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| Álex Grigelmo (El País.com, España)

Bankia no era un bankio

El acto de dar nombre a las cosas no puede tomarse a la ligera; tiene consecuencias.

Aristóteles y Confucio relacionaban la verdad con la esencia del lenguaje. Para ellos debía darse una correspondencia entre la realidad y lo que se nombraba. Cuando le preguntaron al maestro Confucio acerca de la primera medida que habría de tomarse para ordenar el Estado, respondió: «Lo primero que hace falta es la rectificación de los nombres. Si los nombres no son correctos, las palabras no se ajustarán a lo que representan, y si las palabras no se ajustan a lo que representan, las tareas no se llevarán a cabo…, y el pueblo no sabrá cómo obrar» (Jesús Mosterín, Historia de la filosofía. 1983, volumen 2, páginas 61 y 121).

El acto de dar nombre a las cosas no puede tomarse a la ligera. Si alquilamos un cuarto en una pensión y lo llamamos «hotel», tarde o temprano pediremos el desayuno en la cama; y si alquilamos una habitación de hotel y la denominamos «pensión», en algún momento nos parecerá excesivo el precio por noche. Pruebe usted a referirse cada día como «tartana» a su propio auto, verá como le entran unos deseos tremendos de comprarse otro. Y note el distinto olor que percibe si mira una axila o si ve un sobaco, aun siendo la misma cosa.

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