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EL CHILENO Y LAS MALAS PALABRAS

Nicolás Rojas Inostroza
diario.elmercurio.com, Chile
Domingo, 17 de enero del 2010

Lenguaje. Palabras disonantes, ofensivas, blasfemas


El término «malas palabras» puede despertar diversas percepciones en el lector. Probablemente imaginará palabrotas, groserías y obscenidades. Pero los vocablos, por real y académico dictamen, son inocentes. La culpabilidad recae en la inevitable expresividad de los simples mortales.


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«La incorrecion con que en Chile se habla i escribe la lengua española es un mal tan jeneralmente reconocido como justamente deplorado». Así principiaba el Diccionario de Chilenismos escrito por Zorobabel Rodríguez en 1875, una de las primeras investigaciones en torno a los vocablos locales.

La historia consigna malas palabras desde tiempos pretéritos. Mencionar nombres de dioses, reyes, sacerdotes o difuntos podía llegar a costar muy caro en algunas culturas. Los castigos oscilaban desde la prisión, en el reino de Siam, hasta la pena de muerte entre los guajiros de Colombia.

Por la boca muere el pez

Hace 30 años que Héctor Velis-Meza habita un departamento a un costado del Cerro Santa Lucía. El lugar es tan amplio que sus tres gatos pasan casi inadvertidos, a diferencia de las trescientas representaciones de felinos que adornan su vivienda. Este periodista de la Universidad de Chile se reconoce trabajólico, amante de la literatura, las noches, el vino, la música clásica y el jazz. Al cumplir 60 años, con 25 libros publicados, decidió exteriorizar su lado B del interés por el origen de los vocablos escribiendo una obra con portada curiosa: Malas palabras con historia (Cerro Huelén, 2009).

La predilección de Velis-Meza por el origen e historia de las palabras se inició al leer en un libro que el término testamento derivaba de testículo. El texto consignaba que los romanos al declarar ante un juez lo hacían de pie con la mano derecha sobre los testículos. Era la forma de jurar por su virilidad que lo afirmado era cierto. Ese hallazgo despertó la «furia de empezar a buscar» del periodista que odia la palabra trabajo. Los métodos para hallar el origen son diversos: van desde analizar extensas bibliografías hasta interrogar a sus alumnos en clase. El autor de Malas palabras con historia, profesor en las universidades Central y Uniacc, advierte que hay dos actos en la vida de los que no sirve arrepentirse: tirar una piedra a un ventanal o cuestionarse el uso de una palabra que ya ha salido de la boca. El escritor Robert Burton advirtió que «una palabra hiere más profundamente que una espada».

«A mí no me gusta explicarle a una persona qué significa una palabra; me gusta contarle de dónde salió», señala el académico que tiene facebook, blog y twitter con más de tres mil seguidores. ¿Cuáles son las malas palabras? Preguntó mediante estos instrumentos y así nació el texto que incluye la historia de vocablos tan diversos como alcahuete, burocracia, caca, cesantía, cínico, colusión, cornudo, chaquetero, desmán, estafar, huevón, macabeo, maraca, moco, palurdo, pedo, poto, picante, suche, tortura, usura o zángano.

«El lenguaje, como la música, tiene que tener armonía». Hablar bien, dice el periodista, es como ir conduciendo por una autopista, pero el usar alguna palabra inadecuada es desviarse por un camino de tierra. Velis-Meza recuerda con humor el testimonio del lingüista Hiram Vivanco publicado en «El Mercurio» en 2004. La hija adolescente del profesor hablaba por teléfono con una amiga sobre la llegada del verano y la conveniencia de depilarse. Vivanco alcanzó a escuchar: «Anda donde la Juanita, porque ahí depilan la raja». El padre se horrorizó al interpretar la palabra como un sustantivo y no como un adjetivo.

El término «mojón» ha sido distorsionado de su acepción original, derivada del vocablo latino mútulo, que significa montón. «Un mojón, desde siempre ha sido una indicación permanente que se instala en caminos y poblados para que sirva de orientación a los viajantes. Igualmente se emplea con el fin de determinar deslindes y límites en las fronteras», explica el texto. El significado comúnmente utilizado en Chile ya es conocido.

A juicio de Velis-Meza, hay palabras malas por partida doble. Éstas no sólo desagradan por lo que significan, sino también por su sonoridad, como gargajo (flema) o buitrear (vomitar).

La esquiva historia

Sobre el desarrollo o evolución de las malas palabras en Chile, Abelardo San Martín, director del Departamento de Lingüística de la Universidad de Chile, reconoce que hay muy poca información básicamente porque en la Colonia sólo la escritura perpetuaba las palabras. Hay muchos vocablos que nacieron y murieron en la oralidad. Sobre la disposición de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), el académico reconoce un avance importante con el pasar de los siglos: «Ha vivido una feliz evolución, desde una academia censora, más relacionada con la cultura literaria clásica. Incluso en el pasado clérigos ejercían el rol de censores lingüísticos (…) La Academia prohibía las expresiones soeces, desprestigiadas. Actualmente acepta estas expresiones, las estudia y las reconoce como palabras que existen».

Los expertos coinciden en un aspecto: las palabras creativas son las que perduran. «No quiero generalizar, porque esto tiene que darse en todas las culturas y lenguajes, pero el humorismo, el aspecto expresivo-emotivo en el lenguaje es muy propio de Chile», señala el lingüista que recibió el Premio Rodolfo Oroz de la Academia Chilena de la Lengua por una investigación en torno al lenguaje empleado en el diario La Cuarta. San Martín, curiosa casualidad, puntualiza que el español popular de Chile le debe mucho al lunfardo argentino.

Desde Valdivia, Claudio Wagner, doctor en lingüística y miembro de la Sociedad Chilena de Lingüística, trabaja en un interesante proyecto desde 1997. Se trata del Atlas Lingüístico de Chile, que recogerá encuestas realizadas en 216 localidades del país y lugares fronterizos. El cuestionario incluyó 1.650 preguntas sobre la denominación de diversos términos. Esta iniciativa es pionera en la historia de Chile, y será la fotografía de cómo hablamos de norte a sur. El ex profesor espera publicar los dos primeros volúmenes —de un total de cinco— en el primer semestre de 2010.

«Aunque la gente haga variar su lenguaje para entenderse con el otro, normalmente uno hace caso omiso de esas diferencias y son muy pocas las que uno acepta como innovación, las que se incorporan son aquellas que a uno le agradan, aquellas en que uno ve que hay una voz expresiva (…) En un 98% de los casos, no hacemos caso de lo que el otro dice como diferencia con nuestra lengua y solamente en un 2% aceptamos innovaciones de otros y las asumimos como propias. En la medida en que muchos hagan lo mismo, tales o cuales palabras se harán comunes», señala Wagner con calma al otro lado del teléfono.

Naturales del comodín

«El lenguaje se ha empobrecido; entonces las malas palabras se están usando como comodines», sentencia Héctor Velis-Meza. Consultado, al igual que diez expertos, sobre la evolución de las malas palabras en Chile, no recuerda ninguna investigación específica de estas mutaciones. Un dato interesante: el número de chilenismos en el Diccionario de la RAE bordea los 2000.

«Hoy día somos más naturales», afirma el periodista. Pero la naturalidad ha empobrecido el lenguaje. «En promedio, los chilenos usan sólo 800 palabras de las más de 80 000 entradas que posee el diccionario; estamos al borde del analfabetismo», finaliza, con buenas palabras, desde su sillón.

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