Noticias del español

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| Diana Neira
eltiempo.com, Colombia
Jueves, 22 de febrero del 2007

A DETENER EL LENGUAJE DEL «SOLLE»

Me escribe un papá desesperado por la forma de hablar de sus hijos adolescentes. «¿Es verdad que, según dicen otros padres, debo aceptar este nuevo léxico y someterme a que todos hablen así?»


Como todo, la lengua evoluciona. Sin embargo, es preciso defenderla de los atropellos. Me ocurrió en un ascensor. Se trataba de un grupo de niñas (les dicen equivocadamente "sardinas") y muchachos, y una de ellas le decía a la otra: «M…ca, ese g…ón, la c…ó conmigo, mucho h. p.».

Y su amigo, al escuchar, le contestó: «Qué ceba, si es un bacán. Lo que pasa es que está mamado con usted, mamacita». Mientras la amiga respondía: «Sí, hermano, porque ese man es una berraquera».

Como superior, considero que es un deber corregir, y la manera efectiva de hacerlo es con el ejemplo. Si una mamá se refiere al vestirse a «me coloco la blusa», en lugar de «me pongo la blusa», y utiliza una y otra vez el «chévere», la consecuencia normal es que los hijos le digan «chaoo, chucha, voy a comprar el pam a donde el chacho de la esquina para que la lana me alcance».

Me afecto cuando en las empresas me contestan al llamar por teléfono: «¿De dónde?», a lo cual respondo con mi nombre, para escuchar luego: «Sí, pero de dónde». Repito, para después oír: «No está, ¿me regala su teléfono? Mi jefe ahorita está ocupado. Habían muchas llamadas represadas, pero tranqui, en un ratico te doy una marcadita. ¿Ok?» (pronunciado "oká").

Y lo usual es que al referirse a los clientes los llamen por su nombre. «Llamó Pedro Sánchez», y preciso es el directivo de una empresa. Y, al llegar este, lo saludan así: «Señor Sánchez, ¿cómo estás?».

Ahora bien, qué decir del abuso y mal uso del tú. Por ejemplo, en los almacenes se ha convertido en máxima el tuteo de los vendedores hacia los clientes, y en algunos lugares, inclusive, es usual que se empleen palabras cariñosas para invitarnos a comprar: «Mi amor, ¿te puedo ayudar?» o «¿A sumercé ya la atendieron?».

Y la reacción a la primera es lograr que uno salga despedido y se le quite hasta el deseo de comprar; y a la segunda, una sonrisa por recordarnos la costumbre familiar del interior del país.

Hace poco, en una región de clima caliente, al preguntarles a dos diferentes conductores de taxi por una dirección, me dijeron: «Siga por la quinta, mami». Como es obvio, respondí: «Listo, papi», y así corrijo siempre. En forma divertida, utilizo lo mismo.

Igual sucede en los restaurantes. Al solicitar algo que no está en la carta, repetidamente me contestan: «Nosotros no manejamos leche deslactosada», a lo que respondo: «Señor, usted maneja su bicicleta y no la leche». Afortunadamente, los colombianos somos amables. Así que, además de sorprenderse, me sonríen.

Es natural que las personas que no han tenido oportunidades de educación le digan a uno «Hola, monita», pero los demás deberíamos convertirnos en abanderados de nuestra lengua castellana para merecer la calificación de buenos usuarios de la misma.

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