Noticias del español

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| Alí Medina Machado
diarioeltiempo.com.ve, Venezuela
Jueves 27 de septiembre del 2007

EL LENGUAJE ES TODO (i)

Nada hace el hombre no sustanciado en el lenguaje. Con él forma su propia historia y se entera de todo el proceso esencial de la cultura, pues la historia es también lenguaje producido con ansias de trascender. Las actividades de la sociedad aparecen determinadas por lo que el lenguaje expresa, por la condición de hacer y comunicar anidada en el potencial humano. El lenguaje anima al individuo y a la sociedad; los anima desde su condición natural y espontánea. Charles Hockett dice que «el lenguaje es automático y natural como la respiración».


Desde la perspectiva funcional lo emplea el hombre en sus necesidades expresivas. De lo más informal a lo formal el lenguaje es un tránsito que hace el individuo en los pormenores de su vida, en el proceso lingüístico vive subyacente en el sujeto, palpita incesantemente en la ebullición mental con ganas de exteriorizarse, pues es una condición potencial que repercute como un eco detenido cuando se está gestando en la mente, forma que va enhebrando un hilo figurativo, rítmico impulso que se hace peculiar en cada hablante.

El universo real del hombre se perfila dentro de las fronteras del lenguaje en las que se hace una infinita cosmovisión de formas impensadas que se logran con sus usos múltiples. Toda entidad lingüística es un proceso que se articula para exteriorizarse desde la perspectiva referencial o utilitaria. Se expresan múltiplemente lo científico, lo artístico, lo literario, lo poético, en elocuciones que transitan hacia el ámbito estatuario de lo cultural. Por tanto, la «cultura animi» que nos identifica sustantivamente como hablantes, debe inducimos a un proceso adquisitivo del lenguaje como condición indispensable para categorizar nuestro puesto en el medio sociocultural.

Ir paulatinamente a una formalización del lenguaje no es otra cosa que adentramos en el conocimiento y praxis de un sistema de palabras y de reglas. Hockett sostiene que «el dominio de la lengua materna no lleva consigo la comprensión de su funcionamiento ni la capacidad de enseñarla, así como padecer del corazón no convierte automáticamente al enfermo en cardiológico».

El término de nuestra conducta como hablantes queda fijado por el interés que tengamos en conocer progresivamente los instrumentos de las ciencias del lenguaje articulado, con la finalidad de ir descubriendo las luces infinitas que pueblan sus túneles y sus laberintos. Una cultura de la lengua no es otra cosa que aprender a desentrañar los formulismos y las ritualidades con las que el hombre entreteje el sistema de las estructuras, reglas y elaboraciones de esa lengua.

La rigurosidad expresiva edificada por un armador de lenguaje polisémico es bastante para contradecir la conducta de un hablante habitual e incompetente. La difícil o nula comprensión se hace evidente y no hay aventura posible en el ciego descubrimiento de la nada expresiva. ¿Cómo entender por caso, esta contundente afirmación de René Menard?… «La poesía es un acto de develación por cuyo privilegio el universo adquiere el habla en el hombre y por lo tanto, se devela el único modo posible para el hombre».

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