Noticias del español

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| Andrés Moreno Galindo
Diario digital Soitu.es, España
Lunes, 18 de mayo del 2009

CONFESIONES DE UN TALIBÁN ORTOGRÁFICO

El autor del artículo confiesa ser un intransigente en temas ortográficos, al mismo tiempo que manifiesta su firme intención de abandonar la secta de los «integristas ortográficos».


Sí, lo confieso. Mea culpa. Soy un «talibán ortográfico» o, si lo prefieren en inglés, un grammar nazi. Soy uno de esos indeseables, pesados y cansinos hasta la extenuación, que se dedican a escribir comentarios en todo tipo de foros corrigiendo las faltas ortográficas o gramaticales de los demás. Armados con diccionarios y gramáticas, pomposamente autoproclamados «defensores del lenguaje», emprendimos hace ya tiempo una espontánea cruzada para combatir a los que, a diario, maltratan la lengua española en Internet. Incansables y testarudos, nuestros entrenados ojos vuelan por líneas y párrafos buscando esa «b» que no debería estar ahí, esa coma que cambia el sentido de una frase, esos signos de puntuación devorados por las prisas del autor… Cuando localizamos la presa, apenas podemos sofocar un alarido de triunfo, y ya nuestras manos vuelan presurosas hacia el teclado, volcando nuestra santa indignación sobre el «maltratador lingüístico». A veces irónicos, a veces condescendientes, a veces pedagógicos, casi siempre antipáticos, enviamos el comentario y, momentáneamente satisfechos, partimos raudos y veloces en pos de otra víctima.

¿Por qué confieso mi adscripción a esta, a todas luces, odiosa secta? En realidad es un primer paso para salir de ella. Quiero dar público testimonio de mi pertenencia a esta detestable camarilla y solicitar humildemente la ayuda de mis hipotéticos lectores para abandonarla de manera definitiva e integrarme en el mundo de la normalidad. Quiero dejar de ser un pelmazo sabiondo e insufrible cuyo único objetivo en la vida parece ser corregir puntillosamente las faltas ortográficas ajenas. Quiero ser un internauta corriente y dejar de martillear de manera constante a mis semejantes.

¿Cómo llegué a formar parte del abominable clan de los «talibanes ortográficos»? Supongo que la culpa es mía, y solamente mía, pero no puedo dejar de mencionar en este artículo la nefasta influencia que ejercieron, en mi ya lejana infancia, los profesores de Lengua Española que tuve la desgracia de padecer. Figuraos que los muy insidiosos suspendían a los pobres niños que cometían faltas ortográficas en exámenes y redacciones. Y eso a la tierna edad de 11 ó 12 años. Vamos, que no solamente pretendían que supiéramos las respuestas del examen, o que la redacción fuera imaginativa y bien elaborada, sino que encima exigían que no hubiera faltas ortográficas. En cambio, ahora, en la Facultad de Periodismo, puedes entregar un examen con 4 faltas y no pasa nada. También teníamos unos horribles libros de texto de Lengua, elaborados por el más peligroso de todos los talibanes ortográficos, ni más ni menos que Fernando Lázaro Carreter, el auténtico «Padrino» de esta especie de mafia lingüística, que no dejaba pasar ni una, el tío. Incluso llegó a escribir libros en los que se recopilaban sus furiosas diatribas («dardos», los llamaba él) contra los «maltratadores del lenguaje» de nuestros tiempos. Menudo elemento.

No faltaron, por parte de aquellos malintencionados profesores, ejemplos con los que romper mi débil resistencia ante sus ideas extremistas. Que si la herencia de nuestros antepasados, que si normas unificadoras para que esto no sea «la casa de tócame Roque», que si las faltas son como la droga, que una lleva a la otra y al final se escribe y habla como Paco Martínez Soria en sus películas de catetos… Podéis comprender la presión a la que me vi sometido durante mi infancia, la época en la que una persona es más vulnerable a estos malévolos ataques.

Pero todo eso se ha acabado. ¡Viva el fondo, abajo la forma! Lo importante es el significado, lo he comprendido. ¿Qué importa que te sirvan un Vega Sicilia en un vaso de cartón? ¿Deja de ser por ello un vino extraordinario? No más comentarios, no más exponerme a respuestas irónicas o insultos por parte del escritor. Es verdad, si se entiende lo que quieres decir, ¿qué importa que se cuele alguna faltilla? He visto la luz. ¡Estamos en una democracia! ¡Que cada uno escriba como le plazca! Es más, aunque quizás al principio me cueste, es posible que finalmente consiga liberarme de esos malditos condicionamientos de los que os hablaba en el párrafo anterior. Aprovecharé que se aproximan las Fiestas de San Juan en Catalunya y lanzaré al fuego purificador diccionarios, gramáticas y demás zarandajas inservibles, borraré la página de la Real Academia de la Lengua (esa institución fascista, como me espetó hace ya tiempo, con toda la razón del mundo, un internauta harto de mis insoportables opiniones) de la lista de favoritos de mi navegador y, por fin libre de esas inútiles ataduras, podré dedicar mis esfuerzos a escribir sin tener que consultar dudas sobre nimiedades lingüísticas a cada momento. Y para finalizar, solamente me queda solicitar ayuda para lograr estos propósitos, tender la mano al colectivo «Hoygan» y pedir disculpas a todos aquellos a quienes haya podido ofender con mis descorteses reprimendas. Como todavía tengo un largo camino que recorrer hasta alcanzar la «normalización» y uno todavía no está muy ducho en lo de la «escritura libre», me he permitido usar una frase que he encontrado al azar, leyendo los comentarios a una noticia de un periódico digital, y que creo que expresa a la perfección mi arrepentimiento por los errores pasados: «PIDO DISCULPAS ATODA PERSONA QUE SE HALLA PODIDO OFENDER Y EN ESPECIAL HATI POR LO DE TONTERIAS OK?»

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