Noticias del español

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| Esteban Greciet
lne.es, España
Jueves, 13 de enero del 2011

LA NUEVA ORTOGRAFÍA Y OTRAS PERPLEJIDADES

Hacia una escritura poco exigente y más bien elíptica.


Tengo la impresión de que la nueva Ortografía del idioma español, coordinada por el académico Santiago Gutiérrez, resulta demasiado comprensiva con la tendencia de nuestro tiempo a igualar por abajo, esa especie de marcha casi universal hacia lo más fácil en indulgente aplicación de la ley del mínimo esfuerzo.

De otro lado, el empeño sincretista de armonizar el uso de nuestra lengua en todas las naciones del mundo hispánico no deja de ser una bienintencionada tarea, pero también babilónica y, si me apuran, inconveniente por la exclusiva validez local de muchos modismos. No obstante, reconozco que se trata de una labor ingente muy de alabar, pero también con aspectos de los que, provisionalmente, me permito discrepar.

Sostiene Gutiérrez que esta nueva normativa se apoya en razones de coherencia y que la ortografía española no está alejada de la pronunciación. Es decir, que estamos ante una escritura cercana a la fonética, lo que García Márquez propugnaba también —supongo que en broma— con el peligro de que los vicios de ésta se devoren las exigencias de aquélla. Mi opinión es que lo ambiguo será siempre un riesgo para la comprensión del mensaje.

Como no basta teorizar, van algunos ejemplos discutibles de las nuevas reglas: los bisílabos «guión», «huí», «truhán» y alguno más se escribirán sin tilde, convirtiéndose así en diptongos y, por ello, en monosílabos. Es decir, se tendrán que pronunciar en una sola emisión de voz, dificultando la prosodia original. También pierden la tilde los pronombres «éste», «ése» y «aquél», por lo que se confundirán con los adjetivos, y la palabra «sólo», aunque equivalga a solamente y, por lo mismo, sea adverbio y no adjetivo.

Es verdad que en materia de tildes la Academia se muestra comprensiva, porque «no se condena su uso si alguien las quiere utilizar». No sabe don Santiago qué peso nos quita de encima a los de la Galaxia Gutenberg viendo lo que les pasa a los pobres fumadores convertidos ahora en delincuentes presuntos.

La zeta pasa a ser ceta, la i griega será la ye (!), las preposiciones «pro», «ex» y «anti» se convierten en prefijos unidos a una sola palabra; desaparece la «q» en vocablos de otros idiomas: Irak y no Iraq, cuásar y no quásar, cuórum y no quórum?

Con todo esto, temo que vayamos hacia una escritura poco exigente y más bien elíptica, a la manera en que redactan los jóvenes sus estenotípicos mensajes de móvil o los reproducidos en las tertulias de televisión; muchos, con habitual desprecio a la ortografía convencional y anarquía de tildes, acentos y signos de puntuación en general.

Como graciosa ilustración de ese utopismo de que el español escrito sea idéntico al hablado y válido en todo el mundo, me han pasado la siguiente propuesta: supresión de tildes, acentos y diéresis; puntuación a gusto del emisor; la letra «k» asume el sonido de la «c» fuerte y de la «q» (kasa, keso, Kijote) y la letra «s» los de la ce suave y la zeta (sapato, asul, sesina, siruela).

Muere la «v» en brazos de la «b» (bino, Balensia, bibir); la «x» sucede a la doble «c» (oxidente, infexioso, axionariado); la i griega, a la doble ele (Sebiya, kasteyano); la letra «j», a la «g» de sonido suave (jeneral, jerencia), y la «ch» pasa a ser «tx» (txoriso, atxikoria). Así las cosas, la «h» se hace innecesaria (uebo, umiyante, alkool) y un poco incordiante la letra «d» de los participios (bailao, ofendío, eskatxarrao).

¿Qué se pretende con esto y algo más? Pues, según los divertidos promotores, «keremo ke kiene bibimo en nasione hispanohablante gosemo del idioma de Kebedo y de Serbante»…

Ahí queda eso.

Algo parecido, y no es broma, está en el manifiesto de la llamada Junta de Escritores Andaluces con el que acaba de reivindicar su sedicente lengua propia y del que extraigo uno de sus párrafos: «Zomo una entidá por er mubimiento zoziokurturá pal ehtudio, defenza i promosión der zihtema lingüíztiko del andalú? Y eh ke ze ehtá notando una perdia e la trasmisión interhenerasioná de zu razgoh prinsipale»?

Un pintoresquismo más en el afán de contar con una suerte de lengua propia como seña de identidad regional, incluso con pueriles aspiraciones nacionalistas. Probablemente, tanto pecan los particularismos disgregantes como los «panlingüismos» globalizantes y supuestamente integradores.

En definitiva, el lenguaje, hablado o escrito, es la clave del entendimiento, que se resentirá si en él introducimos factores de incertidumbre.

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