Noticias del español

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| Juan José García Posada
www.elcolombiano.com, Medellín
Lunes, 8 de marzo del 2010

EL CIBERCONGRESO DEL ESPAÑOL

La terrible y devastadora fuerza mayor de la naturaleza impidió que se hiciera en el puerto chileno de Valparaíso el quinto Congreso Internacional de la Lengua Española, pero hizo posible una demostración, si se quiere histórica, de que un evento de semejante trascendencia cultural puede hacerse, sin ostentación ni fastuosidad, en la dimensión austera de la realidad virtual.


Sin haber podido ir a Chile, los aficionados al juego encantador del idioma hemos estado en algunas sesiones virtuales del Congreso. Al ocurrir el terremoto, los organizadores decidieron «reunir, sistematizar y publicar en la página electrónica del V Congreso y de las instituciones coorganizadoras los trabajos elaborados para este encuentro». Han venido editándose, son como doscientas, en la página de internet.

Por ejemplo, leí las ponencias de Emilio Lledó, Ernesto Zedillo, Agustín Squella y Darío Villanueva, sobre lengua, política y sociedad. También, los saludos protocolarios de Víctor García de la Concha, director de la Real Academia y de otros personajes. De toda esa experiencia me queda la sensación de haber estado en el auditorio. En eso consiste la virtualidad. Así debería definirse en el Diccionario: Estar ahí sin haber ido.

No era necesario trasladarse al lugar del acontecimiento para adquirir la segunda versión de la nueva Gramática de Medellín , que iba a lanzarse en el Congreso y pronto estará en las librerías de aquí. Del Diccionario de americanismos, que también ha de llegar, empiezan a emitirse avances: Abacorar es un vocablo del Caribe que significa arrinconar a alguien. En Colombia y otros países, yeyo es desmayo, patatús, aunque en República Dominicana es enfado, rabieta. El chilenismo abuelar significa mimar, consentir, pero en México y Centroamérica es acobardarse, aguacatarse.

Asistir a un congreso internacional da cierto prestigio. Halaga la vanidad. Amplía los temas de conversación con los amigos. Facilita el gusto de viajar, así sea contra el reloj. Llena el maletín de papeles que no han de leerse. Pone a prueba la conectividad global del portátil y la capacidad de usar los dos cerebros, uno para atender las conferencias y otro para chatear. Hace que uno se sienta miembro privilegiado de la realeza cultural, como sucedió en Medellín cuando tuvimos al Rey y la Reina de España en el Paraninfo.

Pero si una reunión puede hacerse por internet, si puede prescindirse del boato que suele rodear estos certámenes y permitirles el acceso a millones de hispanohablantes del orbe, hay que celebrarlo como un regalo venido del ciberespacio. Incontables instituciones ahorrarían millonadas si aprovecharan las maravillas de la virtualidad y se curaran de la congresitis y hasta de la simple reunionitis crónica. Con este congreso virtual de la Lengua Española se ha dado un ejemplo imitable, así sea por fuerza de las circunstancias trágicas.

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