Noticias del español

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| Daniel Samper Pizano
eltiempo.com, Colombia
Viernes, 1 de junio del 2007

POSTRE DE NOTAS / BERRACOS Y CULIPRONTOS

Dicen algunos padres —no es mi caso, lo advierto— que lo más emocionante que puede ocurrirle a uno es presenciar el nacimiento de un hijo. Discrepo. Creo que conmueve mucho más asistir al parto oficial de palabras, después de que se han gestado por ahí en la calle, y, además, no quedan por ahí sangre, gasas húmedas ni cordones umbilicales olvidados.


Hace poco presencié el alumbramiento formal de dos palabras que el lenguaje colombiano fecundó en parques y plazas. Nacieron ambas en pabellones de maternidad muy distinguidos y las trajeron al mundo oficial personajes de alto rango. Hablo de los términos «berraco» y «culipronto».

Ninguno figura en el diccionario, pero ambos forman parte del español que hablamos los colombianos. Habrían podido seguir vivos durante muchos años sin reconocimiento oficial alguno, como ocurre con muchas palabras. Pero, por una casualidad, subieron a los altares del uso culto en la misma semana.

Vamos por orden alfabético. Me hallaba yo en un seminario sobre lengua y medios de comunicación celebrado en San Millán de la Cogolla, cuna de la lengua castellana, cuando le llegó el turno de hablar a Luis Fernández, un español importantísimo que es presidente de Radio Televisión Española. Cuál no sería mi sorpresa cuando el hombre comienza así su intervención: «Les quiero platicar acerca del idioma más berraco que existe». Berraco. Dijo berraco.

Luego continuó con una interesante disquisición acerca del castellano en los noticieros. Había entre el público académicos, filólogos de varios países, periodistas y lagartos, como yo. Todos oímos la palabra.

Cuando acabó la ceremonia, me acerqué a Fernández y le pregunté dónde había aprendido el término y con qué ortografía lo había escrito. Esto era fundamental para saber si quería calificar al castellano de «cerdo padre» —su significado cuando se escribe con v—, o si se refería al berraco colombiano, sinónimo de excelencia, que se escribe con b.

Me mostró sus apuntes: estaba con b. Era el berraco criollo, el nacional, el nuestro. Y me reveló que había oído la palabra a unos bogotanos amigos suyos y le había encantado. Por eso la incluyó en ese discurso pronunciado muy cerca de la biblioteca donde, hace mil años, un monje escribió las primeras palabras en lengua española. El berraco colombiano acababa de universalizarse. Una berraquera.

La historia del término «culipronto» es distinta. Aquí no fue un alto funcionario español sino un ministro colombiano, el de Defensa, quien lo elevó al lenguaje oficial. Lo pronunció Juan Manuel Santos para justificar un error suyo en las cifras de cierta captura de cocaína: «por culipronto —dijo— corrí a dar la noticia».

Aunque la palabra no figura en el Diccionario de la Real Academia Española —donde sí salen culinegro y culillo, por ejemplo—, sí está registrado en el de colombianismos del Instituto Caro y Cuervo. Explica allí que se emplea para designar a la persona «que tiene relaciones sexuales por dinero». Si algún ciudadano buscó la palabra en el diccionario local, luego de que Santos confesó serlo a través de los medios de comunicación, se llevó con seguridad una idea lamentable del ministro.

No es así. Santos tendrá sus defectos, pero no parece ser de esas personas que tiene relaciones sexuales por dinero. Es más: con sus ocupaciones, quizás ya ni gratis lo hace. De modo que conviene buscar otro sentido del vocablo que el diccionario en cuestión no recoge. Ese sentido es el que ha popularizado Guillermo La Chiva Cortés y que significa, más o menos, 'precipitación para aceptar propuestas o invitaciones' o 'disposición fácil para decir que sí'.

En otros términos, apenas el ministro recibió el dato, se precipitó a divulgarlo como noticia sin confirmar sus detalles. Primer síntoma de culiprontismo. Y tan pronto como se supo que había cometido un error, se declaró culipronto. Síntoma definitivo de lo mismo.

Fue así como la palabra «culipronto», en su sentido no sexual, subió al alto gobierno y alcanzó estatus digno de ministro de Estado. No me extrañaría que llegara pronto a la Academia española. Para los amantes del lenguaje popular, esta sería una berraca noticia.

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