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| Marcio Vélez Maggiolo
almomento.net, República Dominicana
Lunes, 29 de septiembre del 2008

EL LENGUAJE METAFÓRICO DEL DEPORTE

El béisbol, deporte importado de los Estados Unidos de América que es pasión dominicana, posee un rico historial de términos y usos gramaticales que podría estudiarse desde lo metafórico.


Ya Orlando Alba nos regaló un interesante libro sobre la lingüística, si así puede decirse, del béisbol. Pero son tan ricos los depósitos léxicos del mismo, que vale la pena hablar un poco de sus metáforas.

En nuestro léxico beisbolÏstico se usan con mucha frecuencia, como en otros deportes, las formas bélicas de descripción, y las explosivas fórmulas van desde el cañonazo al disparo. En torno al fenómeno que encarnan los cañonazos entre right y center (uso términos llegados del inglés) están las armas como respaldo de la cocción: «Cesarín y Willy Mays tenían un cañón», o bien Pete Reiser, el viejo outfielder o field que vino con los Dodgers de Brooklyn a Santo Domingo, se apodaba The Rifle Arm, (su brazo era un rifle), lo mismo que la recta endemoniada y nunca medida era una bazuca, como lo eran las líneas metrallas de Carty y sus granadazos cuando ganó aquel título de bateo sin dar un infield hit con promedio por encima de 360.

Escuchamos con frecuencia al cronista y experto en béisbol Ricky Noboa, apodar con belicismo entusiasta a Manny Ramírez como El acorazado de Dominicana, por su despliegue ofensivo y por su concentración corporal. En el boxeo, la más contundente de estas designaciones fue la que se asentó sobre la fama de Joe Louis cuando en 1938 destrozó a Smeling, de donde salió el apelativo El bombardero de Detroit. Los bombarderos B-29, poco después de aquella segunda pelea en las que se demostrara a Hitler mediante los puños el mito de la raza aria, entraron en acción.

Louis era un héroe nacional por haber vencido el orgullo nazi. Entregó parte de su carrera a exhibir sus puños en los campamentos, exigió que las tropas negras estuvieran en sus presentaciones, y luego fue orgullo mal entendido por aquellos que en el período nazi lo llevaron a la cima, para luego denigrarlo hasta convertirlo en un hazmerreir con la violenta presión que fiscal de los que nunca le reconocieron su color, llevándolo hasta el payasismo.

En ocasiones, pasando más allá del belicismo técnico, llenos de una pasión que parecería malsana, la calificación del encuentro de dos equipos o dos deportistas de la más alta división y la mayor rivalidad como choque de trenes, nos lleva al impacto de accidentes en los que la vida y la muerte están en juego, y en los que la violencia parece ser más apreciable que el deporte mismo. Es como si también la tragedia fuera en parte deportiva.

En el país de los gallos el que tiene las mejores espuelas y el movimiento más vivo, es el rey. La sangre es el ambiente y la elegancia del luchador, es el espectáculo. En el béisbol, como también lo señala Ricky, hay cañoneros, o sea manejadores de un cañón demoledor, como sería Alex Rodríguez, hoy, o bien el Joe Di Maggio de mis años de adolescente.

El apodo de algunos peloteros se mezcla con el belicismo rural que llama lo heroico por la calidad del personaje. El Gallo Batista, el Gallo Martínez, El Toro Isleño, Kid Dinamita son ejemplos de procedencia varia; el valor y la simpatía son parte de una aleación indisoluble.

Hay equipos de béisbol que sugieren las luchas en plena mar, con sables, parches para el ojo, y cimitarras afiladas para cortar las cabezas del enemigo, y lo más resaltante y metafórico, es que haya Piratas en Pittsburgh, lo mismo que en el lejano horizonte antillano de los siglos XVI al XIX, en épocas en las que el béisbol estaba ya inventado, si calculamos que el famoso pirata puertorriqueño Roberto Kupherstain Ramírez de Arellano, (Cofresí) —del cual mi amigo Mao Ramírez era descendiente—, ya asolaba, sin conocimiento del bate y la pelota, en las plazas de Puerto Rico, nombre del espacio que llegado de la época colonial se le daba a todos los centros primordiales de las ciudades españolas y ahora, absurdamente a edificios que no tienen cara de plaza. En los años en los que Cofresí fue fusilado en Puerto Rico por las tropas norteamericanas, ya existía la Liga Nacional de béisbol.

En muchos casos el béisbol pasa de la guillotina o la cimitarra y a la posible muerte ritual del jugador, como cuando alguien está al filo de la navaja, en un conteo angustioso, (recordamos, en nuestro caso, la novela de Somerset Maugham del mismo título). Entre algunos narradores venezolanos como Pancho Pepe Cróquer, el sensacional Delio Amado León, el inimitable Rafael Rubí, rey de la metáfora deportiva, el estar un equipo, o un bateador al borde de la piragua, no era otra cosa que encontrarse a punto de caer en el peligroso charco de la muerte, donde me imagino que las antideportivas pirañas amazónicas esperaban para convertirlo al condenado en esqueleto flotante.

Cuando uno de esos pitchers de bola rápida ponía a la llamada esféride, explosivo amasijo de fuego, la velocidad del meteoro, y el bateador veía pasar el bólido, entrábamos o entramos en la cosecha de la metáfora deportivo-astronómica, pero además en los recintos bélicos de la velocidad, porque el lanzador fusilaba, con razón o sin ella, a su oponente con lanzamientos supersónicos. Fusilar a 20 en un partido, dicho así, parecería a un tibetano un acto oriundo de la llamada era de Trujillo, o de otras dictaduras dadas a tales hábitos. Ahora, además, Santana Martínez habla de una tipología nueva de morir en las manos de un contrario de manera primorosa, porque hay entre el bateador y su golpeo tímido o elevadísimo, un matrimonio con el cielo.

(Fuente: Listíin Diario).

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