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| María Luisa García Moreno (revista Educación,  Cuba, enero-abril del 2015)

¿De dónde viene? Valores… el ser humano que queremos formar

La noción del bien y el mal aparece ya en el diccionario de la lengua publicado en 1495, por Elio Antonio de Nebrija (1441-1522) —humanista y gramático español, cuyo verdadero nombre era Antonio Martínez de Cala y Jarava—.

Hoy esa noción, en términos pedagógicos y educativos, se concreta en el término valor —o mejor aún, valores, así en plural—, surgido alrededor de 1140, procedente del latín tardío valor, -ōris, derivado de valer y relacionado con otros términos, como evaluar, que en su momento trataremos.

De las varias acepciones de valor recogidas en el Diccionario de la Real Academia Española, algunas se asocian con realidades concretas —como precio— o con la cualidad o virtud que comúnmente denominamos valentía. Una de ellas, que aparece bajo el concepto de filosófica, se refiere a la «cualidad que poseen algunas realidades, consideradas bienes, por lo cual son estimables» y precisa que «los valores tienen polaridad en cuanto son positivos o negativos, y jerarquía en cuanto son superiores o inferiores». Como bien puede apreciarse, ni siquiera esa definición «filosófica» se ajusta a lo que los pedagogos llamamos valores; aunque resulta válido con respecto a nuestros intereses educativos lo referente a la polaridad: de la misma forma en que se habla de valores, hoy se habla también de antivalores.

Según define Orlando Ferrer Hechavarría, en su libro Ética desplegada. Glosario, el valor ‘es la expresión más concreta del bien moral’; por ello, «orienta y motiva la conducta». Puede afirmarse que los valores «recogen el juicio, la opinión y la valoración positiva y anticipada que tienen las colectividades humanas en torno a los fenómenos de conducta y conciencia».1

Es por eso que para los docentes constituyen referentes para juzgar la actuación de sus educandos; pero, sobre todo, metas de las cualidades que debemos formar o desarrollar en ellos. Según Romano Guardini, son «[…] resortes sociales ponderados, defendidos, deseados, buscados y considerados importantes por toda la sociedad, por una parte de esta o por grupos de individuos que, de hecho, operan como reguladores del comportamiento del sujeto».2

De acuerdo con los principios de nuestra sociedad, constituyen valores esenciales la honestidad, la honradez, la generosidad, la solidaridad, la tolerancia y la sinceridad o veracidad, entre otros muchos; pero no podemos olvidar que las normas de conducta social, eso que llamamos educación formal o normas de cortesía conforman también importantes valores. Según Orlando Ferrer, «[…] la cortesía es para las relaciones humanas como los condimentos con los que se aderezan y se hacen magníficos hasta los más comunes alimentos»;3 de ahí su importancia para la convivencia ciudadana. En este importante valor moral debemos continuar trabajando.

Notas

  1. Ferrer Hechavarría:  Ética desplegada. Glosario, Editorial José Martí, La Habana, 2010, p. 175.
  2. Guardini: Ética, Editorial Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2000, p. 26.
  3. Ferrer Hechavarría:  Ob. cit., p. 43.

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