Noticias del español

| Crisanto Pérez Esáin (castellanoactual.com, Perú)

«Donde dije Diego digo digo… »

…O donde *haiga digo haya; donde *cabo, quepo o en vez de *preveer, prever.

No son errores tan difíciles de encontrar en la calle, en la casa, en el colegio o en la misma universidad. Incluso, de vez en cuando, llegan hasta nuestros oídos rumores sobre un cambio en la política gramatical de la Real Academia Española y de las demás Academias de la lengua, como si en ellas existieran corrientes aperturistas o tradicionalistas al modo de los partidos políticos. Se aduce, entonces, que por fin podemos dejar que resbale por nuestros labios el *haiga y no el haya que tan extraño suena para muchos o el *cabo en vez del quepo, que no nos llega a caber en la cabeza. Intentando que nuestros deseos se impongan a la realidad, no nos damos cuenta de que las palabras tienen en su forma y en su significado la historia de su procedencia.

Así como nuestro aspecto físico, voz o carácter recuerdan a nuestros padres o abuelos, las palabras esconden también su origen histórico –etimológico– en la forma en que las escribimos o pronunciamos. Por ello, la primera y la tercera persona del singular del presente de subjuntivo del verbo haber es haya, y no *haiga. Sucede que en la Edad Media la forma de escribir la palatal «y» era «ig», de modo que lo que se escribía haiga, debía pronunciarse haya. Sin embargo, entre las clases menos cultas quedó la idea de que haya había pasado a *haiga por arte de birlibirloque, también a la pronunciación.

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