Noticias del español

| Héctor Abad Faciolince.

En román paladino

Texto completo de la conferencia inaugural del X Seminario Internacional de Lengua y Periodismo.

Quiero fer una prosa en román paladino
en el qual suele el pueblo fablar a su veçino…
Gonzalo de Berceo
(Vida de Santo Domingo de Silos, 1)

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Así como en Gran Bretaña se alude al «inglés de la Reina» como un modelo a seguir, supongo que también en España se hable de «el español de la Reina», como ejemplo de buen uso y dicción, y no solo por su alta investidura, sino por haber recibido el premio Mariano José de Larra a la mejor periodista joven de España. Es por lo anterior (y por las hondas resonancias que tiene divagar sobre la lengua en este célebre monasterio de Yuso) que para un hispanohablante de una de las más remotas regiones de lo que fuera el Imperio español, Antioquia, resulta algo intimidante hablar frente a ella, frente a usted, Señora, y frente a todos ustedes, filólogos, académicos, periodistas, que son sin duda expertos en la lengua que hablamos, y seguramente mucho más sabios que yo en su uso, en su corrección, en su gracia y en su belleza.

Comparto, sin embargo, con algunos lingüistas muy poco normativos, una profunda convicción: todo hablante nativo, si no se azara ni se intimida, si no dedica demasiada introspección a su forma de hablar, si se expresa espontáneamente en la lengua de sus amigos, hablará siempre bien. Es por esto que voy a intentar pensar en lo que digo, pero no en cómo lo estoy diciendo. El habla debe ser algo espontáneo, como el caminar; y la escritura, por muy elaborada que sea, debe ser suelta y ligera, como la danza en un buen bailarín. El asunto es que incluso aquellos que mejor caminan o bailan, si se ponen a pensar mucho en cómo mueven las piernas para andar o bailar, «se les daña el caminao», como decimos en Colombia. O bien, si están bailando e intentan hacer conscientes sus movimientos, pierden el compás en los pasos del baile.

Abad

Así, pues, que intentaré que no se me dañe el hablado, hablándoles sin adornos ni maquillaje, tal como me van brotando de la mente las palabras. Casi todos los niños caminan a los doce meses y hablan bien a los tres años. Por esto creo que hablar es como caminar (algo natural, algo innato que todos aprendemos a hacer bastante bien), y escribir es como bailar (algo que no es natural, es cierto, y que no todos sabemos hacer bien, pero que se vuelve casi natural si leemos mucho, si tenemos algún talento y lo entrenamos bastante, y sobre todo si lo ensayamos con devoción hasta que se vuelve casi inconsciente.

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Una de las más extraordinarias conquistas culturales de España fue haber mantenido la unidad y la comprensión de nuestra lengua a las dos orillas del Océano Atlántico, e incluso a lo largo de casi toda la orilla occidental del Océano Pacífico, desde California hasta la Patagonia. Se requiere un gran poder de cohesión, una inmensa fuerza de convicción, (e incluso un ejército arbitrario y una Iglesia compacta), para que las fuerzas centrífugas de la lengua no hayan derivado en Américahacia dialectos distintos, que habrían sido seguramente hermosos cada uno a su manera, pero incomprensibles como vehículo de comunicación entre naciones y pueblos diferentes.

A principios del siglo XIX, con la Independencia de la mayoría de los estados americanos, (con la irrupción de otros ejércitos y de otras ideologías) nuestra lengua corrió el riesgo más grave de su asombrosa historia: perder la unidad, perder la capacidad de ser el vehículo ideal de comprensión entre muy distintos países. Hubo separatistas no solo políticos sino también separatistas lingüísticos en nuestras naciones hispanoamericanas, y si se hubiera impuesto esa tendencia resentida de aversión y odio a la supuestamente opresiva lengua de los conquistadores, si se hubiera impuesto una ortografía local, un «idioma nacional», como decían algunos argentinos, probablemente yo no estaría hoy hablándoles «en román paladino», o quizá lo estaría haciendo, pero con audífonos y traducción simultánea.

Nuestra emancipación política, sostenían algunos radicales, debería pasar por una reforma ortográfica y gramatical: si nosotros seseábamos siempre, y no distinguíamos el sonido de la S y la Z, podíamos jubilar para siempre esta última letra; si aspirábamos algunas eses finales, como los andaluces y los canarios, debíamos escribir «loj andaluce» (con jota) y no «los andaluces» (con todas las eses escritas, así no las pronunciáramos); tal vez en el Caribe, también, deberíamos entonces escribir «vienne» (con ene geminada) en vez de viernes, y escribir con la misma ortografía el pretérito indefinido de los verbos caerse y callarse (cayó, calló) ya que no distinguíamos su pronunciación. Y si la segunda persona del plural solo la usaban los obispos en sus homilías dominicales, también podíamos desterrar para siempre la enseñanza de la difícil conjugación del «vosotros» en todos los verbos. Recuerdo que en la escuela, a los 9 años, conjugar el pretérito imperfecto del verbo «enjalbegar», en la segunda persona del plural, era algo tan extraño y tan difícil como aprenderse de memoria la tabla del siete. Y hasta más, porque uno ni siquiera sabía que «enjalbegar» era lo que solíamos hacer en vacaciones de pascua: blanquear con cal las paredes de la casa.

Antes de la llegada de la globalización, que vino como un abono a fertilizar la unidad de las distintas variedades del español (al obligarnos a oírlas, conocerlas y entenderlas por los medios masivos), el trabajo de mantener la unidad y comprensión entre nosotros lo hicieron algunos notables gramáticos y lexicógrafos (pienso sobre todo en Rufino José Cuervo y en Andrés Bello), y muchos poetas, novelistas, académicos, periodistas y escritores. Antes del correo electrónico fue también la correspondencia asidua entre los eruditos de España y América, el intercambio de revistas, libros y periódicos, el amoroso contacto entre lectores y corresponsales, lo que consiguió que nuestras formas de hablar y de escribir siguieran siendo muy parecidas y, con un mínimo esfuerzo generoso, casi perfectamente comprensibles. La unidad se consiguió en la República de las Letras.

No hablo árabe, pero sé que esto no ocurrió en el mundo de la lengua arábiga y que cuando un marroquí, un egipcio y un saudita intentan conversar en su árabe materno, no se entienden entre ellos. Lo mismo ocurre con los dialectos italianos: un sardo, un napolitano y un piamontés difícilmente se comprenden si hablan en la lengua de su casa. Ustedes, en cambio, entenderían y gozarían con la forma de hablar de un campesino antioqueño, tanto como disfruto yo cuando oigo hablar a un cabrero de Palencia, y digo de Palencia, y cabrero, porque al parecer de allí salió el pastor de rebaños que llevó mi apellido a Colombia, hace casi tres siglos.

Quizá hubo también un efecto colateral inesperado, fruto del esfuerzo disociador de los mismos defensores de una actitud separatista. En época romántica y nacionalista, los autonomistas de la lengua defendieron el uso de las expresiones más auténticas del pueblo raso. Y resulta que es en entre los campesinos, los artesanos y los peones, donde con más vigor se conserva la hondura castiza de la lengua, su uso más arraigado y auténtico. Son los más ilustrados quienes más se contaminan de inglés, francés u otras lenguas, mientras que el pueblo raso —nada afectado— conserva las formas más genuinas y afines al español llegado de la península. Los Sancho Panzas de América (que al no saber latines, ni francés ni inglés jamás usaron un latinajo, ni un galicismo ni un anglicismo) les hicieron saber, sin quererlo, a los separatistas, que nuestra lengua inconsciente y profunda era el castellano.

Paradójicamente el llamado romántico a lo autóctono y popular contribuyó más a la conservación de la unidad de la lengua que si se hubiera seguido la norma de los líderes políticos afrancesados. Los gauchos del Martín Fierro, los campesinos del costumbrista Tomás Carrasquilla o del lacónico Juan Rulfo, hablan de una manera más arraigada en la lengua profunda que los separatistas de los supuestos «idiomas nacionales». Estoy de acuerdo en que cuando un campesino antioqueño dice «aujualá» en vez de «ojalá», o cuando dice home en lugar de «hombre», no está usando el castellano canónico; pero al decir «aujualá» y home nos está enseñando mucho sobre la evolución de nuestra lengua, y sobre la forma en que progresivamente una palabra árabe o latina se iba adaptando a la forma de hablar de nuestros días. Un campesino antioqueño jamás le diría «vvaca» (con pronunciación labiodental) a la vaca que ordeña, ni «cabballo» (con pronunciación labial) al caballo que monta, sino que los pronuncia con la misma B borrosa aunque se escriban con uve y con be.

Alguien dijo que fue en América donde la lengua castellana —en una de cuyas cunas probables estamos reunidos—, se convirtió en el idioma español, pues fue allá donde esta lingua franca unió y permitió comunicarse a vascos, catalanes, gallegos, portugueses, a africanos esclavizados de cientos de pueblos y lenguas diferentes, y a indígenas americanos, también ellos de muy distintas civilizaciones, idiomas y culturas. Esta hermosa lengua, la que dignificaron Berceo, Garcilaso, Manrique, Lope, Cervantes y Quevedo, es la que nos ha dado una manera eficaz de traducir en palabras los más disímiles pensamientos y sensaciones.

En la segunda mitad del siglo XX América pudo pagarle a España, con mucho retraso pero con buenos intereses, esas viejas deudas literarias que contrajimos con ustedes hace cuatro siglos. A la España franquista llegó la nueva literatura latinoamericana como una brisa fresca que los liberó de un casticismo encorsetado e impuesto por jerarcas tristes, amargos y amodorrados. Los nuevos aires llegaron de la mano de Jorge Luis Borges, de sus cuentos llenos de ingenio e imaginación, e incluso a través de sus mismas polémicas con algunos filólogos normativos españoles que pensaban que el español en América se iba a convertir en un dialecto aparte. A esos puristas asustadizos les endilgó que, en general, los peninsulares no hablaban mejor el español que nosotros, aunque sí «en voz más alta, con el aplomo de quienes ignoran la duda». Y añadía, para ahondar en la polémica: «se nos imputa arcaísmo. Su método es curioso: descubren que las personas más cultas de San Mamed de Puga, en Orense, han olvidado tal o cual acepción de tal o cual palabra; inmediatamente resuelven que los argentinos deben olvidarla también». Para mí, no hablan mejor ustedes ni hablamos mejor nosotros: hablamos distinto y hay mucha belleza en las formas de expresarnos de las dos orillas.

Para saldar la deuda también vinieron las obras de Cortázar, Vargas Llosa, Rulfo, Octavio Paz, y Gabriel García Márquez. Sobre este último me gustaría recordar aquí que cuando se publicó en España su segunda novela, La mala hora, en 1962, en pleno régimen franquista, los editores locales tenían todavía la arrogante costumbre de corregir nuestros localismos y peculiaridades léxicas. Es por esto que en la edición mexicana, editada unos años después, García Márquez antepuso la siguiente nota: «En España un corrector de pruebas se permitió cambiar ciertos términos y almidonar el estilo en nombre de la pureza del lenguaje. En esta ocasión, a su vez, el autor se ha permitido restituir las incorrecciones idiomáticas y las barbaridades estilísticas, en nombre de su soberana y arbitraria voluntad».

En los apuntes citados de esos amenos ironistas que fueron Borges y García Márquez se puede notar lo que los escritores de América Latina le aportaron a una España amedrentada por la tiranía: desparpajo, insolencia, independencia frente a los argumentos de autoridad. Solo les faltó decir: hablen ustedes como quieran, y déjennos hablar y escribir como nos dé la gana. Esto no es defender la ley de la selva, sino proteger —como en el mundo animal— la diferencia de géneros dentro de una misma especie.

Y medio siglo antes de la llegada de los novelistas y cuentistas, se habían anticipado ya los poetas hispanoamericanos, que en materia literaria son siempre las primeras golondrinas. Fueron ellos quienes, también en España, ayudaron a renovar la lengua y la manera de expresarse y sentir, en particular con la inmensa influencia de Rubén Darío, pero también de otros modernistas como José Asunción Silva, Ramón López Velarde y Leopoldo Lugones, y, más tarde, de vanguardistas como César Vallejo, León de Greiff y Vicente Huidobro.

3
Aunque soy todo menos un experto, me temo que debo anotar algo sobre el tema de este encuentro, los «Manuales de estilo periodísticos». Estos no son inútiles; nuestra lengua está llena de insidias, trampas, zancadillas, y al redactar uno siempre duda si poner las comillas antes o después del punto, o si escribir con mayúsculas o minúsculas el «a.m. y el «p.m. de ante y post meridiano, o si el plural de colibrí es colibrís o colibríes. Conviene que en un mismo periódico, en un portal de noticias o en un blog, este criterio no cambie en cada página, y que en la primera no escribamos Irak con k y en la quinta Iraq con q.

A la hora de hablar o de escribir, todos tenemos simpatías, antipatías y prejuicios lingüísticos. Estos son tan caprichosos como los antojos en las embarazadas: raros e inmotivados. Pero debemos ser tolerantes y curiosos con las manías ajenas, y ponernos de acuerdo, para que sea más fácil leernos y comprendernos entre los distintos y distantes usuarios de este mismo idioma. La unidad no es un asunto de imperio, sino de claridad y de comodidad de lectura. A mí me encanta, por las calles de España, ir cosechando frases que oigo al pasar, parando oreja de un modo indiscreto: siempre hallo gracejo en lo que dice la gente que anda por ahí.

En cambio de la variedad del español colombiano —que no es el mejor de América ni de ninguna parte— lo que más me molesta es la hipercorrección. Decía al empezar que a los buenos hablantes, si vigilan su manera de hablar, se les daña el caminao. En vez de la palabra corriente usan alguna rebuscada, con alguna relación de contigüidad semántica, pero que nunca es lo mismo. Les doy algunos ejemplos: en vez de pedir la cuenta con el simple verbo dar («¿me da la cuenta?»), muchos colombianos dicen «¿Me regala la cuenta?». Y en lugar del verbo poner les ha dado por usar el verbo colocar, y cada día dicen más poseer que el sencillo tener, ni emplean entrar, sino otro verbo que les suena más fino: ingresar. ¿Habrá algo más cursi que decir «poseo problemas»? Del mismo tipo es la confusión, cada vez más frecuente, entre los verbos oír y escuchar, pues se usa este último como si fuera el de la percepción involuntaria, el sentido del oído, y no el deliberado acto de prestar atención. Ejemplo: «¿Escuchaste el trueno?». Una frase así, en mi caso, desbarataría un proyecto de amor o de amistad.

Decía antes que la globalización era un bálsamo de unidad: desgraciadamente es también un vector muy eficiente para difundir con gran celeridad epidemias idiomáticas. Si antes los Sancho Panzas no oían anglicismos, ahora viven oyéndolos por radio y televisión, y ya hasta a las montañas más lejanas han llegado pestilencias y llagas, al menos para un oído quisquilloso como el mío. Los niños colombianos, que ven televisión doblada en México, ya no usan la clara y pertinente doble negación de nuestra lengua, que no respeta la lógica formal, pero sí la del idioma: en vez del clarísimo «No he visto a nadie», dicen: «no he visto a alguien»; y eso, para mí, es un tonto calco del inglés, o una deformación causada por el miedo, por la hipercorrección o por meditaciones de lógica formal que nada tiene que ver con el espíritu de claridad de la lengua. También los niños están dejando de usar el verbo escoger, cuya terminación les suena vulgar en México, y ahora no «escogen» la camisa que se van a poner, sino que la «eligen», como si fuera un alcalde o un concejal. Y algo peor, no se ponen los zapatos, sino que se los colocan, y esa cacofonía, al menos en mí, produce escalofríos. Pero, repito, estos son más prejuicios que buenas razones. Al final la mayoría impondrá su forma de entenderse con claridad, y tendrá siempre razón.

Alguna vez Ernesto Sábato, que solía decir cosas muy llamativas que parecían ciertas, pero al final —bien pensadas— no eran más que fuegos de artificio, dijo que el español de España y el americano tenían que ser distintos pues cuando nosotros decíamos «montaña» estábamos pensando en los gigantescos nevados de los Andes, y ustedes en la Sierra de Guadarrama, y que cuando decíamos «río» pensábamos en el Amazonas o en el Río de la Plata y ustedes en el Manzanares o en el Guadalquivir, o algo así. Y también que la palabra nostalgia (‘dolor de la lejanía’) era distinta para quienes añoran el Mediterráneo o el Caribe. Esto suena bien, pero no es cierto. O es cierto de un modo general y absoluto, incluso entre vecinos. Todos tenemos un árbol y una casa que son nuestro árbol y nuestra casa, y eso no nos impide entender el árbol, la casa y la nostalgia ajena. Alberto Caeiro, el más grande de los heterónimos de Pessoa, escribió una vez estos versos sencillos:

«El Tajo es más bello que el río que corre por mi aldea,
pero el Tajo no es más bello que el río que corre por mi aldea
porque el Tajo no es el río que corre por mi aldea».
Cuando yo digo la hermosa palabra «hija», que en tiempos de la construcción del monasterio de Suso se decía «fija», quizá porque es una de esas cosas que se fijan para siempre en el corazón, la hermosa palabra hija, para mí, tiene el rostro de un nombre particular: Daniela. Para usted, Majestad, debe de tener el rostro de Leonor y de Sofía. Y sé que usted no se ofende si le digo que aunque Leonor y Sofía sean más grandes y hermosas que mi hija, así como el río Tajo es más bello que el río Medellín, de todas maneras siempre la palabra hija, en mí, será Daniela, y en usted serán Sofía y Leonor. Así somos y así nos entendemos. Es una paradoja verdadera: somos iguales, o al menos parecidos, precisamente porque somos distintos. Aunque la palabra «madre» (y me perdonan esta digresión edípica) se llene para cada uno de nosotros con un rostro y con un nombre diferente, todos podemos imaginar, sentir, lo que el otro siente y las evocaciones que llena esa palabra querida. Así mismo nuestras variedades del español, nuestras peculiaridades típicas, son dignas y hermosas, porque son genuinamente nuestras. Y en lo auténtico y en lo genuino nos vamos a entender siempre.

A quienes van a discutir aquí sobre el tema de lo que debe incluirse o no en un manual de estilo, o incluso sobre si deben o no existir estos manuales, les sugiero, humildemente, para terminar, que siempre piensen en la belleza de la diferencia, y en lo necesario que es ponerse en la situación del otro, para entender por qué lo hace de otra manera, y por qué para él el pequeño riachuelo de su aldea es tan importante y tan amado como el río Tajo. Por qué sus palabras locales huracán, canoa, cacao, tomate, mango, guanábana, y también: alcornoque, olivo, carabela, suso, yuso, enjalbegabais, nos resultan a todos, a cada uno a su manera, bellas y entrañables. No sé si ustedes estarán de acuerdo, pero a mí me parece un poco antipático controlar cómo se peina, cómo se viste, cómo come, cómo habla y cómo escribe la gente. Sin embargo, uno no puede ni vestirse ni comer ni hablar como le dé la gana siempre y en todo lugar. Solo lo puede hacer hablando solo, estando solo, comiendo solo. Y como no vivimos solos casi nunca, y como escribimos para otros, existen estos manuales que, sin embargo, creo que no deberían ser de etiqueta gramatical, sino más bien de higiene lingüística, es decir, de claridad, porque la lengua es un medio de diálogo y de comprensión.

Un manual de estilo no es un catecismo de mojigatería idiomática, sino que debería ser una especie de un botiquín de primeros auxilios para la precisión y la claridad; más que policías gramaticales o celadores del lenguaje, más que inquisidores de la pureza, los manuales de estilo deben ayudarnos a ser sencillos y claros, y no mediante normas férreas para imponer lo tradicional o excluir la novedad, sino entregando generosas herramientas de entendimiento y ayuda mutua.

Algo que a los americanos nos extraña mucho es que los españoles, cuando se despiden, cuando se van, dicen venga. Así que venga, me despido. Muchas gracias.

 

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