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| Eduardo Dermardirossian (Argentina)

LA PALABRA, ARCILLA DEL HOMBRE

Dos observatorios posibles para mirar las mismas cosas: la ciencia, la academia, la especialización, es uno; el contacto diario, la familiaridad que viene del uso, es otro.


El primero corresponde al estudio analítico de las cosas, el segundo es fruto de la cotidianidad, del contacto espontáneo con el mundo. Ambos son fuentes de conocimiento y se complementan y nutren mutuamente. La luna es estudiada por los hombres de ciencia que la miran de cerca por uno y otro lado y desembarcan en ella, y también es vista como un astro que exalta el espíritu y mueve la pluma de los poetas.

Algo parecido ocurre con las lenguas y los alfabetos. Todos las hablamos y los escribimos y sólo algunos los estudian en profundidad, estableciendo sus orígenes, su evolución semántica, su etimología, su estructura. Habitualmente decimos lengua sin considerar su variación fonética en el tiempo; no acudimos al diccionario para enterarnos que viene del latín lingua, que tiene doce acepciones y multitud de asociaciones para nombrar, en total, un centenar de conceptos diferentes. Igual ocurre con la voz alfabeto, que nos viene del latín alphabetum, y este del griego alfa y beta, nombres de las dos primeras letras de ese catálogo.

Estas cosas hablan de la necesidad que algunas veces tenemos de omitir las consideraciones técnicas y los escondrijos de la semiología, para echar mano a nuestra facultad de hablar y escribir con el simple propósito de comunicarnos. Y éste es el punto: ver hasta dónde las muchas lenguas y alfabetos gráficos que se usan son un escollo para la divulgación de las culturas, para la integración de la familia humana, para que sea amable la vida de las sociedades cuando comparten un mismo espacio geográfico y un mismo tiempo en la historia. Hasta dónde esa pluralidad de hablares y escribires conspira contra el ímpetu uniformador de este tiempo y dificulta el mestizaje y la mutua validación de las culturas.

La aventura humana

Ignoro de qué sustancia está hecho el hombre y si tiene alma, ignoro si trasciende la vida. Pero me aventuro a creer que, como ser social, está construido con símbolos, con ese remedo de la realidad que lo diferencia de las otras especies; aún más, creo que los símbolos lo rodean como un universo paralelo que sólo él habita. Estoy hablando del hombre como ser social, piedra y argamasa del muro que él mismo levanta para edificar el templo de la civilización. La aventura humana en la dimensión del tiempo.

Y entre los símbolos de su hechura destaca la palabra, privilegio zoológico que al hombre no sólo le permite ser sociedad, sino también tener historia y trascender los tiempos biológicos. Más todavía, le permite pensar y construir un mundo conjetural que unas veces replica la realidad y otras veces la traviste o la modifica. Y a caballo del descontento que le acompaña mientras discurre por la vida, lo azuza para que imagine otros mundos posibles con el auxilio de la filosofía, la política, el arte y las otras manifestaciones de la cultura.

Pero ese universo de palabras es arbitrario. Por eso cada comunidad humana ha construido un sistema diferente, un idioma (del latín idioma, y este del griego, propiedad privada) que la separa de las otras comunidades. Un idioma o sistema de símbolos del que se apropia y del que excluye a los individuos de los otros grupos. Y esa pluralidad de idiomas siempre ha sido un obstáculo para la perfusión de las culturas. Más aun hoy, cuando las sociedades y los hombres se comunican en tiempo real y las migraciones son tan frecuentes. Creo que ningún habitante del siglo XIX o XX hubiera osado inventar la fábula de Babel.

En este tiempo de planetarización de las relaciones sólo una resistencia encuentran los globalófilos, y es la diversidad de las culturas, cuyo principal sostén son las lenguas. El lento avance de unas lenguas sobre otras contrasta con el acelerado desarrollo de las comunicaciones y con el aumento de las migraciones. Por su naturaleza sistémica las lenguas se resisten al cambio, mientras los modernos estilos de vida quieren forzarlo. Los productos de las corporaciones transnacionales llegan a todos los lugares, en la pantalla de tu televisor ves imágenes del lugar más remoto del mundo con el anuncio de una conocida gaseosa occidental y cristiana, un hombre barbado y con túnica desciende de un jet que surca el planeta en algunas horas; pero las lenguas siguen ahí, aferradas a los tiempos lentos de la historia para cambiar de adentro hacia afuera, resistiendo el afán comunicacional de la sobremodernidad.

El alfabeto, apertura y cancel

La palabra escrita sucede a la palabra hablada en el tiempo. Es su consagración y su continente, pero con la advertencia de que con el correr del tiempo ha llegado a ser también su contenido. Basta acudir a cualquier literatura para comprobarlo. Forma tardía de la comunicación humana, el alfabeto llega después del dibujo y del ideograma. Primero es el dibujo, luego el jeroglífico y el morfema y por fin el fonema, categoría a la que pertenece el alfabeto. Y es por esta condición tardía que algunas lenguas diferentes se escriben con alfabetos comunes o similares. Entre los comunes cuenta el latino para lenguas tan extendidas como el español, el inglés y el francés. Entre los semejantes encontramos el alemán (gótico y latino). Los alfabetos semíticos tienen familiaridad entre sí, como el árabe, el sirio, el copto y el hebreo. Y los hay enteramente diferentes, el armenio entre ellos. Estos últimos son los creados de propósito, a diferencia de los otros que son productos de la interacción.

Las comunidades o naciones que escriben con un alfabeto propio son las que ofrecen mayor resistencia a la interculturalidad. Resisten sin esfuerzo la invasión de las otras culturas en las que, a su vez, son incapaces de influir. Estas comunidades, que antiguamente podían resguardar su identidad y sus haberes culturales, en estos tiempos de globalidad tienen un escollo adicional para sortear. Para ellas es más difícil la comunicación escrita y el universo de Internet plantea obstáculos difíciles de resolver. Mi abuela paterna leía La Biblia escrita en alfabeto armenio pero en lengua turca. Algunos adolescentes que vinieron de Armenia en la pasada década me dicen que chatean con sus parientes en idioma armenio y alfabeto latino. Transmitir textos en un alfabeto diferente al que reconoce el sistema informático es un engorro adicional a los tantos que plantea el computador. Y acomodar el computador al alfabeto propio excluye a quienes ignoran esa grafía, al tiempo que impide esas traducciones «a garrote» que resultan de alguna utilidad.

Sin duda la invención de los alfabetos significó un avance extraordinario para la comunicación humana, hominizó al hombre, si se me permite la tautología; pero en los tiempos actuales su multiplicidad representa un incordio para la mundialización del saber y de las relaciones.

Hacia un nuevo universo de símbolos

Con el advenimiento de la informática y el desarrollo de las bases de datos un nuevo sistema de símbolos está superponiéndose a las lenguas y a los alfabetos. Rápidamente se está universalizando el uso de unas herramientas que sortean las barreras lingüísticas, y el acceso al conocimiento se va democratizando hasta donde lo consienten los sistemas políticos y económicos vigentes. El hombre va ocupando espacios que antes le eran desconocidos y su universo simbólico se va ensanchando. La ciencia y la técnica prodigan medios para que de ahora en más el hombre construya un mundo más amable para todos, con una lengua y un sistema de signos casi suficientes para el entendimiento mutuo.

Se estrecha cada vez más la distancia que separa el conocimiento especializado del conocimiento ordinario y los habitantes de este tiempo tienen acceso a lo que antes le estaba reservado a unos pocos. Esos programas que con solo hacer un clic traducen tan rápida como torpemente un texto, diciendo en tu lengua lo que está escrito en otra, esos vocablos y giros que habitan los arrabales de las lenguas y lastiman los oídos de los más escrupulosos, traen, sin embargo, una esperanza consigo: que los hombres rescatemos la más valiosa herramienta para entendernos, una lengua y un alfabeto común. Aún cuando, ¡ay!, esté contenida en chips y construida con palotes y números binarios.

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