Noticias del español

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| Julio Aguilar
eluniversal.com.mx, México
Domingo, 20 de septiembre del 2009

CÓMO HABLAMOS EN MÉXICO, ¡NO MANCHES!

El diccionario de Santamaría cumple 50 años como referente del vocabulario que se usa en el país.


Hay libros importantes y libros exitosos y es un hecho que estas dos cualidades coinciden pocas veces en una misma obra. Incluso los libros importantes a veces son poco conocidos por el gran público, como el Diccionario de mejicanismos, de Francisco Javier Santamaría (1886-1963), un trabajo fundamental, de referencia obligada, monumental y hasta ahora no superado, que fue publicado en septiembre de 1959, es decir, hace exactamente 50 años.

«Para nosotros es un orgullo contar con este libro en nuestro catálogo, es una obra que apreciamos mucho y, a pesar de que es un grueso volumen de consulta quizá no tan barato, se vende muy bien tanto en México como en el extranjero, sobre todo en España», explica José Miguel Pérez Porrúa, un editor que en sus apellidos lleva el nombre de la centenaria empresa que ha publicado la obra magna de Santamaría desde la primera edición hasta la fecha, cuando ya va en la séptima.

La importancia del Diccionario de mejicanismos no es poca. Desde su publicación, numerosas investigaciones sobre el español hablado y escrito en este país se han apoyado en él o incluso han partido de ese trabajo, por ejemplo, el Índice de mexicanismos, de la Academia Mexicana de la Lengua; el Diccionario del español usual de México, publicado por El Colegio de México o el Diccionario fundamental del español de México, editado por el Fondo de Cultura Económica.

La Academia Mexicana de la Lengua se refiere a la obra de Santamaría como «el libro fundamental de consulta en materia de mexicanismos y el punto de referencia para todo trabajo relacionado con esta materia».

Por supuesto, los esfuerzos de la Academia por identificar, documentar e indexar los mexicanismos y publicar un diccionario en el futuro, también han partido del esfuerzo personal de Francisco Javier Santamaría, un inquieto tabasqueño nacido en Macuspana, maestro normalista y abogado que, contra lo que pudiera pensarse, tuvo tiempo para hacer muchas otras cosas más que sólo dedicar largas horas de su vida a la obsesión por estudiar la lengua española en su variante mexicana.

El verdadero Axkaná González

La sentencia dicta que nadie es imprescindible, pero es un hecho que sin Francisco Javier Santamaría la historia y el desarrollo de la lexicografía en México sería más pobre y muy distinta. Y el desastre estuvo a punto de suceder el 3 de octubre de 1927, en Huitzilac, Morelos, en un sangriento episodio muy soslayado por la historia oficial.

Santamaría, desde entonces fuertemente vinculado a la política, era amigo y partidario de Francisco R. Serrano, un general veterano de la Revolución, rival de Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles y popular cabeza de un movimiento antirreleccionista que pagó su disidencia con una ejecución sumaria e ilegal. Serrano fue asesinado junto con sus principales seguidores. Menos uno llamado Francisco Javier Santamaría.

Ese episodio histórico fue el que inspiró a Martín Luis Guzmán, exiliado en España, para escribir La sombra del caudillo en 1929, una de sus obras maestras junto con El águila y la serpiente. Santamaría quedó inmortalizado en la novela, camuflado bajo la identidad del cerebral Axkaná González.

En 1939 el único sobreviviente de Huitzilac escribió una memoria de los hechos en los que murieron Serrano y 13 compañeros más, titulada Mi escapatoria célebre de la tragedia de Cuernavaca, un libro hoy casi inconseguible.

Como el ficticio Axkaná, en la muy real y sangrienta matanza de Morelos, Santamaría aprovechó un descuido de los militares secuestradores para huir y ponerse a salvo. Y con él también quedó asegurado el futuro de una labor intelectual que estaba por escribirse.

Un lexicógrafo pionero

Subido en la rueda de la fortuna que es la política, en 1940 Santamaría se convirtió en senador por Tabasco y siete años más tarde asumió la gubernatura de su estado. Pero el interés por la cultura y en particular por el estudio del español no lo abandonó nunca. Entre 1920 y 1946 publicó una decena de libros de lengua y literatura, entre ellos el Diccionario general de americanismos (1942), un monumental trabajo en tres grandes y gruesos tomos que sentó las bases de su obra más importante: el Diccionario de mejicanismos, con el que se consumó como lexicógrafo, es decir, como coleccionista de palabras y giros lingüísticos y especialista en la organización de diccionarios.

«Para venir a ocupar una curul y sentarnos al lado de vosotros o entre vosotros, con el menor rubor posible, hemos querido traer un libro bajo el brazo […] El modesto libro es éste: Diccionario de mejicanismos, razonado, ilustrado con citas y comparado con los vocabularios provinciales de los demás países de habla española en América». Con esas palabras, Santamaría reveló su ambicioso proyecto en su discurso de ingreso en la Academia Mexicana de la Lengua, en abril de 1954.

Pero Santamaría no partía de cero. Sobre todo porque como antecedente y útil ejemplo contaba con el Vocabulario, de Joaquín García Icazbalceta (1825-1894), publicado de manera póstuma en 1899 tal como su autor lo dejó, inconcluso hasta la letra G.

«De hecho, el Diccionario de mejicanismos […] recoge íntegramente el Vocabulario de su antecesor, señalando las entradas correspondientes. Registra 30,420 mexicanismos, de los cuales 2,227 son del Vocabulario», explica el poeta y ensayista Gabriel Zaid en Pepenadores de mexicanismos, un texto publicado en la revista Letras Libres en 1999.

Finalmente, el diccionario quedó listo para ser publicado en 1959 por Porrúa, con un título en el que el autor decidió escribir mejicanismos con J, reflejando un viejo debate ya superado sobre la conveniencia de poner al día la ortografía para escribir Méjico, con J, como se pronuncia actualmente o conservar el arcaísmo México, como se escribe desde el siglo XVI, cuando la palabra se pronunciaba Méshico.

Hoy el diccionario de Santamaría aún se publica respetando la ortografía elegida por su autor para el título.

Desde luego el Diccionario de mejicanismos no es una obra aceptada a rajatabla. Si bien es una incuestionable referencia, los reparos sobre el libro abundan entre los pares de Santamaría.

«Sus definiciones son desiguales y tienden a ser verbosas. Abundan los tabasqueñismos, de su tierra natal», critica el escritor José Luis Martínez en el prólogo al Índice de mexicanismos publicado por la Academia Mexicana de la Lengua en 1997. Y para el lexicógrafo Luis Fernando Lara, el trabajo de Santamaría es «un diccionario de nuestras particularidades lingüísticas», pero no ofrece una visión desprejuiciada del español tal como se habla o se escribe en México, según explica en la introducción del Diccionario del español usual de México, publicado por El Colmex en el 2002.

Pero más allá de las críticas, José Luis Martínez matiza sobre el diccionario de Santamaría: «… dejó la obra fundamental que deberá ser superada en las próximas décadas». Y el reto sigue vigente.

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