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| Por Enfoque Internacional
El Comercio (Ecuador)
Jueves, 5 de febrero del 2009

EL ARMA DE LA PALABRA

En un mundo acribillado por los medios audiovisuales, la palabra escrita ha perdido su viejo protagonismo y una porción de su prestigio. Esa tendencia se extiende a la palabra hablada, víctima de un descuido generalizado no solo en su manejo sino también en su pronunciación.


Al respecto puede observarse lo que ocurre con algunos periodistas radiales o de televisión. Pero esa es apenas una de las múltiples desprolijidades del habla, que por cierto se traslada a la forma de escribir, tanto en periodismo como en ciertos ejemplos poco esmerados de la literatura contemporánea.

La situación debe lamentarse no solamente por la pérdida de hermosura en el empleo de una lengua, sino además porque la palabra es una herramienta indispensable para comunicarse y comprenderse, un arma a través de la cual pueden transmitirse ideas, compartir una posición o discrepar de ella, descifrar la mentalidad del interlocutor, aclarar la realidad y explicar cómo funciona el mundo.

Últimamente resulta evidente la gradual pérdida de expresividad a través de la palabra, sobre todo en una generación joven cuyo vocabulario va empobreciéndose poco a poco hasta apoyarse en una jerga a veces impenetrable.

Quedan a la vista las consecuencias de la crisis de la lectura, que deriva en el uso de barbarismos, la pésima redacción, la atribución de nuevos significados a vocablos y la errónea utilización de tiempos verbales.

Se multiplican así los problemas gramaticales, con lo cual la gente va dejando de entender lo que dice o escribe el otro, deja de tener acceso al pensamiento ajeno y puede perder el interés por ese conocimiento recíproco al estrellarse contra las dificultades que implica la comunicación a través de la palabra.

Cuando se produce una discordia irreparable o aun cuando se comete un crimen como consecuencia de una exaltación de los ánimos, cabe pensar que esos resultados trágicos tienen lugar por la frecuente incapacidad de verbalizar lo que cada uno piensa.

Paulatinamente van provocándose aislamientos entre los individuos, va marchitándose el hábito de hablar o escribir , va perdiéndose el entrenamiento para que la sociedad no se componga solo de proximidades físicas, sino también intelectuales.

Mucha gente suele incurrir en tautologías como «lapso de tiempo» o «hace un año atrás», cuando lo aconsejable sería decir «lapso» y «hace un año».

A eso deben sumarse modismos que vienen de España, como la fea frase «nada más llegar» a cambio de expresiones adecuadas como «al llegar». Estas son unas pocas muestras de las deformaciones que suelen escucharse y leerse, lo cual indica que el uso de la palabra necesita auxilios urgentes para rescatarla de su precario estado.

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