión por el idioma.

Grijelmo es consciente de que su nuevo libro «les parecerá heterodoxo a numerosos gramáticos», porque, para ganar la batalla de la amenidad y la sencillez, prescinde de esos tecnicismos lingüísticos que «tan árida hicieron la materia a millones de alumnos».

El propio título hará dudar a más de uno: La gramática descomplicada. ¿Existe la palabra «descomplicada»? No aparece en el Diccionario de la Real Academia Española, pero «representa una formación legítima, creada con los recursos del idioma, y es vocablo común en algunos países de América, especialmente en Colombia», señala Grijelmo, que ha elegido ese adjetivo para el título porque «la obra pretende devolver a lo sencillo lo que siempre se ha tenido por complicado».

Como decía Andrés Bello —y recuerda Grijelmo—, la gramática nos permite averiguar lo que pasa en el alma de quien habla. Pero aún hace más: «nos ayuda a ordenar la realidad y enseña a exponer las ideas, a generarlas». Y, por si fuera poco, la gramática «constituye una magnífica gimnasia mental», asegura el autor.

Si tantas son las ventajas que tiene la gramática, convendrá conocerla a fondo.

Para facilitar la labor, Grijelmo revisa los apartados fundamentales de esta materia, recuerda sus normas, intenta explicarlas con sencillez y muestra las consecuencias de no conocerlas. Todo ello con el propósito de que el lector «pase un buen rato».

Como no pretende ser exhaustivo, el autor se salta la fonología porque el hablar de fricativas, bilabiales, oclusivas y palatales puede desanimar a más de uno a continuar adelante.

Hecha esa concesión, Grijelmo facilita después las piezas necesarias para saber cómo funciona el lenguaje, desde las letras hasta las oraciones, pasando por el nombre y el adjetivo, el artículo, el verbo, el adverbio, las preposiciones…, etcétera.

Todas las piezas tienen su importancia en ese complejo entramado de la lengua. La tiene la raíz, «la esencia de las palabras», y la tienen los prefijos y los sufijos, especialmente los segundos, que «pueden hacer maravillas a la hora de cambiar la categoría de las palabras». Un simple sufijo cambia el verbo apagar en el sustantivo apagón, y el adjetivo cálido en el sustantivo calidez.

Los prefijos tampoco se quedan mancos y, a veces, consiguen que una palabra adquiera el significado contrario. No es lo mismo, dice Grijelmo, tener una relación matrimonial que una prematrimonial; dar un paso que dar un repaso; residir en una vivienda que habitar una infravivienda, o hacer algo a pelo que hacerlo a contrapelo.

Y ¡ojo con no poner bien los acentos!. Grijelmo asegura que «todo sistema lingüístico cuenta con un cuerpo de policía implacable» y el acento «es la multa» que debe pagar una palabra cuando se salta dos sencillas reglas: las palabras terminadas en vocal, n o s son llanas (tienen la fuerza en la penúltima sílaba) y no llevan acento; las terminadas en cualquier otra letra son agudas (tienen la fuerza en la última sílaba) y no llevan acento. La palabra que incumpla cualquiera de esas dos normas paga la multa y lleva acento.

Dentro ya de «los terrenos del significado», el lector recordará lo que es el nombre, verá que el adjetivo «es la ropa que se pone el sustantivo para tener personalidad», sabrá que a veces hay nombres que se convierten en adjetivos («hombres rana», «ciudades dormitorio», «coches bomba») y comprobará que «una cosa es el género y otra el sexo, aunque los políticos españoles —dice el autor— suelan confundirlos cuando hablan» o cuando aprueban leyes como la de violencia de género. Especialmente porque nadie tiene el género neutro.

No es fácil a veces distinguir un pronombre de un adjetivo y Grijelmo facilita pistas para no confundirlos. Hace también especial hincapié en los relativos, «los dobles nudos del idioma» y un tipo de palabras dotadas para «las relaciones públicas». Por eso se llaman relativos.

Tras varios capítulos dedicados al verbo, «el motor de la lengua», y a las conjugaciones, tiempos («el apasionante mundo del subjuntivo» está concebido para atrapar al lector) o los modos verbales, el escritor recuerda el papel de los adverbios, las preposiciones (su lista ha variado en los últimos años) y las conjunciones.

La última parte del libro se reserva a la sintaxis, la que permite «encadenar el pensamiento» y conseguir ese objetivo que, según Andrés Bello, tenía la gramática: averiguar lo que pasa en el alma del otro.

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