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| La Gaceta.com (Argentina)

«El argentino cada vez está menos habilitado para dialogar»

El presidente de la Academia Argentina de Letras advierte los peligros de la degradación del lenguaje y señala sus efectos en el sistema democrático y en la posibilidad de integración de los jóvenes a la sociedad. Además, analiza el discurso de Cristina Kirchner, el rol de la escuela y las formas de estimular la lectura en los niños.

Una ciudadanía con un lenguaje degradado es más fácil de dominar; un país sin predisposición al diálogo tendrá serias dificultades para desarrollarse.

Esto piensa Pedro Luis Barcia, el presidente de la Academia Argentina de Letras. Gran parte de su vida la dedicó al estudio de la grave situación que atraviesa nuestro país en ambos terrenos y a la búsqueda de soluciones. No cree que existan planes maquiavélicos que actúan como motores generadores del alarmante deterioro lingüístico.

Concibe a este último, por el contrario, como resultado de una ausencia de planificación, de la falta de realismo en los programas educativos, de la inepcia política, de la nociva influencia de los medios audiovisuales y de las nuevas tecnologías sobre los niños y jóvenes. Barcia conversó con LA GACETA Literaria y nos propuso repensar la Argentina, un país en el que sus adolescentes están perdiendo su capacidad de expresarse, en el que el 60 % de sus alumnos no puede comprender lo que lee y en el que la mayoría de sus habitantes ha abandonado su histórica afición por la ironía para abrazar la violencia verbal. Nos invita a reflexionar sobre la Argentina a partir de nuestra lengua, el puente central de toda articulación política, social y cultural.

Los extranjeros suelen sorprenderse al encontrar que un país con individuos talentosos fracasa sistemáticamente en sus proyectos colectivos, particularmente en aquellos que implican diálogo. ¿Esa incapacidad se refleja en nuestra lengua?

– Sí. La educación del diálogo, en el diálogo y para el diálogo, que es básica para la convivencia democrática, no se practica en nuestro país, salvo en el nivel inicial, el jardín de infantes. Luego se va amorteciendo hasta desparecer en la universidad. Y, como se sabe, la educación es dialógica o no lo es; es socrática y mayéutica, para avanzar más, o no lo es. El argentino cada vez está menos habilitado para dialogar y denuncia en sus expresiones esta discapacidad a través de varios rasgos lingüísticos. Señalo algunos:

A.- Va perdiendo las formas de la cortesía verbal que son el reaseguro del diálogo y del intercambio conversacional. Cada vez es más agresivo con el interlocutor. Hemos perdido la ironía, que era un rasgo identitario argentino, y que revela inteligencia, y pasamos a la grosería y el desentono. Y lo que es más grave, a la violencia verbal, puerta de otras violencias. Esto va saltando en boca de un político, de un gremialista o de un lamentable director deportivo.

B.- Responde a otro comenzando siempre con un No, para después mostrar que coincide en todo con él. Ese no no es funcional para acercar posiciones, las distancia. Es una forma falsa de afirmarse frente al otro. Repare usted esto en las entrevistas televisivas o radiales.

C. El argentino dice, después de explicar cualquier obviedad. ¿Entendés?, peor ¿Captás lo que te digo?, ¿Me seguís?. Estas expresiones echan sobre el interlocutor toda la responsabilidad de la no comprensión, al tiempo que revelan un grado de subestimación del otro. Debió decir: ¿Soy claro?, ¿Me explico bien?.

Basten estos botones de muestra para denunciar cómo se tiende al monólogo y no se busca tender puentes dialogísticos. Nada digamos de la superposición de discursos que generan un matete auditivo en el escucha de radio o tevé. Ni los conductores están habilitados para facilitar el diálogo. Confunden un buen recurso de venta del programa que es el de generar polémica con dejar hablar a todos simultáneamente. Nelson Castro pone límites y conduce el diálogo. En cambio, A dos voces está mal titulado, debería ser: A todas las voces juntas. Mal andamos si desde la altura de los dirigentes, de presidente hacia abajo, no dan modelo de diálogo a los jóvenes. Todo un período presidencial sin conferencias de prensa lo dice todo respecto de la actitud de la que se parte. O bien, la conferencia de prensa sin repreguntas, que son el señalamiento de que no ha habido respuesta valedera. La discapacidad dialógica creciente es obstáculo seguro para el trabajo en equipo, para la concurrencia de esfuerzos, para la fundación de consensos en todos los planos.

¿Qué más nos dice la lengua de nosotros mismos?

– La dimensión espiritual del hombre es la de su lengua. Este concepto viene reiterándose desde el siglo XVIII hasta Wittgenstein. Los lingüistas señalan que el esquimal tiene quince vocablos para los diferentes estados de la nieve. Nuestro paisano disponía de doscientos nombres para los pelajes del caballo. Uno va al campo y no distingue sino tres o cuatro pelajes, porque no dispone de las voces que los mentan. Los matices de la realidad se perciben con palabras que los distinguen. No es lo mismo bonito, que hermoso, bello, atractivo, etc.

A la vez, una lengua abunda en variantes nominativas de aquello que es frecuente en ella. Los argentinos disponemos de una galería de verbos sinónimos de sobornar: untar, morder, cometear, etc. El rasgo porteño del ventajero genera una larga fila de variantes: piola, vivo, vivillo, etc. La actitud de superioridad sobre los vecinos: bolita, paragua, peruca, chilote. La suficiencia argentina en todo se expresa en nuestra fraseología de uso: Sé lo que te digo, ¡A papá…!, ¿Sabés con quién estás hablando?, Te lo digo posta, ¡Haceme el favor!, ¡Qué querés con la gilada!, Si te digo que es carnaval, apretá el pomo, pibe.

El vocabulario de la política

¿Cuánto pierde la política y la vida institucional de un país cuando se degrada el lenguaje?

– La lengua es el puente de articulación social, político y cultural. La pobreza lingüística va pareja con la pobreza intelectual. Discriminamos en la realidad los elementos para los que tenemos nombres. El discapacitado verbal es un ciudadano de segunda porque no puede ejercer el derecho a la libertad de expresión al estar cautivo de sus limitaciones. La gradación de matices y tonos facilita el allegamiento por el diálogo entre las partes en conflicto. La grosería verbal y el insulto vuelan los caminos del diálogo y abren las puertas de otras violencias. Un lenguaje degradado envilece el diálogo político, o, mejor dicho, lo anula. Lo que estamos viendo en los niveles de dirigentes políticos y gremiales es una cátedra negativa para nuestras chicas y muchachos.

¿Se expresa con propiedad Cristina Kirchner?

– El concepto de propiedad, de lo apropiado, no corresponde solo a lo gramatical. Comunicativamente es más amplio. Es inapropiado abusar de la cadena nacional. Es inapropiado negar la repregunta en las conferencias de prensa. Es inapropiado el monólogo permanente que ignora el diálogo. Un aspecto capital en la comunicación es la actitud y el tono, que son los elementos que dan el marco al discurso. Es observable en sus discursos una sostenida crispación de ánimo que se espeja en la actitud gestual y en el tono de voz. Eso puede ser ocasional pero cuando es permanente es inapropiado. Esa tensión visible genera un énfasis excesivo, no oratorio, sino efectista puesto en cuanto dice, y motiva desentonos que no benefician su imagen. Porque en la oralidad, («Palabra y piedra arrojada no tienen vuelta», dice el refrán popular) si no hay gobierno firme se rueda cuesta abajo con espontánea facilidad y se concluye animalizando a los disidentes (perros, buitres) y profiriendo destratos a diestra y siniestra. Si ese tono se mantiene siempre, pierde efecto y se banaliza. Ya no se lo escucha. Perón era un maestro de tonos. Frondizi era monotónico pero medidamente respetuoso. Son estilos de estadistas. La serenidad locutiva beneficia la llegada a todos y muestra a una persona dueña de sí y por encima de las circunstancias. La tonalidad de arenga militar no puede aplicarse en todo momento y a cualquier situación. Es impropio porque exacerba los ánimos de continuo. «Levante las razones, no la voz», dijo para siempre el maestro griego.

Los medios y las nuevas tecnologías

¿Cuánto influyen el chateo y el envío de mensajes de texto sobre el idioma?

– Me he referido largamente a esto en mis libros La lengua en las nuevas trecnologías (AAL, 2007) y No seamos ingenuos. Manual para la lectura inteligente de los medios (Santillana, 2008). Cada uno lleva a las vías de comunicación electrónica su propia competencia lingüística. Este concepto es la base de toda consideración. Usted y yo podemos chatear y mensajear con entera libertad, saltando por sobre todas las convenciones ortográficas y la sintaxis. No nos afecta en nada hacerlo porque manejamos con firmeza el sistema de la lengua. Pasamos a otra actividad y lo mantenemos sólido Pero un adolescente que maneja un esmirriado caudal de 600 a 700 voces y no es dueño de la ortografía y menos de la sintaxis, ni de relatar con fluidez lo que hizo el «finde», reafirma sus limitaciones y las profundiza con el ejercicio del chateo o los mensajitos, proclives a la cuesta abajo sin esfuerzo: abandona el uso de mayúsculas, rompe la sintaxis, suprime la puntuación, repite con pobreza, abrevia como le parece. Es un proceso reculativo, cangrejea hacia el balbuceo del jardín de infantes. Si a eso le suma, el corta y pega de lo que encuentra en Internet, ya está en plena primera salita. En estos días hemos leído en los diarios la preocupación por esta situación lingüística de los muchachos en diarios de Inglaterra e Italia. Entre nosotros hay quienes estimulan a los pibes a tomarse toda la libertad del mundo respecto de la lengua. Claro que estos animadores no van a estar a la hora en que sean rechazados del trabajo al que aspiran por su deficiente escritura y tartajeo oral en la entrevista. Si usted maneja bien el sistema, tiene la tranquilidad absoluta de juguetear con ella en lo electrónico. Si no, hace lo que puede y no lo que quiere. Cumple con la frase de Lugones: «Hay quienes se toman la libertad de no hacer lo que no pueden».

¿En qué forma se reparte la influencia que tienen los medios, los docentes y los padres sobre el lenguaje de los niños?

– Se demoniza a los medios como responsables del bajo nivel de lengua de los jóvenes. Los diarios quedarían fuera de la condena, por dos razones: son los medios que con mayor corrección manejan la lengua y segundo, porque los muchachos no leen diarios. La grosería y la pobreza verbales (esta es más grave porque hace del ciudadano un inhabilitado para ejercer su derecho a la palabra) avanzan firmes día a día en los espacios de radio y televisión. La tele, de particular manera, en programas de chismes, de entretenimientos y, lamentablemente, en muchos deportivos. Son cátedras incesantes, siempre abiertas y accesibles aun para los analfabetos, cosa que no pasa con los diarios. En radio y tevé la lengua es una mujer golpeada, indefensa frente al timbre de panteón que es el Comfer. Junto a la radio y la tele, la escuela ha dejado caer la lengua al suelo. La ha convertido en una asignatura, cuando es la base y vía de toda la educación. Todo docente debe serlo de lengua, al enseñar. Ha bajado la exigencia en el aprendizaje de la oralidad, sobre todo, que es el 80 % de la vía cotidiana de comunicación. «¿Lee y escribe?», «Sí». Pero nadie pregunta: «¿Sabe hablar y escuchar?». Los padres son responsables en la medida en que exigen facilidades para la promoción de sus hijos. Pero una vez que el engendro discapacitado para entender lo que lee y para expresarse con libre solvencia egresa, condenan a la escuela por no haberlo formado.

¿Quiénes hablan español más correcto: los porteños o los norteños?

Asigún diría un paisano. El Interior mantiene, por sus tiempos, más espacio para la conversación y cuidado de la oralidad, con menor carga de munición gruesa; hay más cortesía en las formas verbales. Pero depende también, de niveles culturales. Pero se van nivelando las diferencias, aun de léxico, por la televisión. Hace cincuenta años casi no se manejaban lunfardismos en el Interior. Hoy hay estudios sobre Salta lunfa, de nuestra académica Susana Martorell, que muestra la adopción firme de un gran caudal del chamuyar canero en aquella provincia, que además dispone de su propio tumbero. Lo mismo pasa con rasgos sintácticos y avanza la uniformidad en lo fónico, lenta, pero firme. Las simpáticas tonadas, marca de identidad provincial o regional, se van debilitando.

¿El español se está transformando en una lengua neutra?

– En gran parte de los productos de las industrias culturales, sí. Una lengua general —mejor que neutra— es negocio para las películas y telenovelas porque el mercado es mayor que si estuviera llena de porteñismos ininteligibles para otros hispanoamericanos. El Polaquito no lo entienden fuera de nuestro Río de la Plata; por eso murió en la venta. En cambio, El secreto de sus ojos, maneja una lengua menos cargada de localismos (salvo, claro, los muy repetidos e inevitables pelotudo y boludo, pero poco más). Los diarios en español están bordeando el 96 al 98 % de español general y lo restante son localismos. Antes se diferenciaron la versión impresa, con más localismos, de la de en línea. Hoy se han aproximado en el manejo de una lengua menos cargada de argentinismos. Una lengua general consolida la comunidad panhispánica, pero nadie debe renunciar a sus rasgos nacionales o regionales en la vida cotidiana.

Las malas palabras

En una hilarante disertación en el Congreso de la Lengua en Rosario, Roberto Fontanarrosa defendía el uso de las malas palabras. ¿Hay palabras que dañan el lenguaje o que deberían evitarse?

– En rigor, no hay buenas o malas palabras sino intencionalidades de los hablantes y contextos de enunciación. Si casi me pisa un micro, le grito ¡Colectivero! y esa palabra neutra, en mi tono y situación vale por una soberana puteada. El uso de vocablos o frases gruesas es lo que se espera en determinadas situaciones, es lo apropiado. El merde de Cambrón ante el inglés era lo justo en esa oportunidad. Ahora, los franceses son tan remilgados que en vez de mentar el vocablo dicen le mot de Cambron. Si me insultan la madre es inapropiado decir recórcholis o caráspita. No hay palabras que dañen el lenguaje situadas en el diccionario. En su contexto, hay que ver cómo funcionan. Para mí son malas palabras suegra o jubilación docente o corralito. El cinismo norteamericano ha inventado una de las más condenables expresiones, de apariencia anodina: daños colaterales, ocultadora de una inmoralidad sin límites. Días pasados, en una entrevista radial, decía que habría que aplicar la censura a una periodista del medio en cuyo programa ensarta incesantemente porquería con inmundicia, y guasada con grosería. El periodista se me vino al humo: «Con que censura, ¿eh?». «Sí, le dije, en defensa de la puteada porque un uso indiscriminado la neutraliza y le hace perder su efecto oportuno».

Niños y jóvenes

¿Cree que un fenómeno como el de Harry Potter debe celebrarse como una puerta de entrada de los niños al mundo de la literatura?

– La mansión de la lectura tiene muchas puertas, y aun puertitas. Toda apertura para entrar en ella es bienvenida. La lectura de los libros de Harry Potter es más engañosa de lo que parece. De cinco casos de pibes que conozco, comenzaron a leer entusiasmados los libros recién publicados, y luego suspendieron la lectura y esperaron la película. Son demasiado extensos. Lo mismo verifiqué con los de C. Lewis y la saga de El señor de los anillos. Hay que distinguir tres niveles en esto de los best seller: están los libros más vendidos, los más leídos y los más entendidos, que son los menos. Pero lo bueno es que motivan la lectura. Para formar un lector hay que cumplir la ley del jiutjitsu (soy viejo hasta en la mención de las artes marciales): hay que aprovechar el impulso del otro para salirse con la propia. En la lectura veamos qué lee y, apoyados en ello, sugerirle ir subiendo de nivel. Si lee la serie Wallace, de Mr. Reeder, hay que aconsejarle los de Doc Savage, luego los de Conan Doyle, Poe, Chesterton y la borgesiana (no borgeana) La muerte y la brújula. No lo sacamos de su género policial, pero subió varios escalones.

Usted suele señalar la estrepitosa disminución del volumen de palabras que emplean los jóvenes. De unas 1.200 que usaban diez años atrás, han pasado a un vocabulario de 600. ¿Por qué cree que ocurrió eso y qué piensa que traerá aparejado?

– Cuando empecé a denunciar, hace unos cinco años, el hecho de la grave disminución del caudal del léxico de nuestros jóvenes, verificado a lo largo de una década por encuestas y observaciones cumplidas en el primer año de una Facultad de Comunicación, parecía una denuncia apocalíptica. Pero, como dice Neruda: Dios me libre/ de inventar cosas cuando estoy cantando. Ya he mencionado antes la denuncia de esta misma realidad actual en países europeos; entonces, ahora sí se hace fe y se atiende al hecho. Debería haberse prohibido una propaganda de una empresa de celulares que proclama el uso en los MDT (mensajes de texto; a lo gringo, SMS) que proclamaba que el muchacho o la chica podían comunicarse con 200 palabras, y estas jibarizadas en abreviaturas arbitrarias y si se da la ocasión, sustituir las palabras por emoticonos. Para qué enriquecer el idioma y demás perendengues, si eso basta. Nuestros muchachos tienen serios problemas de comunicación y en la lectura comprensiva de textos simples, por la pobreza léxica y falta de dominio del sistema de la lengua, oral y escrita que padecen. Como no entienden las consignas para llenar el formulario de empleo, lo pierden; como no pueden presentarse en una entrevista, quedan afuera. Está muy bien que haya lingüistas pragmáticos que analicen estas cuestiones y las describan como fenómenos. Pero debe haber docentes que liberen a nuestros jóvenes enseñándoles a expresar con riqueza, con propiedad, con las tres c (claro, correcto y conciso) lo que sienten, piensan, imaginan, desean. Estas limitaciones actuales se generan en la desatención de la enseñanza práctica de la lengua en todos los niveles de la educación, en la deficiente formación lingüística de maestros y profesores, en la falta de exigencia de lecturas verificadas, en la inexistencia de ejercicios de oralidad continuos, y un largo etcétera.

El argentino promedio lee menos de un libro al año. ¿Qué refleja esa estadística de la Argentina?

– Un torpe diría: lo mismo pasa en otros países, en Centroamérica, en Paraguay. A mal generalizado, consuelo de idiotas, o de reidiotas si son autoridades educativas. En el promedio de lectura por año y por habitante estamos debajo de Uruguay, de Chile, de México. En lectura comprensiva tenemos un 60 % de afectados, y cito estadísticas del Ministerio de Educación, no de la encuesta Pisa. Si antes de los 18 años no se generó en el alumno el hábito de la lectura, es difícil promoverlo después. Y si en lugar de libros le damos muñones de fotocopias y pedacitos de textos, mala fariña estamos cocinando. En Un mundo feliz, de Huxley, una de las ficciones más proféticas del siglo XX, estaban prohibidos los libros porque generaban pensamiento crítico y desarrollaban la expresión libre de lugares comunes y clichés, y desestabilizaban el gobierno de Mustafá. La verdad y el libro nos harán libres. Esa es una de las grandes excelencias de la lectura. La teoría conspirativa dice que esas limitaciones son buscadas por los poderes políticos para tener un pueblo sometido sin capacidad de reflexión y crítica. Lo triste es que entre nosotros parece que ello no obedece a un plan sino a una ausencia de planificaciones realistas en la educación. No nos pasa esto por planes diabólicos: nos pasa por inepcia política.

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