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| Javier Arteta
elpais.com, España
Jueves, 21 de diciembre del 2006

¿TODOS Y TODAS? ¿CÓMO LO ESCRIBEN ELLAS?

Ni los más severos detractores de los placeres carnales de la España nacional-católica podrían haberse imaginado que el sexo acabaría desapareciendo como término del lenguaje oficial, gracias al empeño de cierto feminismo militante. Sus portavoces más combativas empezaron sustituyéndolo por la palabra género, que es el vocablo que se ha acabado imponiendo. Ahora, en una nueva vuelta de tuerca, arremeten contra lo que consideran lenguaje sexista, cayendo en manifiesta contradicción: porque, si lo que hay, según la jerga al uso, es sólo género, masculino y femenino, los prejuicios en el uso de la lengua, de haberlos, tendrían que ser generistas.


Por lo que he podido leer en las últimas semanas, algunas militantes (¿o habría que decir militantas?) del feminismo hispano se han embarcado en una ofensiva ideológica, para desterrar del uso de la lengua española lo que entienden por machismo. Y, de esta forma, ya no sólo arremeten contra la masculinidad del plural genérico, a favor de un cansino y atosigante desdoblamiento hecho de «todos y todas, padres y madres, niños y niñas…». Además, tratan de promocionar palabras y palabros nuevos y nuevas, para que las mujeres puedan sentirse representadas, y no sólo representados. Palabras y palabros como pueden ser, por ejemplo, cancillera o jueza.

Yo, la verdad, si fuera chica y me llamaran jueza, recibiría el término como un insulto propio de algún machista resabiado que sólo trata de humillar. Me sentiría tan insultada como, si, al ser hombre (porque nadie es perfecto), alguien pudiera decir de mí que soy un periodisto. Porque hay palabras que se resisten a operaciones arbitrarias de cambio de sexo. Por eso, no hay ni habrá, espero, telefonistos, ascensoristos, electricistos, bedelas, jóvenas y personos. Como no hay ni comunistos, ni socialistos, ni anarquistos, ni tampoco terroristos. Ni izquierdos (como hombres de izquierda) ni derechos (como hombres de derecha).

Sí, ya sabemos que las normas sobre el uso del idioma las ha fijado una institución como la Real Academia Española de la Lengua, integrada por hombres en su abrumadora mayoría. Pero tal hecho no las desacredita, como se empeñan en mantener sus detractoras. Porque también es verdad que fue un hombre quien formuló la Ley de la Gravedad y nadie, que yo sepa, ha cometido la tontería de decir que se trata de una ley machista. Sorprende, por ello, que, en algo tan serio como es la conservación y el buen uso del idioma se puedan aplicar criterios distintos a los que imperan en otras disciplinas. ¿O tal vez se considera que el lenguaje, a diferencia de la Física, es una cuestión tan de segundo orden que lo que hoy es cuchillo mañana puede ser denominado tenedor porque a uno (o una) se le acaba de ocurrir? Y a todo esto, ¿qué piensan las mujeres más directamente implicadas en esta polémica? Me refiero a aquéllas que tienen por oficio trabajar con las palabras. ¿Qué piensan las mujeres escritoras de este lenguaje indigesto, propio únicamente de instancias administrativas, pero que no tiene nada que ver ni con el habla corriente de la calle ni con el que emplean ellas en su literatura, como la experiencia nos enseña de manera apabullante? Hagan, si no, la prueba, amigos lectores. Cojan un libro cualquiera, o cualquier artículo de prensa, escritos por mujeres y comprueben que lo que digo es cierto.

Yo lo tengo ampliamente comprobado. Escojo al azar y leo (La voz dormida, Dulce Chacón): «Se abre paso entre los familiares, que continúan gritando, mientras se empujan unos a otros para ocupar el espacio que ha dejado libre junto a la valla metálica». De acuerdo con las nuevas reivindicaciones de quienes quieren acabar con el lenguaje sexista, la novelista recientemente desaparecida tendría que haber escrito. «Se abre paso entre los y las familiares, que continúan gritando, mientras se empujan unos a otros y unas a otras para ocupar el espacio que ha dejado libre junto a la valla metálica». Como, sin duda, debería corregirse Luisa Etxenike cuando en su artículo Derecho de decisión (El PAÍS del 17 de diciembre) hablaba de «la manipulación informativa que nos infligen nuestros eternos gobernantes», cuando, en rigor, según lo que se lleva, tendría que haber hablado de «nuestros y nuestras eternos y eternas gobernantes y gobernantas».

¿Se imaginan despropósitos semejantes y lo que pueden dar de sí, reproducidos hasta el infinito? No, ¿verdad? Pues esto es lo que se nos viene encima. Y creo que va siendo hora de que se nos abran las carnes y ericen los cabellos, a todos (y, por supuesto, a todas), ante los intentos descabellados de ciertas comisarias del lenguaje políticamente correcto, que atentan de una manera muy directa contra la libertad de creación y de expresión de las propias mujeres. Me extraña, por ello, que todavía no hayan reaccionado. Porque el peligro les afecta a ellas, igualmente. Y ellas son también parte interesada en que se recupere al menos unas ciertas dosis de sentido común que nos salve de las agresiones al idioma. Porque puedo asegurar, y aseguro, que el sentido común, aunque sea gramaticalmente masculino, suele funcionar.

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