Noticias del español

| |

| Nohemí Vargas Anaya
cambiodemichoacan.com.mx, México
Lunes, 3 de marzo del 2008

¿SEÑORITA Y SEÑORITO?

A propósito de que marzo inicia con una intensa fragancia que renueva los derechos de las mujeres (y las niñas), nos preguntamos si las campañas mediáticas que promueven la igualdad son en verdad tan reiterativas y nos parecen hasta necias, o siguen presentes porque en los hechos hemos avanzado muy poco. ¿Qué diría usted?


Hace ya dos años, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) presentó el documento «10 criterios básicos para eliminar el lenguaje sexista en la administración pública federal», como instrumento para erradicar una práctica que promueve la exclusión de género. En aquel entonces, el titular del Conapred, Gilberto Rincón, insistía acertadamente en el hecho de que la discriminación empieza por el lenguaje, y que —por ejemplo— el uso de lenguaje sexista no es sólo una violación a los derechos humanos de las mujeres —que son mayoría poblacional en México y en el mundo— sino un agravio al principio democrático que da prioridad a las mayorías en la toma de decisiones.

El documento en mención cuestiona, entre otras prácticas, el uso de los tratamientos de cortesía, como los términos «señorita» o «señora», que se aplican a una mujer soltera o casada, mientras que para el hombre el tratamiento de «señor» es independiente de su estado civil y no existe el término equivalente «señorito».

Así pues, entre los criterios recomendados por ese documento para erradicar el lenguaje sexista destacan la mención de ambos géneros, por ejemplo, «usuarias y usuarios», en vez de sólo «usuarios»; o aplicar genéricos universales como «la humanidad» o «el pueblo mexicano», en lugar de «el hombre»; la utilización de abstractos, como «jefaturas de departamento» en sustitución de «jefes de departamento»; «el personal secretarial» en lugar de «las secretarias».

Y bien, estando en pleno 2008 basta una mirada a notas periodísticas, libros de texto, discursos políticos, anuncios publicitarios, leyes, títulos universitarios, entre otros, para darnos cuenta de que no sólo los gobiernos incumplen el principio de la equidad, sino la mayoría de los sectores con injerencia en el discurso dominante, que permea en las personas comunes como usted y yo, que nutrimos el círculo de reforzamiento que se transmite a las generaciones nuevas.

¿Por qué es tan importante el lenguaje? Múltiples especialistas podrían responder de manera acertada y contundente, pero por el momento baste decir que el lenguaje es el punto de partida que nos distingue como personas, que formula acuerdos entre los miembros de la sociedad, que construye gran parte de las culturas… y que también funge como arma discriminatoria para subrayar a quiénes son o somos «más iguales» que el resto.

Según Héctor Islas Azaïs (2005), filósofo de la UNAM y especialista en lenguaje, aprendemos a nombrar cosas y personas a partir de nuestro entorno; al mismo tiempo, integramos prejuicios, matices despectivos y atribuciones arbitrarias en contra de grupos históricamente vulnerados (indígenas, discapacitados, mujeres, homosexuales, judíos, personas del servicio doméstico y un largo etcétera), pero también el lenguaje, o más correctamente la ausencia de ciertas palabras, vuelve invisible a cierto grupo o algunas de sus características, como el acostumbrado uso de «arquitecto Fabiola» o «Raquel es abogado».

Por ello, no es ocioso insistir a quienes se empeñan en usar el lenguaje «neutro» (o sea, masculino), en la importancia de transformar nuestras referencias hacia construcciones verbales incluyentes. El ejemplo más claro sería preguntar qué les parecería una generalización como: «arquitecta Vicente» o «Ernesto es abogada». De esa dimensión es el agravio, o como dice Islas: «No es difícil ver que las disputas en torno a cómo debemos llamar las cosas muy pronto derivan en una discusión sobre qué aspectos de la realidad deseamos destacar, cuáles nos parecen más importantes o dignos de respeto».

Pero quizá lo más interesante y deplorable en cuanto al lenguaje de género, es la triple discriminación que lingüísticamente se comete. Según Islas, en términos generales podemos clasificar el lenguaje discriminatorio en tres casos: a) la discriminación léxica, debida a la elección de ciertos términos; b) la discriminación sintáctica, basada en la forma en que construimos ciertas oraciones, y c) la discriminación retórica, por el empleo de diversas estrategias para persuadir de manera indirecta sobre la inferioridad de ciertos grupos. Y en cuanto a las mujeres, el lenguaje sexista y misógino incurre en los tres.

¿Por qué? Primero, porque se utiliza el masculino como presunto genérico, es decir, que se usa como neutral y abarca tanto a hombres como mujeres: «la evolución del hombre», o «la soldado», «la general», «los alumnos»; segundo, por la concordancia de adjetivos y participios: «Luis, Martha y Patricia están cansados», «Lupita y su perro comen juntos»; tercero, por el tratamiento y diferenciación social de los nombres: «Alicia Rodríguez de Castro», en vez de usar sus apellidos oficiales le adjudican el del marido. ¿Cuándo hemos escuchado: «Roberto Suárez de Pineda»?

En cuarto lugar se encuentra el menoscabo semántico, que según describe Islas, ocurre cuando una palabra que tiene tanto forma femenina como forma masculina adquiere connotaciones que van más allá de la simple distinción basada en el sexo. Por ejemplo, «si prestamos atención a la diferencia entre ‘señor’ y ‘señorita’ percibimos de inmediato cierta asimetría en la terminación ‘ita’ con que se indica que se trata de un diminutivo. Además, ‘señorita’ revela también que la persona de que se trata no se ha casado, que está en cierto modo ‘incompleta’, a diferencia del ‘señor’, que es ya señor esté casado o no. ‘Señorita’ tiene además connotaciones sexuales ausentes en el vocablo masculino, que nos parece más ‘neutro’». Y que conste que es un varón quien lo dice.

Y ya que estas imprecisiones son de uso común, resulta entonces que al aplicarlas reforzamos una y otra vez los estereotipos que hacen ver al varón como el agente único que construye la historia por sí mismo, ya que sólo él es autónomo, independiente o activo, mientras que a la mujer se le percibe —y por lo tanto se le trata— únicamente a partir de su estado civil, su función reproductiva o su sexualidad, y por lo tanto no es digna de valorización como participante activa de una sociedad, y seguirá siendo la víctima eterna de la violencia y la pobreza.

Así pues, en este marzo que inicia vale la pena observar la forma en que usamos el lenguaje. Quizá las campañas mediáticas en contra de la discriminación y la violencia hacia las mujeres sigan siendo absolutamente vigentes.

¡Hola!

¿Has buscado tu consulta?

Si no la encuentras, rellena nuestro formulario: