Noticias del español

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| Francisco Moreno Fernández
Global Henares, España
Viernes, 4 de julio del 2008

LA LENGUA, UNA FORMA DE REMARCAR LAS DIFERENCIAS INTERGENERACIONALES

La opinión que los adultos suelen tener del habla de los jóvenes no es precisamente positiva. Se dice que cada vez hablan peor y que usan palabras que no se entienden. Probablemente esto sea verdad en muchos casos, pero lo realmente característico del habla de los jóvenes es su carácter dinámico y cambiante. Y siempre ha sido así, entre otros motivos porque la lengua también sirve para marcar diferencias entre generaciones.


Los jóvenes tienen su propio modo de vestir, su modo de vivir la música, su modo de divertirse y… su modo de hablar. El habla de los jóvenes madrileños va transformándose con el tiempo, y lo que un día fue moderno hoy ya huele a «naftalina». ¿Cuántos jóvenes saben lo que significa «chipén» o a qué se hace referencia cuando te mandan a «que te ondulen»? Los abuelos de hoy lo saben muy bien. ¿Quiénes usan palabras como «demasié», «elepé» o «pegamín»? Probablemente gente bien entradita en años. Pero, ¿cómo es el habla de los jóvenes madrileños de hoy?

En el habla de los jóvenes urbanos de Madrid –y alrededores– se han generalizado rasgos que afectan a su manera de pronunciar, a su gramática, a sus expresiones conversacionales y, por su puesto, a su léxico.

En la pronunciación, los jóvenes madrileños no dudan en intensificar dos rasgos, que de hecho no les son exclusivos: la aspiración de la /s/ final de sílaba y la pérdida de la /d/ cuando va entre vocales.

Pronunciación dispar

En cuanto a la primera, ya se consideran madrileñas pronunciaciones como ejque, (es que) o ajco (asco), que en algunos casos llegan a pronunciarse sencillamente como eje y ajo; incluso no sería extraño oír algo como eje me da ajo (es que me da asco).

En el caso de la caída de la /d/, podría parecer que los jóvenes tienen alergia a las terminaciones en –ado o -ido. Tanto es así que muchas canciones de los últimos años han incorporado la pronunciación carente de /d/ a sus propios títulos: ahí está el archifamoso Corazón partío o el más reciente Que el cielo espere sentao, donde la /d/ ha desapareci(d)o. Y hablando de oír, los jóvenes madrileños se están uniendo incondicionalmente a la tendencia de cambio, muy fuerte en América, por la que los sonidos ya no se oyen, sino que se escuchan.

En los conciertos juveniles, alguien puede gritar sin provocar extrañeza: «¡que no se escucha!» A lo que un cincuentón replicaría: «¡si no escuchas, es porque no atiendes!» En la teoría, «escuchar» exige intención, como «mirar»; sin embargo, «oír» puede ser involuntario, como «ver».

Gramática

La gramática también muestra aspectos interesantes en su uso por parte de la juventud. Como es lógico, los jóvenes madrileños son laístas, como sus padres y sus abuelos, y dicen «la dije» (a ella), «dala» (dinero, por ejemplo) o «cómprala un regalo a la niña». También está progresando el uso de una «s» analógica que se salta a la torera la corrección gramatical, pero que resulta difícil de combatir: «vinistes, vistes y vencistes» es lo que le diría un jovencito Julio César a un colega madrileño. Y ese colega podría responderle con fatal pesimismo mediante un «ya te vale» o con la fórmula adverbial de negación más cotizada de los últimos años: «para nada, Julio César».

Recursos juveniles

Ahora bien, lo que más «mola» del habla de los jóvenes madrileños es su peculiar repertorio de recursos conversacionales para exclamar o admirarse de las mil sorpresas que nos asaltan en la vida cotidiana. Yo «alucino».

Para parecer joven, basta con usar las expresiones correctas en las circunstancias adecuadas: si algo no se entiende, hay que decir «Lo flipo»; si algo llama la atención o resulta curioso, basta con decir «¡Qué canteo!» o «¡Qué pasote!» (estos casos pueden acompañarse del vocativo «chaval» o «chavala»: «¡Qué pasote, chaval!»).

Si algo sorprende por estar muy fuera de lo normal, basta exclamar «¡Pero qué me estás contando!» (que debe pronunciarse marcando las sílabas y nasalizando mucho: pe-ro-qué-mes-tás-con-taaan-do).

Y si algo nos resulta inefable, inenarrable o indescriptible, no hay que romperse la cabeza, porque basta con decir «¡Qué fuerte!», con la posibilidad de repetir el recurso si la ocasión lo merece: «¡Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte!».

De todos modos, no hay que llamarse a engaño porque esta última expresión está teniendo tanto uso que ha empezado a descargarse de fuerza expresiva y a manejarse como simple turno de apoyo al discurso de nuestro interlocutor, por anodino que sea. «- Tía, ayer me fui al cine. – ¡Qué fuerte!». Además siempre existe la posibilidad de acudir al socorrido inglés: «¡Qué heavy!».

Expresiones malsonantes

El terreno de los vocativos también está abonado para que el habla juvenil levante sus linderos: «Tío, tía» ya es un clásico, como ocurre con «tronco, tronca», más recientemente apocopado en un simple «tron».

Ocurre, no obstante, que en este ámbito está ganando terreno el lenguaje malsonante; no es que antes no existiera (¡claro que existía!), es que ahora aparece en circunstancias y en boca de hablantes que antes eran infrecuentes.

Hoy empieza a no ser extraño que una quinceañera madrileña pueda saludar con un «Hola, puta» a su amiga más querida. Y la malsonancia también (¿parece natural?) cuando las chicas jóvenes manifiestan con vehemencia que están «hasta los huevos» o cuando solicitan que no se les «toquen los cojones».

También son característicos del habla juvenil los siempre renovados modos de intensificar: cuando algo gusta mucho, se dice que «mola mazo» o que algo está «mazo (de) bueno»; con este mismo significado de 'mucho' se utiliza «mogollón», palabra que ya va teniendo sus añitos, así que «¡al loro!».

Pero, si hay que intensificar a base de bien, nada hay más contundente que un sonoro «que te cagas»: «tengo un sueño que te cagas»; «ese tío es un borde que te cagas»; incluso (obsérvese la pirueta semántica y disfemística) «me meo que te cagas».

Por último, las formas léxicas funcionan como contraseña que permiten a los jóvenes acceder a un discurso del que no suelen participar los «triciclos» (léase 'viejos') ni los «viejos» (léase 'padres'). La cara no es cara, sino «careto»; la cabeza es «tarro» o «pelota»; llamar beso al beso no es suficiente porque debe distinguirse entre el «pico», que se da en los labios, y el «morreo”, que se da con lengua; las novietas con que ellos salen son las «churris»; las chicas son «pibas», aunque también hay «pibones», y los tontos son «gilís», aunque también los hay «capullos».

En cuanto a los verbos, los jóvenes dicen «papear» para 'comer', «comerse el tarro» para 'darle vueltas a un pensamiento', «encoñarse» para 'enamorarse', «pillar» para 'conseguir algo' y «estar o ir hasta el culo», cuando se tiene algo en exceso, sobre todo si es alcohol en el cuerpo. Habrá quien piense que todo esto está muy mal y que no se entiende nada, pero los jóvenes creen que está «chachi» e incluso «guay», aunque no diría lo mismo un pijo que un macarra. Pero eso ya es otra historia.

El castellano, una lengua en constante evolución por su imparable crecimiento

Más de 400 millones de personas hablan hoy día castellano. Su crecimiento imparable en continentes como el americano han provocado que sea una de las lenguas que más ha evolucionado en los últimos años, debido al contacto con otras lenguas y culturas, como sucede en numerosos países del continente americano con el inglés, llegándose incluso a institucionalizarse el conocido como «spanglish». En ciudades como Los Ángeles, el castellano se moldea en anglicismos con palabras como «vacunear» —de la palabra vaccum que significa aspiradora— en lugar de utilizar la expresión «pasar la aspiradora» o el vocablo «carpeta» —de la palabra inglesa carpet— en lugar de utilizar la palabra «alfombra».

En España, su conservación ha saltado a la palestra de la polémica debido al Manifiesto por la Lengua Común suscrito por un grupo de intelectuales, la mayoría próximos a la formación liderada por Rosa Díez, de Progreso y Democracia (UPyD). Firmado por más de 70.000 personas, esta iniciativa apuesta por defender el papel del castellano en España, frente al impulso dado a otros idiomas desde las administraciones públicas en diversas comunidades autónomas como Cataluña o el País Vasco. El manifiesto, como la evolución de la lengua, ya cuenta con sus defensores y detractores.

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