Noticias del español

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| J. L. Gaona
Heraldo.es, Aragón (España)
Lunes, 31 de agosto del 2009

DICCIONARIO PARA EL PERFECTO CARROZA

Hace unas décadas, la basca flipaba con los bugas y se iba a mover el esqueleto. Mientras, los quinquis se daban el piro cuando llegaban los maderos porque no querían acabar en el trullo. Ahora los coches molan, la poli persigue a los macarras y los jóvenes se van de copas. Aunque no lo parezca, las cosas han cambiado poco.


«La combustión del argot es cada vez más rápida», comenta María Ángeles Naval, del departamento de Filología Española de la Universidad de Zaragoza. «Todos tenemos la necesidad de identificarnos con nuestro grupo y definirnos socialmente. Por eso surgen argots juveniles o marginales», explica la filóloga.

Muchas de estas expresiones llegan al resto de la sociedad a través de la literatura, así como de la televisión y el cine. Un claro ejemplo es el cheli, una jerga juvenil que alcanzó su auge con la Movida madrileña, y que muchos escritores plasmaron fielmente en el papel.

Uno de sus principales defensores fue Francisco Umbral, que en su columna 'Spleen de Madrid' puso de moda palabras como 'demasié', 'dabuten' —ambas en desuso— o 'mogollón', algo más integrada en el lenguaje de hoy en día. El escritor, acusado en numerosas ocasiones de mancillar el lenguaje, llegó a publicar el Diccionario cheli (1983) diez años antes de que el ex cantante Ramoncín sorprendiera al mundo con su Tocho cheli.

Pero en esta época, además del cheli, se llevaba lo quinqui, cuya jerga se hizo popular a finales de los 70 con películas como Perros Callejeros o Yo, el Vaquilla, que narraban las vivencias de conocidos delincuentes que habían alcanzado la fama gracias a sus delitos. Estos jóvenes no llevaban reloj, sino 'peluco', y tampoco se escapaban de la Guardia Civil: se 'najaban' de los 'picoletos'. Aunque muchas de estas expresiones se perdieron en el olvido, otras, como 'chutarse' o 'darse el piro', siguen dando guerra tres décadas después.

Algunas evolucionaron y se adaptaron a la moda de la rima absurda, que dio lugar a cientos de frases dignas de la mismísima Leticia Sabater. Es el caso de 'me piro, vampiro', que adaptó el léxico quinqui al vocabulario de la presentadora de 'Con mucha marcha'.

En esa época todo era 'la monda lironda' o 'la pera limonera'. Ni siquiera Maribel, la tía Felisa y el señor Ortiz se libraron del efecto de la poesía y sufrieron en sus propias carnes expresiones como '¡Qué nivel, Maribel!', '¡Qué risa, tía Felisa!' y 'Más feliz que Ortiz'. Otros de los mayores afectados fueron los famosos.

Efectivamente, Stevie Wonder se convirtió en 'efectiviwonder' y Burt Lancaster se fue por la pata abajo por culpa de una canción de Los hombres G. La música, en este caso la estadounidense, también aportó una de las despedidas más anticuadas que se recuerdan. Fue gracias a la traducción del título del rock and roll de los años 50 See you later, alligator —hasta luego, cocodrilo—.

Otras expresiones son tan antiguas que su origen cayó en el olvido hace tiempo. Durante la Revolución de 1868, era común que los simpatizantes del general Juan Prim le demostraran su apoyo al grito de «¡A mí, Prim!», a lo que se contestaba con un «¡Pues a mí, Topete!», en alusión al almirante que junto a él proclamó La Gloriosa. Casi 150 años después, una famosa marca de colchones popularizó el grito de guerra, que ahora refleja indiferencia. Sobre todo, para los que duermen 'como un tronco': ¡A mí, plim!

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