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| Imanol Villa
elcorreodigital.com, España
Domingo, 4 de enero del 2009

DON RESURRECCIÓN, EL ACADÉMICO

El 30 de diciembre de 1928, la Real Academia Española de la lengua dio la bienvenida a uno de los intelectuales vizcaínos más eminentes y brillantes del momento.


La noticia la publicó La Gaceta del Norte el Año Nuevo de 1929, aunque todo había ocurrido en la recta final de 1928. «Don Resurrección María de Azkue en la Real Academia Española». El, sin duda alguna, intelectual del momento había sido nombrado académico de una de las instituciones más respetadas de España. Por méritos propios, un vasco penetraba en el sancta santorum de la lengua castellana y lo hacía con la intención de defender la convivencia, no sólo entre el castellano y el vascuence, sino de todas las lenguas entre sí.

Quizá por eso, debido a su condición de hombre culto entregado al cultivo de las artes, la recepción oficial con la que se le recibió fue todo un ejemplo de tolerancia y de amplitud de miras.

«La fama de sabio, de que justamente goza el nuevo académico, llevó a la sesión a distinguidas y eminentes personalidades», señaló La Gaceta del Norte, que al mismo tiempo destacó la asistencia del director de la Corporación, el señor Menéndez Pidal y hasta la del mismísimo obispo de Madrid-Alcalá.

Obviamente, entre el público había una nutrida representación de personalidades vascas que no quisieron perderse una ocasión que juzgaban única.

Distinguida institución

En el Boletín de la Real Academia Española correspondiente a diciembre de 1928, se apuntaron parte de la razones que habían avalado la decisión de incorporar al ilustre vasco a tan distinguida institución: «El señor Azcue es actualmente Presidente de la Academia de la lengua vasca, lo cual demuestra la alta consideración que goza entre los inteligentes de su país natal; y a corroborarla, puesto que ya era conocido y estimado entre los de Castilla, vino con su discurso acerca de algunos rasgos característicos del vascuence comparados con los de otras antiguas lenguas, en el cual demostró el conocimiento de buen número de ellas, aun de las menos estudiadas por los filólogos».

Indudablemente, el bagaje intelectual de don Resurrección superaba en mucho al de otros lingüistas del momento no sólo por su profundo conocimiento del vascuence, sino porque para él los patrimonios lingüísticos, lejos de ser universos cerrados, podían convertirse en vehículos para compartir formas, estructuras, palabras y experiencias. De ahí que no extrañase que con sus primera palabras diera las gracias, no por haber sido él el elegido, sino porque a través de su persona la Real Academia de la Lengua daba cabida a uno de los patrimonios lingüísticos más antiguos de Europa. «No es a mí a quien habéis abierto las puertas de este palacio de la lingüística, sino a la lengua única ya de las que se hablaron en Europa en tiempos prehistóricos. Por lo mismo, quiero hablaros de la lengua a la cual, por vez primera, se rinde solemnemente este muy merecido homenaje, con lo cual habéis ganado el aplauso de todo buen vasco».

Aquel 30 de diciembre de 1928, don Resurrección María de Azkue dejó sentado ante los académicos allí presentes el hecho innegable de que la lengua, cualquiera que fuera, era un instrumento vivo que existía porque tenía una vida propia que la capacitaba como una herramienta única e independiente. Y ante ese planteamiento, pocos fueron los que dudaron de que aquel hombre, nacido en Lekeitio en agosto de 1864, sacerdote, músico, escritor, lingüista y presidente de la Real Academia de la Lengua Vasca desde 1919, poseyera unas dotes intelectuales muy respetables. No hubo gratuidad en sus palabras y mucho menos desprecio hacia otras lenguas. Quizá por eso el aplauso fue sincero cuando terminó su intervención señalando que el «idioma vasco, instrumento de un noble y glorioso pueblo y de una civilización milenaria, tiene por estos solos títulos derecho a la admiración de todos, como lo tiene a la de los filólogos, por su maravillosa arquitectura. El vascuence, arca venerada, que habrá recogido trofeos extraños, pero que amorosamente guarda los tesoros propios de su antiquísimo patrimonio».

Lengua materna

Las vibraciones que produjeron tanto la estancia como el discurso de Don Resurrección María de Azkue fueron muy positivas. De hecho, el diario madrileño El Debate destacó, no sólo el brillante discurso del recién elegido académico, sino el planteamiento que había hecho con relación a la necesidad de enseñar las dos lenguas con corrección en todos los pueblos del País Vasco para que ambas fueran instrumentos fiables de transmisión cultural. Esta afirmación se basaba en una serie de observaciones que habían llevado al padre Azkue a concluir que una deficiente enseñanza del castellano en las zonas rurales, en las que el vascuence era la lengua materna, dificultaba la comprensión de múltiples conceptos. Obviamente, por su condición de religioso, él se había fijado en los problemas de aprendizaje de la religión, pero admitía que eso era extensible a otras disciplinas. A su juicio, era necesario articular una enseñanza que admitiera la calidad de transmisión de ambas lenguas para que ninguna de ellas se viera perjudicada.

Sorprendentemente para algunos, en plena dictadura de Primo de Rivera y desde un diario madrileño, se cerraban filas a favor de la postura expresada por el intelectual vasco. «Es pues imprescindible —se afirmaba desde las páginas de El Debate— preocuparse de la fórmula del bilingüismo escolar, sabia y discretamente pensada». Al mismo tiempo se preguntaba si el Gobierno de entonces, volcado en apariencia en cuestiones de fomento académico y científico, sería capaz de llevar todo ese interés al terreno práctico y diseñar un plan real de enseñanza bilingüe, no sólo en el País Vasco, sino en todas aquellas zonas de España en las que existiera una lengua propia. El problema era evidente y requería una solución urgente.

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