Noticias del español

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| María Luisa García Moreno
Granma, Cuba,
Abril del 2010

EL ESPAÑOL NUESTRO: PROBLEMÁTICA

Se abusa del término problemática, del latín problematicus, y este del griego. Como adjetivo quiere decir “que presenta dificultades o que causa problemas” y como sustantivo “conjunto de problemas pertenecientes a una ciencia o actividad determinadas”, acepción que, por su sentido de pluralidad, no se corresponde exactamente con problema.


Entre las acepciones de capacidad del latín capacitas, -atis, se halla «propiedad de una cosa de contener otras dentro de ciertos límites»; sin embargo, esa capacidad no es contable, por tanto no debe decirse que un local, por ejemplo, tiene capacidad para tantas personas sino que tiene tantos asientos, pues los asientos (o espacios) sí son contables.

Se escriben con inicial minúscula los nombres de las partes y órganos del cuerpo; de los días, meses y estaciones del año; de los vientos; de las monedas; los tratamientos, cuando se usan con todas las letras, tanto solos como junto al nombre —don, señora—; los gentilicios y nombres de razas, tribus o culturas; los nombres de oficios y profesiones, de cargos y de títulos, dignidades y grados militares; de las formaciones socioeconómicas; de los movimientos artísticos y estilos arquitectónicos; de los puntos cardinales; de los períodos o estratos geológicos y de las eras; los nombres geográficos comunes —río, cayo, punta—; los acrónimos y siglas que han sido lexicalizados —sida, láser—; la palabra premio —premio Nobel, premio Casa de las Américas— cuando no forma parte del nombre de este. También se escribe con inicial minúscula la frase patrimonio de la humanidad.

Muchas veces se oye decir «El delegado electo…»; sin embargo, esa frase es errónea, pues electo es «persona elegida o nombrada para una dignidad, cargo, empleo, etc., mientras no toma posesión». Cuando esto ya ha ocurrido, basta con decir el cargo: El delegado del Poder Popular…

El verbo elegir tiene dos participios —unos 70 verbos presentan esta situación—: uno regular, que funciona fundamentalmente como verbo —no es error emplearlo como adjetivo (el candidato elegido)— y otro irregular que funciona solo como adjetivo.

Las escalas de Richter y Mercalli se utilizan respectivamente para medir la magnitud o energía y la intensidad de los terremotos. La primera mide, en términos matemáticos, la energía de un temblor en su centro o foco y se expresa en números arábigos, muchas veces fraccionarios. Debe su nombre a Charles Francis Richter (1900-1985), sismólogo estadounidense, que, junto con el germano-norteamericano Beno Gutenberg, la creó. La escala de Mercalli evalúa los efectos destructivos del sismo en función de observaciones humanas —es más subjetiva, pues depende de la distancia a la que se encuentra el observador con respecto al epicentro— y varía del I al XII. No es correcto hablar de 8,8 grados de intensidad, sino de 8,8 grados en la escala Richter, lo cual implica magnitud.

El nombre del elemento químico de número atómico 30 puede escribirse indistintamente cinc o zinc. Aunque se prefiere la primera, la segunda se acerca más a la etimología. Se deriva del francés zinc y este del alemán zink, tal vez relacionado con zinke, «puntas» en referencia al aspecto con filos dentados del mineral. Según el María Moliner, entre los nombres por los que se le conoce se halla blenda, del alemán blender, que significa «engañar». Según el Panhispánico, su plural es cincs o zincs.

El término etario, -a, derivado del latín aetas, «edad» quiere decir «perteneciente o relativo a la edad» y «de una determinada edad». El Panhispánico precisa que es incorrecta la forma etáreo.

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