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| Irma de Luján
Prensa Libre, Guatemala
Miércoles, 11 de junio del 2008

DIFERENCIA ENTRE LO CURSI Y LO KITSCH

Creo que aún hoy se confunden estos dos términos, que algún parentesco tienen, pero en su concepto son bastante diferentes.


El diccionario de María Moliner define lo cursi así: 'Se dice de lo que pretende ser elegante, refinado o exquisito, pero resulta ser afectado, remilgado y ridículo'. Hasta que, en 1869, el Diccionario de la Real Academia Española admitía por primera vez este vocablo. Poco después, en 1875, el novelista Pedro de Alarcón intentó dilucidar el significado de dicha palabra en la novela El Escándalo. Pero ni la Academia ni Alarcón definen lo cursi, solo se acercan a ello.

En 1920, Jacinto Benavente escribió la comedia Lo cursi. Éste no comprendió lo cursi, tanto es así que le parece que ese concepto es dañino a la sociedad. Se necesitaba de un espíritu más sensible, más abierto, más fino para situar y comprender lo cursi. Fue Federico García Lorca quien decía, confidencialmente, a un amigo: «No lo digas, pero me encanta la mala música». En su obra Rosita la Soltera o el lenguaje de las flores, con ternura, simpatía y gran comprensión vital, describe lo cursi. Todo cuanto dice Rosita y las tres solteras cursilonas es lo cursi. Podríamos decir que algunos parlamentos son la exacta transcripción poética de esas tarjetas postales tan de moda a principios del siglo XX, puesto que son la suma y el zumo de lo cursi. Pero si García Lorca maneja lo cursi en la poesía, el escritor y filósofo Antonio Gómez Robledo, con profundidad filosófica, lo define así: «exquisito fallido».

Veamos algunos ejemplos, tomando en cuenta que esa falla de lo exquisito es la sinceridad, y extraigamos sus consecuencias. Cursis son todas las tarjetas postales de amor o felicitación y el grado más alto lo encontramos en las tarjetas para felicitar a las mamás en esa fiesta de colosal cursilería: el Día de la Madre, las tarjetas de Primera Comunión, donde Jesucristo es siempre rubio, parece más bien un joven monarca; por pudor, en ocasiones, rueda a su lado la verdadera corona de espinas. Los santos son siempre hermosos, pero, a su vez, honestos, así sean ancianos, y con mayor razón si son jóvenes. Las tarjetas de los niños comulgantes, en general vestidos a la moda, pero en blanco, pueden ir vestidos también de acólitos o monjes, las niñas son una copia en absoluto fallida del estilo Luis XV. Aún se prescribe, en otras latitudes, vestirlos cursilmente de marineritos, no sé por qué. En estas tarjetas, el niño que recibe la comunión tiene una expresión de azoro y felicidad que llega al hastío, pero estos niños siempre tienen una expresión boba. Cursi son muchísimas cosas que van desde el dormitorio hasta la fachada de la casa. Pero ésto tiene algo de humano, tiene el deseo de agradar y, si no, que lo diga Campoamor, o el Brindis del bohemio.

Tratemos de ver la diferencia con lo kitsch. Su difusión va paralela a la sociedad de consumo. Éste no parece estar alejado del arte, puesto que es su antítesis, el peligro kitsch es que algún incauto pueda llegar a considerarlo como arte porque contiene las características extrínsecas del arte, pero, asimismo, es su negación, por lo que se ve obligado a copiar los signos específicos de esta. Lo ofrecido por lo kitsch es siempre una falsedad. Arte y kitsch son términos interdependientes. El arte vale por su rareza única, las obras fallidas o kitsch son las que mantienen el precio de cierto mercado, porque sustituyen las categorías de la ética con la estética. Al pintor kitsch lo único que le importa es el efecto. «El kitsch no pide nada de sus propios clientes, salvo su dinero» (H. Broch).

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