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Joaquín Badajoz, miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española

www.elnuevoherald.com

Domingo, 8 de mayo del 2011

ORTOGRAFÍA RAZONADA: HISTORIA DE UN ‘ORTOGRAFICIDIO’


«Ninguna publicidad es negativa, excepto tu propio obituario», decía el dramaturgo irlandés Brendan Behan. Pero hay publicidad negativa tan irresponsable que no sabemos si es obituario o magnicidio. Así ha sucedido con las polémicas en torno a la nueva Ortografía de la lengua española, primera obra conjunta de las 22 academias de la lengua —la anterior de 1999 solo recibió el referendo de las academias nacionales y aportaba pocas novedades con respecto a la de 1956—, coordinada por el lingüista Salvador Gutiérrez Ordóñez y publicada por la Real Academia Española, RAE.


Desautorizada por líderes de opinión dentro de los círculos literarios , como Javier Marías o Arturo Pérez Reverte, el rechazo ha trascendido por efecto de cascada haciendo eco en el lector. A lo que se suma haber sido aprobada por unanimidad en Guadalajara, con un espíritu «recomendatorio» ajeno a la voluntad explícita de este cuerpo de «eliminar, dentro de lo razonable, la opcionalidad abierta por las llamadas normas potestativas». Pasemos por alto que la ortografía es normativa —relativizarla es afectar la comunicación— y avancemos otro paso: estamos ante una obra tan visionaria que su mayor defecto es su anticipación. De modo que su espíritu nos acompañará por el resto del milenio.

 

De Zacatecas a Guadalajara

 

¡Vamos a jubilar la ortografía!

 

Cuando Gabriel García Márquez mandaba a jubilar la ortografía en el I Congreso de la Lengua en Zacatecas (1997), exponía cuestiones que siempre han desvelado a escritores y académicos: la ortografía es una camisa de fuerza, ¿qué hacer cuando el idioma revienta ese corpiño? La otra: la escritura es una traducción gráfica del lenguaje oral y como traducción siempre tiene marcas y fallas estructurales, que hemos aceptado y aprendido sin intentar razonarlas. Pero lo contrario también es posible: decodificar las reglas ortográficas demostrando que responden al comportamiento lingüístico más que al voluntarismo académico.

 

El resultado es la Ortografía del 2010, la más completa y, teóricamente, fundamentada hasta la fecha. Un volumen de 743 páginas —500 más que la edición de 1999— editado con una visión cultural y evolutiva, que intenta resolver los problemas de diacronía de la lengua y los sistemas ortográficos; así como registrar y conciliar por primera vez las normas que regirán el español internacional panhispánico en un escenario donde la mayoría de los hispanohablantes habitan al oeste del Atlántico.

 

Un libro capital para entender la evolución de la lengua, aunque presente, a mi juicio, insuficiencias operativas. Como el caso de convertir en monosílabos palabras como truhán y guión, que para muchos hablantes contienen hiatos ortográficos que las transforman en polisílabas. Habría que aclarar que no se trata de una pifia. En la página 225 discuten las variantes posibles a partir de las secuencias vocálicas y, en función de la unidad prosódica, apuestan por esta solución que resuelve la ambigüedad ortográfica, aún a riesgo de crear otra fonética. De todos modos a partir de ahora, de acuerdo a la regla, truhan y guion no se acentúan.

 

Otra novedad es la eliminación de la tilde en solo (cuando puede sustituirse por únicamente y solamente) y en los pronombres demostrativos (este, ese, aquel) que se consideraban susceptibles a ambigüedad. El acápite dedicado a ese aspecto vale para convencernos de que esas «ambigüedades no son superiores en número ni más graves que las que se producen en los numerosos casos de homonimia y polisemia léxica que hay en la lengua». Asímismo se elimina la tilde en la conjunción disyuntiva o entre dos cifras, que es acertada aun cuando la excusa de la claridad tipográfica de los ordenadores modernos parezca superficial.

 

También ha sido atinado fijar el carácter de los dígrafos, sobre todo en el caso de la Ch y la Ll, que durante casi 200 años fueran consideradas letras alterando sin sentido el alfabeto español.

 

La distorsión periodística ha sido tal que un reporte del diario digital información.es de Alicante afirmó que la Z se escribiría ceta, cuando la Ortografía recomienda la variante gráfica zeta y desaconseja «explícitamente las formas con c-». Este es solo un ejemplo de que el escándalo mediático es desproporcionado. Los cambios tienen alcance panhispánico, pero no se trata de la simplificación ortográfica propuesta por Andrés Bello en 1823, que a pesar de su radicalidad fue adoptada por algunos países latinoamericanos. Las revisiones son tibias y apenas perceptibles para el hablante promedio comparadas con las que sucedieran 74 años después de publicada la primera Orthographia española de 1741, cuando la reforma de 1815 eliminó los dígrafos th>t; ph>f; ch>c; redujo el uso de la diéresis sustituyéndose la secuencia gráfica qu por c en palabras en las que la u debía pronunciarse; y desterró durante más de medio siglo la letra K del diccionario.  

 

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