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| Amando de Miguel
libertaddigital.com, España
Miércoles, 13 de junio del 2007

EL HABLA DE LOS ESPAÑOLES: POLISEMIAS

Desde el principio se pudo ver que el lenguaje articulado es una manera de complicar las relaciones sociales.


A los españoles les encanta la polémica lingüística o gramatical, si las palabras significan esto o lo otro, o si se escriben de una u otra manera. Por lo que respecta a los contenidos, los hablantes no acaban de interiorizar un hecho sencillo, que muchas palabras tienen dos o más significados perfectamente legítimos. Es muy común la actitud de rechazar alguno de los posibles significados como espurio, no admitido. Es fácil suponer que esa polivalencia se resuelve muchas veces en ambivalencia y, por tanto, en confusión. Sin embargo, a menudo ese rasgo de los varios significados posibles de una palabra confiere una especial gracia a la conversación. La gracia de los intercambios verbales se suele derivar muchas veces de un malentendido, de que una palabra compita por dos significados.

Es claro que no se puede pensar sin palabras, aunque no haya que pronunciarlas. Al menos es así para los humanos actuales después de que surgiera el habla hace cien mil años y la escritura hace diez mil. No se puede pensar sin palabras, pero tampoco se puede jugar sin ellas. Hay pocos juegos totalmente silenciosos. Las palabras sirven para jugar con ellas porque pueden significar cosas distintas y porque nunca podremos asimilar todos sus significados. La razón es bien sencilla. Las acepciones que tienen las palabras varían con el tiempo. Por ejemplo, álgido fue alguna vez algo así como 'lo más frío' y ahora tiende a ser 'lo más caliente'. En su día enervar fue 'templar los nervios'; hoy es lo contrario, 'alterarlos'. En el español clásico versátil equivalía a 'caprichoso' o cosas peores; hoy es un elogio, algo así como 'adaptable'. En latín y hasta el siglo XIX, prestigio quería decir 'juegos de manos o de magia'. Hoy significa el 'aprecio que merece una persona o una institución'.

A veces, el cambio de significación de las palabras se debe a que se pierde la memoria de su origen. Es algo así como los renacuajos, que pierden la cola y se transforman en ranas. Un ejemplo, el popular traje de baño femenino llamado biquini debe su nombre a que lo presentó un diseñador francés, Louis Réard, en 1947. Por entonces la opinión pública mundial se hallaba excitada con la explosión controlada de una serie de bombas atómicas en el atolón Bikini, de las islas Marshall, en junio de 1946. Por esa razón el nombre de bikini fue un acierto. La historia se olvidó y puede que mucha gente crea hoy que el nombre de biquini obedece a que contenga dos piezas, la braguita y el sujetador. Tanto es así, que, cuando la parte del sujetador se separa en dos cazoletas mínimamente enlazadas, el atuendo que resulta recibe el nombre de triquini, algo así como 'tres piezas'. Es una formación espuria, pero ha cuajado.

El habla es un continuo fluir de palabras nuevas que llegan frescas como neologismos y de otras —los arcaísmos— que representan cosas o acciones desusadas. Da un cierto placer conservar algún arcaísmo que otro para indicar que la lengua es la que es porque la hablaron los antepasados. Es muy común la expresión «dejar algo en el tintero» para indicar algo que se omite, cuando hoy ya prácticamente no disponemos de tinteros. Por lo mismo se dice «la pluma» de un escritor para indicar su capacidad literaria, cuando ya no existen plumas como utensilios para escribir. Son raras, incluso, las plumas estilográficas, que se dicen como analogía.

La reconstitución del pasado lleva a la utilización de fórmulas rituales que se repiten sin percatarse de su significado. Por ejemplo, la locución «rasgarse las vestiduras». Se utiliza normalmente en forma negativa. «No hay que rasgarse las vestiduras» equivale a no dejarse escandalizar, no irritarse por algo chocante. Es una expresión que va muy bien a ese tipo ideal de español entero frente a la adversidad. La voz vestiduras es un arcaísmo que prácticamente se reserva para la expresión dicha. Nadie se rasga la ropa para expresar indignación o escándalo, pero la frase se repite por comodidad. Ahí es donde se ve el carácter de automatismo que tiene el habla.

Las voces más típicamente automáticas son las de los saludos y despedidas. Repasemos:

hola

¿qué tal?

¿cómo va eso?

¿qué hay?

hasta luego

adiós

vale

venga

chao

Estamos más cerca de los primitivos gruñidos de nuestros ancestros que del lenguaje articulado. Es muy curiosa la fórmula educada que se refiere al tiempo del día:

buenos días

buenas tardes

buenas noches

A veces se oye el «buenas tardes-noches», pues en el español no se distingue evening de night, como se hace en inglés, según sea antes o después de cenar. Una complicación de esas fórmulas de saludo o despedida se deriva de que la noción de tiempo abarca tanto el meteorológico (weather en inglés) del cronológico (time). Por ahí vienen muchas divertidas confusiones. Por ejemplo, no es lo mismo «¿qué tiempo tienes?» (la hora del día, también los años) que referirse al «tiempo que hace» (el atmosférico). O también ante el saludo de «buenos días», el interlocutor puede apostillar: «¿Cómo buenos, con la que está cayendo?» (hace un tiempo atmosférico desapacible). El automatismo del saludo no permite darse cuenta de que se trata de un deseo para el bienestar del inmediato futuro. No está claro si ese deseo envuelve alguna apreciación sobre el estado de la atmósfera.

Obsérvese, de paso, que se desean «buenos días» en plural, no simplemente un «buen día», como se dice en otros idiomas. Ese plural tiene una función festiva. Se desea que el inmediato futuro signifique una especie de regocijo.

La fórmula del «adiós» va perdiendo vigencia respecto al «hasta luego» y las otras mencionadas. Es claro que «adiós» es una contracción de «vaya usted con Dios». En inglés sucede algo parecido con el good bye. La alusión a la divinidad se debe a que en el pasado, los viajes tenían su riesgo. Por tanto, había que encomendarse a los espíritus para que ayudaran en el trance. De sobra es sabido que, todavía hoy, la gente se pone nerviosa a la hora de disponerse para un viaje. Una forma de aplacar esa «fiebre de viaje» es comer, beber o comprar. Esa necesidad la satisfacen ampliamente las tiendas y cafeterías de los aeropuertos.

La generalización del «¿qué tal?» como forma de saludo por parte de los presentadores de la radio o la televisión obedece a una razón práctica. En la radio o en la tele los programas se pueden grabar antes de emitirlos, o se emiten a diferentes horas o para audiencias que están en distintos husos horarios. En esos casos, los «buenos días» o saludos equivalentes podrían generar alguna confusión. En cambio, el intemporal «¿qué tal?» resuelve el problema.

La inercia de las realidades pasadas se extiende incluso al lenguaje no verbal. Para pedir al interlocutor que nos llame por teléfono podemos hacer un gesto con el dedo índice que gira alrededor de un disco. Es el remedo de cuando los números de los teléfonos se marcaban sobre un disco giratorio. Todavía se puede uno encontrar con el gesto de la mano que da vueltas a un hipotético manubrio para indicar ese mandato de «llámame por teléfono». El gesto nos retrotrae a una época, que ya casi nadie puede recordar, en la que los teléfonos requerían la fuente de energía que proporcionaba un pequeño manubrio. Un último gesto para indicar el «llámame» es colocar la mano semicerrada junto a la cara con el dedo meñique apuntando a la oreja y el pulgar a la boca.

La combinación más popular de gesto y palabra se produce cuando el hablante tiene que decir «entre comillas» para la frase que va a continuación. Al tiempo que la emite, el hablante alza las dos manos y hace el gesto de doblar un par de veces los dedos índice y corazón. El interlocutor entiende que de esa forma se dibujan en el aire las dichosas «comillas». En este caso el gesto procede miméticamente del inglés. Es algo que se ha visto en las películas de habla inglesa. Resulta que el idioma inglés presenta dificultades de entonación para referirse a un texto entrecomillado dentro del discurso principal. En consecuencia, se hace necesario que, al citar una palabra o una frase entrecomilladas, el hablante recurra al gesto indicado. Pero el idioma español no necesita tanto ese recurso de dibujar en el aire las comillas con las manos. Luego, si un español gesticula de esa forma, lo hace simplemente por mimetismo respecto a los angloparlantes.

Cuando no se puede hablar o las palabras no sirven de mucho, se gesticula, se comunica uno con el cuerpo, la indumentaria, los símbolos de todo tipo. Aunque la secuencia cronológica quizá fuera al revés. Primero los homínidos «hablarían» con gestos y luego con gruñidos y al final con voces articuladas. La prueba es que en la raíz de muchas palabras en distintos idiomas hay una voz natural, lo que llamamos onomatopeya. Por ejemplo, la raíz ur significa tanto ciudad como agua en muchos idiomas asiáticos y europeos, incluido el vascuence y seguramente los primitivos idiomas ibéricos. Ur es el sonido del agua que fluye. No es casualidad que las urbes se hayan levantado junto a corrientes de agua dulce. Ur fue la mítica ciudad de Abraham, junto al Éufrates. La urbe por antonomasia es Roma, junto al Tíber.

Naturalmente, nunca averiguaremos qué es lo que impulsó a nuestros antepasados homínidos a pasar del gesto y el gemido a la palabra. Podemos imaginar que ese trascendental paso se dio cuando aquellos homínidos necesitaron engañar a sus semejantes. Tal urgencia se derivaba de un conjunto de extraños placeres del espíritu: hacerse con el mando, figurar, presumir, distinguirse, vengarse, acentuar la desigualdad. En cuyo caso desde el principio se pudo ver que el lenguaje articulado es una manera de complicar las relaciones sociales.

Se podría asegurar que, cuanta menos precisión tenga, más interés despierta una actividad de conocimiento. Ese es el caso, por ejemplo, de la Etimología, una ciencia lingüística que se mueve por aproximaciones. Pues bien, a muchas personas les fascina indagar el origen de las palabras y de otras muchas cosas. La verdad es que la exploración etimológica suele ser muy útil para entender mejor la realidad a la que nos referimos. Por ejemplo, tómese la palabra estadística. A primera vista parece derivarse de Estado. De esa forma entendemos muy bien que tantas estadísticas sirvan a las fuerzas políticas, a los gobernantes. Pero ese origen es dudoso. Estadística viene de estado, que en la lengua clásica significaba lo que hoy decimos como 'tabla' o 'cuadro', es decir, una presentación numérica en un texto. Una estadística no es más que una condensación de palabras.

Las polémicas etimológicas son muy divertidas, porque compiten distintas versiones, cada una de su padre y de su madre. Por ejemplo, el disputado origen de la expresión «tocar madera». Acompaña al gesto de buscar el contacto con un objeto de madera para conjurar algún peligro. La «madera» puede ser metonimia de los «espíritus del bosque», pero también de la Cruz de Cristo. Más vulgar y probable es que el gesto de tocar madera fuera originariamente el de los caballeros que se aferraban al arzón delantero de la silla de montar antes de entrar en combate.

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