Noticias del español

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| Efraín Osorio
lapatria.com, Colombia
Martes, 22 de abril del 2008

ACECHAR-ASECHAR, DOMINAR, BALDE

Sigamos, pues, escribiendo «las asechanzas del enemigo» (de Ecuador, de Venezuela y de los terroristas de aquí), y que el contexto se encargue de su significado. Es lo razonable, su señoría.


Separados por más de cien páginas se encuentran en el diccionario de la Academia de la Lengua los verbos acechar y asechar. De esta manera define el primero: 'Observar, aguardar cautelosamente con algún propósito'. Sentido que tiene el siguiente titular de un editorial de El Tiempo: «El dengue acecha» (IV-12-08). Al segundo le da este significado: 'Poner o armar asechanzas', es decir, 'engaños o artificios para hacer daño a alguien'. Hasta aquí, no hemos descubierto el agua tibia.

Sucede, sin embargo, que tanto los dos verbos, acechar y asechar, como sus sustantivos, acechanza y asechanza, tienen la misma raíz latina, assectari, que significa 'acompañar, seguir a todas partes, perseguir, cortejar a una mujer, prodigar atenciones, cultivar el trato de alguien'. Según Juan Corominas, el verbo ‘acechar’ («poner asechanzas, mirar desde un lugar oculto»), apareció en nuestra lengua a mediados del s. XIII).

Causa extrañeza que en su definición ponga asechanzas con ese, no con ce, porque, según la Academia, estos dos sustantivos tienen significados diferentes. En efecto, asechanza, definido arriba, es distinto de acechanza, que quiere decir 'acecho, espionaje, persecución cautelosa'. Para desenredar esta docena de anzuelos; para velar por la uniformidad del lenguaje; y para proteger la coherencia de la gramática, sería muy conveniente eliminar del léxico los términos acechanza, acecho y acechar, y conservar todos aquellos que se escriben con ese, dándoles —como a la inmensa mayoría de las palabras— las distintas acepciones que comprende esa idea.

El porqué de esta mi opinión es muy claro: en la raíz de que provienen (assectari, de sequi – 'ir detrás, seguir, acompañar') no se encuentra la ce. Sigamos, pues, escribiendo «las asechanzas del enemigo» (de Ecuador, de Venezuela y de los terroristas de aquí), y que el contexto se encargue de su significado. Es lo razonable, su señoría.

Nadie domina un idioma. Es una verdad que no necesita explicación. Es un axioma. No importa que la Academia le asigne al verbo dominar esta significación: 'Conocer bien una ciencia, un arte, un idioma, etc.'. Lo digo, porque dominar es 'ser dueño de algo o de alguien', y esto no ocurre con el idioma, por ejemplo. Mientras más se adentra uno en el estudio del idioma materno o de un segundo más cuenta se da de lo mucho que aún le falta por aprender. Leí en la revista Semana, No. 1352, lo siguiente: «Dominar una segunda lengua a la perfección es indispensable para acceder a universidades en el exterior» (Especial, Posgrado). En esta frase, además de utilizar equivocadamente el verbo dominar, cae el redactor en un pleonasmo, porque, si lo domina, tiene que ser a la perfección.

Lo mismo ocurre con el recién inventado verbo optimizar, y con su sustantivo, optimización, manoseados últimamente a más no poder. El redactor de Revista, de LA PATRIA, explica los molestos cortes de energía o de agua o del servicio telefónico de la siguiente manera: «… labores de optimización de tuberías del acueducto»; «… la necesidad de realizar labores de optimización de redes» (IV-16-08).

Óptimo, señor, es el grado superlativo de bueno. Es decir, que de ahí no se sigue nada. Y, le aseguro, esas tuberías y esos cables siempre serán susceptibles de mejorar, más hoy en día cuando la ciencia avanza vertiginosamente. ¿Por qué, pues, no volver a los buenos viejos tiempos, cuando al pan se le decía pan; y al vino, vino? ¿Entonces? -Así: «Hablar con fluidez un segundo idioma y escribirlo con propiedad es un requisito para entrar a universidades en el exterior»; y: «labores de mejoramiento de tuberías del acueducto». ¡Mejor, mucho mejor!

Hay en Manizales un almacén, «La nueva tienda del pintor», en el que se ofrece «Pintura en agua – valde x 2 galones». El señor Armando López Moreno califica esta joyita de «contaminación visual» y anota: «… pues los niños que ven diariamente este mensaje crecen con una información equivocada de la ortografía». Observación muy juiciosa, porque todo lo que hay en el entendimiento pasó primero por los sentidos. La palabra *valde no existe en castellano; existe, sí, balde, con dos acepciones. La primera, como el balde del pintor, 'recipiente de forma y tamaño parecidos a los del cubo', la segunda, 'vano, inútil, sin valor', y que se emplea especialmente en las expresiones de balde ('gratuitamente, sin costo alguno'), y en balde ('en vano'). Según el Diccionario, en Honduras dicen patear el balde con el significado que nosotros le damos a la locución estirar la pata. Esperamos, el señor López y yo, que este comentario no haya sido en balde, y que el dueño de aquel *valde nos pare bolas.

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