Noticias del español

| Álex Grijelmo (El País.com, España)

La metáfora mal entendida

La eficacia de ese recurso expresivo requiere la colaboración de quien recibe el mensaje.

Llamamos «metáfora» a un recurso del lenguaje mediante el cual vaciamos una expresión de su significado común para dotarla de un sentido abstracto, figurado. Por ejemplo, si decimos «tiene la boca de fresa» sabemos de inmediato que esas palabras no pueden implicar un significado literal, pues la boca es de carne y no de frutos del bosque. Al oír esa expresión, advertimos en cuestión de milisegundos la incongruencia del significado, y buscamos enseguida el sentido imaginario para conectar los valores de la fresa con la imagen de la boca. Así funcionan por lo general las metáforas.

Hemos escuchado hace poco: «El esfuerzo del Atlético ganó el partido». Estamos ante otra metáfora, pues el esfuerzo solo no gana nada. Ahora bien, ayuda a que se marquen los goles necesarios. Y al expresar la idea así, silenciamos unas cuantas palabras para concentrar el mensaje y lograr un énfasis que el enunciado plano no ofrecía; del mismo modo que no decimos «tiene una boca cuya textura imagino igual a la de una fresa» sino «tiene una boca de fresa».

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