Noticias del español

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| Edgar Gutiérrez
El Periódico, Guatemala
Lunes, 22 de diciembre de 2008

MESTIZAJE DE LA LENGUA

«No hay una sola lengua llamada español», constató Andrés Bello al terminar su recorrido por Latinoamérica hace dos siglos.


Los ramales idiomáticos nacidos del mismo tronco son tan frondosos que cuesta identificarlos. Habla y te diré quién eres. La lengua es un retrato de varias dimensiones. En un sentido es individual, familiar, regional y nacional. En otro, refleja estrato social, escolaridad, lecturas. Hablando el mismo idioma podemos cometer yerros inocentes, pero, igual, nos comunicamos.

«¿Quiere, señora, un tinto?», pregunta la estilista a la turista en el salón de belleza en Bogotá.

«No, gracias, lo quiero negro». Un diálogo desconcertante: la colombiana inquiere sobre la degustación de un café y su visita relaciona la cuestión con el color del cabello. «Subamos a un coche», le dice el veracruzano al señor de Reu, que está de visita en ese puerto del Caribe. Y éste piensa intrigado: «¿Cómo cree que me montaré sobre un cerdo?». A mí me ocurrió lo propio en Honduras en los años ochenta. Una noche, hambriento, pasé frente a una venta de comida callejera donde vendían tortillas con carne. Le dije a la señora que atendía: «Me regala, por favor, una tortilla». Ella levantó severamente sus negros ojos y con el ceño fruncido tanteó un par de tortillas tiesas. Me las dio de mala gana y sin abandonar su cara hastiada me advirtió:

«La próxima vez traiga su dinero».

Los hablares de los guatemaltecos resultan diferenciados, como son sus nítidos estratos sociales. Un amigo mío, nicaragüense, identifica al chapín que firma una carta por la redacción del párrafo final. Los clasifica: aristócratas —breves—, burgueses —explicativos—, burócratas —melosos—. En general forramos nuestro hablar de una atmósfera excesivamente formal, ceremoniosa. Pero también seductora. Conformista. «Qué se le va hacer». Esquiva. «Ahí, pasándola». Hablamos en negativo: «¿No quiere pasar?». Empleamos el lenguaje para lo que, decían los filósofos, fue hecho: ser eco, no voz. Una sofisticada máscara del pensamiento.

Son densos y traumáticos los factores históricos, sociológicos y psicológicos que dan como resultado nuestra forma de hablar y de apropiarnos de la lengua.

Las clases medias urbanas han querido aliviar el lenguaje con la cadencia, el uso del «vos» y las maneras coloquiales: «sí pues». A eso se agrega la traducción Kaqchikel del sentido posesivo: «un mi primo». O adopciones directas: «shuco». Un mestizaje intenso de la lengua.

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