Noticias del español

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| Alexis Márquez Rodríguez
Tal Cual, Venezuela
Martes, 3 de junio del 2008

CON LA LENGUA: FORMACIÓN DE LOS APELLIDOS (2)

Otra de las formas más comunes de formar apellidos en nuestro idioma es derivarlos del nombre de pila del padre o de la madre.


Ya vimos que al principio solía agregarse al nombre de una persona alguna indicación acerca de sus progenitores, como una manera de identificarlo: por ejemplo, José, el hijo de Juan; Antonio, el hijo de Pedro; Francisco, el hijo de Andrés. Pronto se abrevió la denominación suprimiendo la frase «el hijo de», y la persona pasó a llamarse José, el de Juan; Antonio, el de Pedro; Francisco, el de Andrés. Luego era lógica y natural la supresión del artículo: José de Juan; Antonio de Pedro; Francisco de Andrés. Algunos de estos conservaron la preposición «de»; otros también la suprimieron. Como ya vimos la semana pasada, esta «de» en algunos apellidos no significa nobleza ni ningún tipo de privilegios sociales o de otra índole, como algunos creen. Los apellidos así formados, que inicialmente eran personales o individuales, se fueron haciendo hereditarios y familiares, y al trasmitirse de padres a hijos se constituyeron en apellidos genéricos, lo cual explica que muchas veces dos o más individuos lleven el mismo apellido sin ser parientes entre sí.

Abundan también los patronímicos, o apellidos derivados del nombre del padre, formados agregando al nombre de pila paterno el sufijo «-ez», que significa «hijo de»: Fernández, hijo de Fernando; Rodríguez, hijo de Rodrigo; Sánchez, hijo de Sancho; Pérez, hijo de Pero (forma antigua de Pedro); Márquez, hijo de Marcos; Bermúdez, hijo de Bermudo; Ramírez, hijo de Ramiro…

En algunos casos estos apellidos se forman agregando sólo una «-z», o también el sufijo «-iz»: Ruiz, hijo de Ruy, forma antigua de Rodrigo; Díaz, hijo de Diago, una de las variantes de Santiago.

No se sabe bien el origen del sufijo «–ez» para formar patronímicos. Hay quienes le atribuyen origen hebreo, pero no es cierto. El uso de la partícula «-ez» para formar apellidos en más antigua que la presencia de judíos en España. Algunos creen que deriva de la terminación «-is» propia del genitivo latino, con valor de posesión o pertenencia. Otros opinan que es un préstamo al Castellano de la lengua vasca, a través de la lengua navarra. Don Ramón Menéndez Pidal sostiene la hipótesis, muy bien argumentada, de que es de origen prerromano, es decir, que sería anterior al Latín.

Es de advertir que algunos apellidos terminados en «-z» o en «-ez» no son propiamente patronímicos, sino que provienen de otros vocablos que no son nombres de pila.

El uso de sufijos, como «-ez», para la formación de apellidos no es exclusivo del Castellano. Casi todas las lenguas tienen partículas de ese tipo, que literalmente significan «hijo de…»: en el Hebreo, «ben» (Ben Gurion; Benjamín; Benaím); en Inglés y otras lenguas anglosajonas, «son» (Johnson, Stevenson; Jakson); en los idiomas escandinavos, «-sen» (Christensen, Andersen, Hamsen); en Francés «de» (Descartes, Delacroix, Demoulins); en Ruso y otras lenguas eslavas, “of”, “ov”, “ova” (Melinkof, Romanov, Tereshkova); en Italiano, «-ni» (Martini, Antonioni, Berlusconi)…

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