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| Amando de Miguel
Libertad Digital, España
Lunes, 13 de abril del 2009

LA LENGUA VIVA: FRASES Y COLOQUIALISMOS

Luis Gómez Bueno anda intrigado con la expresión «estar a partir un piñón» para indicar que dos personas están muy unidas. No tiene mayor misterio. Se decía que dos esposos estaban muy unidos porque podrían comer un mismo confite o piñón.


Julio Iglesias de Ussel se pregunta por qué decimos «buenos días (tardes, noches)», en lugar de «buen día (tarde, noche)» como se prefiere en otros idiomas cercanos, también en catalán, por ejemplo. Llama la atención ese plural dispendioso de los castellanoparlantes. No tengo una interpretación clara. Se me ocurre que la noción del tiempo que se expresa en español pasa por una impensada indefinición. Así, últimamente oigo decir en la radio lo de «buenas tardes noches». Esas formas de saludo o de despedida quieren ser un deseo. «Buenos días» no es un enunciado sobre la agradable temperatura, sino un deseo para que el interlocutor disfrute de un magnífico tiempo futuro y no solo atmosférico. Por tanto, resulta vano contestar «con la que está cayendo» (= lluvia no deseada), o expresiones parecidas, al deseo cortés de «buenos días». Lo que está claro es que no se desea sólo un día completo (ni una tarde o una noche) sino varias, muchas. Es una expresión generosa que, como queda dicho, no se produce en otros idiomas cercanos. Tanto don Julio como yo andamos intrigados por la noción del sentido cronológico en la imaginería popular. Éste es un caso no resuelto. Se admiten sugerencias interpretativas.

José Ignacio Benavides aporta una «afirmación negativa» muy simpática del madrileño que exclama: «¡a ti te lo voy a contar, no t'amuela!».

José Gómez Hernández (Sevilla) se refiere a ese soniquete de «¿no?» para terminar muchos enunciados coloquiales. Encuentro que se explica lo mismo que el «¿eh?», para hilar una afirmación con la esperada réplica del interlocutor.

Luis Gómez Bueno (Madrid) anda intrigado con la expresión «estar a partir un piñón» para indicar que dos personas están muy unidas. No tiene mayor misterio. Se decía que dos novios o dos esposos estaban muy unidos porque podrían comer un mismo confite o piñón mordiendo cada uno de un lado.

Juan María Ruiz Rojas (Barcelona, de origen gaditano) recuerda que en su pueblo de nación la expresión «cáscara amarga» quería decir mariquita o términos parecidos. En efecto, consulto la Enciclopedia del erotismo de Camilo José Cela y trae esa equivalencia. Sigo ignorando el sentido de la alusión a la cáscara amarga.

Antonio J. Duarte López (Madrid) comenta la frase «darse con un canto en los dientes». Observa que se dice normalmente en condicional: «me daría con un canto en los dientes si…». «Es decir, que merece la pena el sacrificio de algo tan desagradable por el bien recibido». Está bien visto. Aun así, me sigue pareciendo una alusión estrafalaria.

Mari Martin me dice que, en su opinión, lo de «darse con un canto en los dientes» es algo que sirve de compensación si se consigue algo que se desea. Entiendo que ese es el sentido de la extraña expresión, o mejor, que uno debe conformarse con lo conseguido porque es más de lo que se podía esperar. Ya, pero sigue siendo un misterio por qué esa forzada alusión. Quizá sea una derivación de un gesto antiguo que era darse con una piedra en el pecho como un motivo de satisfacción por algo deseado que se había conseguido. Sigo expresando mi ignorancia sobre el particular.

F. Javier Arias Manzano (Toledo) recuerda que un libertario venezolano o colombiano se refería a la expresión «ser más porfiado que la mujer de Garabato», quien al ahogarse seguía insultando a su marido con el gesto de las manos. Don F. Javier observa que en su pueblo de origen (Peraleda de la Mata, Cáceres) se emplea la misma frase, sólo que se dice «la mujer de Matacocos». El mismo asombro le causa el uso de «Juan Bimba», que se dice en Venezuela para alguien innominado que resulta indolente o desgarbado. También se dice así en Peraleda de la Mata. Es evidente, como concluye don F. Javier, que sus antepasados llevaron el idioma castellano a América, incluidos muchos giros populares. También puede ocurrir que algunas expresiones americanas las trajeran de regreso a España los indianos.

Luis Martin Jadraque se pregunta por el origen de la expresión «estar a la cuarta pregunta». Muy sencillo. En los tribunales de antaño a los detenidos se les hacían, de entrada, cuatro preguntas. Las tres primeras eran los datos de identificación (nombre, edad, domicilio) y la cuarta indagaba el patrimonio a los posibles efectos de responsabilidad civil. Ahí es donde cumplía contestar que el detenido era insolvente, pobre de solemnidad, con el fin de evitar la posible multa. Eso era «estar a la cuarta pregunta».

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