Noticias del español

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| Carmen Dolores Hernández
El Nuevo Día (San Juan, Puerto Rico)
Lunes, 28 Agosto del 2006

EL DULCE DON DE LA PALABRA

En una época en la que la Real Academia de La lengua se abre para acoger las variantes del español en el mundo, este lingüista ejerce con pasión su papel de defensor del léxico.


Hablar es uno de los muchos —y grandes— talentos de Humberto López Morales. El lingüista, que ha dedicado su vida a estudiar la lengua española y sus variedades dialectales, disfruta manejándola con destreza. Su acento caribeño, matizado por la buena docena de años que lleva viviendo en Madrid, fascina al oyente y lo mantiene inmóvil, atento a no perder giro alguno de las graciosas expresiones que puntean su conversación ni de las inesperadas inflexiones de su voz.

«A mí me encantan los acentos antillanos», dice. «Son dulces y melodiosos. Hago esfuerzos por no perder eso, porque sería terrible. Y, en general, la gente es agradable, suave, cordial, atenta. Eso se traduce a través de la lengua».

Aunque le gusta mucho vivir en España, todavía no se ha acostumbrado a la «rudeza expositiva» de los españoles. «Allí la gente llega a un bar y ordena, imperiosa: '¡Café!'». Pero ahora que en Madrid hay tantos hispanoamericanos se nota la diferencia. «Un hispanoamericano llega y dice: 'Ay, por favor, ¿me daría usted un cafecito?' Eso es nuestro, completamente», añade.

Desde su cargo como secretario de la Asociación de Academias de la Lengua Española, que él ha sido el primero en desempeñar, López Morales ha logrado convertir a las veintidós academias de veinte países hispanoamericanos –además de dos que responden a los hispanohablantes de las Filipinas y de los Estados Unidos- en centros de investigación y de trabajo sobre la lengua.

Las que solían ser agrupaciones de gente prestigiosa de un país que se reunía periódicamente sin propósitos muy definidos, producen ahora estudios y análisis, estadísticas y ediciones importantes. A través de la Escuela de Lexicografía Hispánica, para la cual su intervención fue instrumental, desde hace seis años se elige anualmente a veinte jóvenes hispanoamericanos para que vayan a Madrid durante 6 meses a seguir cursos intensivos de lexicografía. Luego regresan a sus países y –gracias a la gestión de la Real Academia Española- trabajan por dos años como investigadores en las academias nacionales de la lengua.

El nuevo talante ha superado el famoso lema de la Real Academia Española, la primera en fundarse: «Limpia, fija y da esplendor». La nueva política hacia la lengua es abierta y flexible. Atenta a su crecimiento y desarrollo, está pronta a acoger cambios sancionados por la voluntad de los hablantes. También vela, sin embargo, por mantener la unidad que permite que los 400 millones de hispanohablantes de todo el mundo nos entendamos entre nosotros a pesar de las diferencias y particularidades de los diversos países.

Es posible que sólo un americano —en el sentido de persona proveniente de las Américas— hubiera podido tener esa sensibilidad, y respeto, hacia las diferencias. Tan diestro con la pluma como lo es con la palabra hablada, Humberto López Morales ha dedicado varios libros a temas como Estudios sobre el español de Cuba, Estratificación social del español de San Juan de Puerto Rico, El español del Caribe, Los cubanos de Miami y La aventura del español en América entre muchos más. Su más reciente libro, La globalización del léxico hispánico, versa sobre otro aspecto importantísimo de la dinámica entre lo particular y lo general: la manera como los medios de comunicación —radio, TV, prensa, libro e Internet— manejan nuestra lengua. Su énfasis es sobre aquéllos que se difunden más allá de las fronteras nacionales.

Nacido en uno de los barrios más céntricos de La Habana, cerca de la Iglesia de Reina, Humberto recuerda que en la esquina de su casa, en el Paseo de Carlos III, había una estatua de ese rey. «De niño me fascinaba», dice. «Le pasaba por el lado en velocípedo, lo miraba». No puede ser casualidad que la sombra de ese monarca, uno de los más ilustrados que ha tenido España, quien accedió al trono un año después de fundada la Real Academia Española, haya presidido su vida.

El momento en que Humberto entró a la Universidad de La Habana para estudiar historia fue uno de los más violentos del tumultuoso desarrollo de la Revolución Cubana. Corrían los años cincuenta y el régimen de Batista estaba en sus últimos estertores mientras que los revolucionarios ganaban fuerza y prestigio desde su enclave en la Sierra Maestra. Cuando llevaba dos años estudiando, las autoridades cerraron la universidad. «Mi padre —que era español— me mandó a Madrid a estudiar; tenía miedo de la violencia. La Habana de Batista era una ciudad con un clima de muerte», dice.

Ya encaminado por la disciplina de la literatura medieval —que lo llevaría a la lingüística— Humberto regresó para ver a su familia durante las Navidades del 1958-59 y se encontró con los dramáticos sucesos que llevaron a Fidel Castro al poder. «Yo era fidelista a muerte», dice, «y para disgusto de mi padre, me quedé a estudiar en Cuba, porque la universidad había abierto con cursos intensivos para que la gente adelantara».

Su desilusión con el régimen, sin embargo, no se hizo esperar. Como estudiante, Humberto participó en unas jornadas de reforma universitaria y vio cosas que no le gustaron, «iniciativas de depuración de profesorado que no tenían nada que ver con lo académico». El punto definitivo vino cuando se habló de despedir al profesor Luis Baralt, un hombre de gran prestigio.

Ya Humberto había terminado la licenciatura y se marchó definitivamente del país —«la salida se me hizo fácil gracias a una beca de la Fundación Piedad Zenea», recuerda— recorriendo entonces un amplio periplo estudiantil y profesional que lo trajo eventualmente a Puerto Rico.

Hizo su doctorado en lingüística en España, con figuras como Rafael Lapesa y Dámaso Alonso y luego estuvo varios años enseñando en universidades de Estados Unidos: New Hampshire primero y, luego, en Texas, la universidad estatal en Austin y Rice en Houston.

La conexión boricua surgió durante uno de los cursos de verano que organizaba Manuel Alvar en Málaga y en los cuales el profesor López Morales enseñaba asignaturas para entonces tan novedosas como sociolingüística, lingüística aplicada a la lengua materna y el español de América.

«En el año 1970 se me acercó una estudiante que era profesora de la UPR y me preguntó que si me importaría ir a Puerto Rico a enseñar. '¿Que si me importaría ir a Puerto Rico?', pregunté, '¿Dónde hay que firmar?'».

«Puerto Rico fue una clave para mi felicidad», dice. En ese momento la madre de Humberto —que había quedado viuda— se había ido a vivir con él, que era su único hijo, a los Estados Unidos. «Mi madre renació en Puerto Rico», dice, «porque no hablaba inglés y no conducía. En Puerto Rico hablaba español, podía leer los periódicos, ver la TV en español. Como era una mujer muy sociable, hizo muchas amistades».

La labor del doctor López Morales en nuestro país fue importantísima. No sólo renovó completamente los estudios lingüísticos, sino que estableció en la UPR un programa especial, el Instituto de Lingüística, donde se inició el programa académico de maestría a la vez que funcionaba como un pequeño centro de investigación.

Gracias a su acción dedicada y entusiasta, se actualizó la investigación —renovándose su metodología— y también la práctica. Se revisó el currículo general y se organizó una serie de Congresos Internacionales del Español de América que continúan celebrándose periódicamente hasta el día de hoy, además de establecerse unos seminarios internacionales de lingüística aplicada a la enseñanza del español de América. El profesor estuvo en Puerto Rico veintitrés años —de 1971 a 1993— durante los cuales se renovó el estudio y la investigación lingüística del país.

Al lado de su seriedad y su dedicación profesionales, la gracia innata de su conversación resulta irreprimible. Cualquier peripecia, al contarla, se tiñe de humor. En un vuelo reciente de Madrid a San Juan, por ejemplo, cuyo atraso monumental se debió —según anunció el piloto— a la necesidad de regresar al punto de partida por el impacto que había causado un ave sobre el ala del avión, Humberto llamó a la azafata. «Señorita», le dijo, «o ese pájaro era de hierro o las alas de este avión son de cartón».

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