Noticias del español

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| Fernando A. Navarro
Parentescos insólitos del lenguaje
Ediciones del Prado. Madrid, 2002

PARENTESCOS SORPRENDENTES: INFANCIA Y FANTOCHE

La afasia es una enfermedad neurológica caracterizada por la imposibilidad para hablar de forma inteligible. La infancia no es ninguna enfermedad, pero un niño muy pequeño tampoco puede hablar, de modo que los romanos lo llamaban infans, infantís (literalmente, «el que no habla»), por anteposición de la partícula privativa in- al participio presente del verbo fari (hablar).


El sentido primigenio que le dieron los romanos, niño muy pequeño incapaz todavía de hablar, es el que mantiene la palabra ínfant en inglés. En este idioma, llaman infants a lo que nosotros denominamos lactantes o bebés; es decir, niños menores de 12 meses. De tal modo, la infant mortality rate no significa tasa de mortalidad infantil, aunque así se vea traducida con frecuencia, sino tasa de mortalidad en menores de un año. Algo parecido sucede con infancy, que equivale a lo que nosotros llamamos lactancia o primera infancia.

En otros idiomas europeos, sin embargo, el significado del infans latino se ha ido ampliando hasta designar cualquier niño, aunque hable ya con más soltura que un charlatán de feria. Así ha sucedido no sólo con el francés enfant (niño), sino también, en nuestro propio idioma, con infancia e infantil, palabras todas ellas que hacen referencia al período de la vida comprendido entre el nacimiento y el inicio de la pubertad, generalmente estipulado en los 14 años.

A medio camino entre el inglés ínfant (niño menor de 12 meses) y el francés enfant (niño menor de 14 años) se ha quedado el castellano infante, que se aplica a los niños que aún no han cumplido los siete años. Del italiano fante tomó esta palabra además otras dos acepciones: «joven noble» ya en el siglo XlI (de allí infanzón, título nobiliario de categoría superior al hidalgo), y «soldado de infantería» en el siglo XVI (en el sentido de muchacho, mozo o servidor; por considerar en la Edad Media a los soldados de a pie como criados de los caballeros).

Desde el siglo XIII se llama también en España infante o infanta a los hijos legítimos del rey, aunque hayan abandonado ya los pañales o incluso peinen canas. Hasta los tiempos de Juan 1 de Castilla se llamó también «infante heredero» al hijo primogénito del rey, pero desde entonces venimos dándole el nombre de príncipe, de tal modo que sólo sus hermanos menores (o cualquiera de sus hermanas, mayores o menores, en uno de los más claros vestigios de discriminación sexual que quedan en nuestra constitución) mantienen el título de infantes. Hablando de príncipes, por cierto, conviene recordar que en España no hay más príncipes que el de Asturias. En Mónaco, por ejemplo, tan príncipe es Rainiero como cualquiera de sus hermanos, hijos o nietos. Más llamativo aún es el caso de Italia y Alemania, donde los príncipes se cuentan por centenares. En la historia de España, sin embargo, fuera del príncipe de Asturias, sólo hemos tenido, que yo sepa, otros dos príncipes: el de la paz (Manuel Godoy) y el de Vergara (Baldomero Espartero).

Del italiano fanciullo (diminutivo de fante), a través de la aféresis ciullo, nos ha llegado el castizo chulo, que en el Siglo de Oro significaba niño, pero después ha ido ampliando su significado para aplicarse a todo el que se comporta de modo gracioso pero desvergonzado (como los chulos madrileños) o todo lo que, como un niño, es lindo, bonito o gracioso («Me he comprado un bolso muy chulo»). También del italiano fantoccio (títere) hemos tomado, ya en el siglo xx, la palabra fantoche, que solemos usar de modo despectivo en el sentido de mamarracho o mequetrefe.

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