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| Aleksey Yeschenco (Centro Norcaucasiano de Estudios Sociolingüísticos, Universidad de Piatigorsk, Rusia)
diariodelaltoaragon, España
Miércoles, 27 de diciembre del 2006

RELOCH DE POCHA

Hace poco mas de un año, preparando el resumen de un proyecto de investigación sobre la lexicología del aragonés común, en cierto momento tuve la sensación de haber resuelto el nudo gordiano de las complicadas relaciones que se establecen entre la lengua literaria común que, para una comunidad humana, es como una especie de carta de presentación de sus potencialidades artístico-literarias y, al mismo tiempo, un modelo idiomático que algunos llaman estándar (¿puede competir un coche estándar —o sea acabado de salir de una cadena de producción— con uno de fórmula uno?).


Había dispuesto desordenadamente sobre el tablero de mi mesa de trabajo varias decenas de libros escritos en aragonés —unos en aragonés común y otros, en alguna variedad local de la misma lengua— y durante un par de horas los estuve repasando uno tras otro, escogiendo un título al azar, el que estuviera a mano o llamara mi atención por algún motivo, hasta que vi con toda claridad que la barrera que ciertos estudiosos inventaron y luego intentaron montar entre la lengua común y sus variedades regionales y sociales es un fantasma o algo parecido a un centauro; en fin: palabra que cuenta con un concepto pero carece de referencia, fenómeno muy frecuente en las modernas terminologías científicas.

No es que las diferencias no existan: por eso las variedades son variedades y hasta la propia lengua común también es una variedad de lo que se llama diasistema lingüístico, pero una variedad de otra clase o de otro nivel. Lo que sucede es que los acentos están mal puestos: en el lugar donde unos ven fronteras y barreras, en realidad hay un constante movimiento de «mercancía» lingüística que se transporta en dos direcciones: desde las variedades regionales hasta la lengua común y viceversa. La variedad que suele hacer «compras al por mayor» es precisamente la lengua común de la comunidad que le ha dado el nombre, en este caso la lengua aragonesa. Y lo curioso es —proseguía yo en mis cavilaciones— que, a la larga, en lo que al vocabulario se refiere, la lengua común se apropiará de toda la riqueza léxica del conjunto de variedades geográficas, sociales, profesionales y de otro tipo. Llegará un día —me decía yo— en que salga un libro en el que tengamos descrita la nieve de los Pirineos con las más variadas palabras, frases y otras formas lingüísticas que se guardan en distintos baúles de recuerdo —modalidades del aragonés que se hablan en distintos valles pirenaicos—. Y hasta —¡quién sabe!— habrá algún escritor que saque del olvido la lengua de los «nabateros» para describir algún episodio de la vida de su personaje. Pasó poco más de un año desde aquella madrugada —todos tenemos nuestras manías, y la mía es levantarme con los gatos que son más madrugadores que los gallos— y yo tuve el privilegio de leer la última novela de Chusé Inazio Nabarro —Reloch de pocha— antes de que fuera publicada.

Es una joya y, como toda joya, tiene tantas facetas que los futuros críticos se cansarán explicándolas una tras otra. Sé que yo mismo, al releer esta novela una y más veces —es que cuento con el permiso del autor para traducirla al ruso—, descubriré en ella algunas cosas que no he visto claro durante la primera lectura que siempre es más rápida que otras. Pero guardaré para siempre la enorme sorpresa al ver realizado mi pronóstico de hace un año: Chusé Inazio Nabarro nos ha regalado una poética lingüística —¿o lingüística poética?— de la nieve de los Pirineos y nos ha llevado río abajo a bordo de una «nabata» en compañía de sus simpáticos personajes.

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