Noticias del español

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| Diego de Jesús Alamino Ortega, profesor de la Universidad Pedagígica de Matanzas
juventudrebelde.cu, Cuba
Sábado, 2 de diciembre del 2006

¡CÓMO ME GUSTA HABLAR ESPAÑOL!

Sin querer poner en duda la belleza de otros idiomas, cito en el título la frase de una conocida canción y puedo añadir: ¡cómo me gusta oírlo hablar bien!


Hace algunos años un profesor de Mérito trataba de convencer a un grupo de bisoños maestros de la necesidad de introducir en nuestras aulas la Práctica Integral del Idioma Español como una asignatura más, y para ello manifestaba: «ya no me entiendo con mis alumnos; ellos hablan otro idioma».

Es verdad que el idioma evoluciona, que el español tiene matices diferenciadores según sea la región que habitan los parlantes y que existe un habla culta y otra popular, pero la evolución no puede llevarnos a no entendernos. Por el contrario: debe potenciar una mejor comunicación.

¿Qué me quiso decir un estudiante cuando me espetó: «profe, a fulanito le gusta “especular el baro”»? En otra oportunidad, pregunté a un alumno cómo le había ido en una fiesta y me respondió: «aquello estuvo de madre».

La palabra especular existe en nuestro idioma, pero no con la acepción que se le dio en la frase. ¿Responderá esta «redefinición» a necesidades sociales, o es introducida por esnobismo, por aparentar ser diferente, o para ser aceptado en un determinado grupo?

La carencia de adjetivos para calificar un hecho da muestras de pobreza de vocabulario, a la vez que oscurece la comunicación, ya dañada por la mala articulación de las palabras y la falta de una debida entonación.

A esto se une el uso de frases escuchadas en otras oportunidades, las cuales, por ejemplo, son tabla de salvación ante preguntas sobre una relevante personalidad: «fue un revolucionario que luchó por la libertad de Cuba», o «realizó importantes descubrimientos científicos».

Estas expresiones pueden referirse a Carlos Manuel de Céspedes o a Albert Einstein, pero en ellas faltan aspectos esenciales que distingan a una personalidad de otra. Ante esa disyuntiva un profesor tiene que seguir indagando y persuadir al estudiante de que no ha dado la respuesta correcta.

Otro aspecto del idioma es la interpretación de lo que se lee o escucha. Aun conociendo las operaciones matemáticas, un estudiante no puede resolver un problema si tiene dificultades para interpretar un texto. De igual modo palabras como valorar, analizar, causan cierto estupor cuando aparecen como preguntas.

¡Cuántas dificultades tiene que enfrentar el profesor de un idioma extranjero cuando el estudiante al que trata de enseñar tiene dificultades en el idioma propio! Es evidente que si no se habla, escribe e interpreta correctamente la lengua materna difícilmente se pueda hacerlo en un idioma foráneo.

Prestarle atención al buen uso del idioma puede hacer que nos entendamos mejor y comprender el mundo en que vivimos. Quizá Diofanto de Alejandría, el célebre matemático griego de la antigüedad, quiso enviarnos ese mensaje en su epitafio. Sobre su tumba reza:

«Transeúnte, esta es la tumba de Diofanto: es él quien con esta sorprendente distribución te dice el número de años que vivió. Su niñez ocupó la sexta parte de su vida; después, durante la doceava parte su mejilla se cubrió con el primer bozo. Pasó aún una séptima parte de su vida antes de tomar esposa y, cinco años después, tuvo un precioso niño que, una vez alcanzada la mitad de la edad de su padre, pereció de una muerte desgraciada. Su padre tuvo que sobrevivirle, llorándole, durante cuatro años».

Si se interpreta correctamente el texto de este epitafio y se lleva al lenguaje de las matemáticas, se podrá saber la edad a la que le ocurrieron muchas cosas a Diofanto: se casó a los 21, fue padre a los 38, perdió a su hijo a los 80 y murió a los 84; pero todo esto es posible si se empieza por la comprensión del español.

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