La ortotipografía, en la que las normas ortográficas se llevan a la realidad del texto, no hace solo que leer sea cómodo, en última instancia hace que sea posible. Lo hace apoyada en una serie de convenciones que los lectores tenemos interiorizadas y que sabemos reconocer y entender. Los hacedores de este sutil arte han recibido distintos nombres (escribas, tipógrafos, diseñadores…), con diferencias entre unos oficios y otros, todos han sido y son las personas que llevan la disposición ideal de un texto a la realidad del soporte en el que se transmite, mediante la tecnología disponible en cada momento de la historia.

El reto es llevar la disposición ideal de un texto a la realidad del soporte en el que se transmite mediante la tecnología disponible en cada momento de la historia

 

La tecnología no es aquí una cuestión baladí. Cuando apenas había gente que supiera leer, los «libros» se copiaban a mano, no existía una demanda popular de ejemplares y los escribas e iluminadores embellecían textos, en muchas ocasiones sagrados, que se transmitían sobre materiales nobles y caros. El mismo tamaño de muchos de esos volúmenes ya nos habla de que eran obras que no solían alejarse de la habitación en la que se guardaban.

A esta «tecnología manual» le sucedió otra mecánica: Gutenberg combinó por primera vez la tinta y el papel, que ya se usaban en los códices, con una prensa, no muy distinta de la que podía emplearse en una almazara, con una suerte de punzones similares a los que grababan las monedas, y nació la imprenta. Con ella se crearon las letras que hoy conocemos, un novedosísimo sistema con el cual estas se fabricaban independientemente y se podían reutilizar en un número infinito de combinaciones: los tipos. Una simple barra de acero con la letra grabada en un extremo y el molde sobre el que se colocaban las matrices ya justificadas. Cualquiera que trabaje con InDesign sabe que toda letra descansa sobre una línea base que es imaginaria, pero fue Gutenberg el primero que la imaginó.

 

 

Con la invención de la imprenta, la tipografía se convirtió en un negocio. Se crearon y, a lo largo de los siglos, se estandarizaron otros modos de trabajo. A ella, además, no solo le debemos la mecanización del libro, sino también algunas falsas creencias que derivan precisamente de la tecnología con la que operaba. La no acentuación de las mayúsculas, por ejemplo, era una concesión tipográfica (el acento que sobresalía de las barras de acero se rompía con más facilidad en la letras mayúsculas), pero no fue nunca una norma académica.

Después de la imprenta, el siguiente gran hito que afectó a la reproducción de los textos fue la fotocomposición. Acabada de la Segunda Guerra Mundial, se aprovecharon los avances que había habido en óptica y electrónica para las máquinas de fotocomposición. Las matrices metálicas se cambiaron por matrices fotográficas con las que se imprimía el negativo del carácter en una cámara oscura. La fotocomposición fue mejorando hasta llegar a la máquina de offset. Este nuevo procedimiento, al principio aplicado sobre todo a los titulares, se desarrolló mucho gracias tanto a la industria comercial como a la publicidad y, desde el grafismo de los envases y el empaquetado, pasó a los libros y revistas.

En los años ochenta, el boom de los ordenadores personales y las impresoras vino a sacudir de nuevo este escenario. La informática hizo que definitivamente dejáramos de hablar de tipógrafos y pasáramos a hablar de diseñadores, pero este cambio de palabras no fue solo un cambio de nombres: como en otras áreas, lo que se vivió entonces es el paso de lo analógico, de la letra que se podía tocar, a la digital que se diseña vectorialmente.

Aunque los textos en pantalla no son patrimonio exclusivo de la actualidad, ya por fotocomposición se empleaban, por ejemplo, en el cine y la televisión, no es hasta nuestros días, con el desarrollo de internet, cuando más estamos explotando el concepto de leer, en toda la extensión de este verbo, en las pantallas. Hoy los textos nacen, viven y mueren sin salir de ellas, se redactan para ellas y su diseño está igualmente condicionado. Una de las diferencias entre un procesador de textos como Word y el CSS de una web como WP es que en nuestra secuencia de trabajo el primero acaba mandado el texto a la impresora y el segundo pulsando el botón de publicar.

Así las cosas, muy ciego se ha de estar para creer que la renovación de la era de internet no va a volver a transformar este escenario. Las normas ortográficas que caen en el terreno de la ortotipografía no pueden caminar de espaldas al futuro, sobre todo si pretendemos que los hablantes las respeten. Si yo ordenara a un general que se transformara en ave marina y el general no me obedeciese, la culpa no sería del general, sino mía —decía el rey del planeta diminuto en El Principito.

Las normas ortográficas que caen en el terreno de la ortotipografía no pueden caminar de espaldas al futuro, sobre todo si pretendemos que los hablantes las respeten

 

Si hoy escribimos con ordenadores, móviles y tabletas para enviar correos electrónicos, mensajes de texto o artículos de una web, no podemos seguir dictando normas ortográficas que parecen estar basadas en el funcionamiento de una máquina de escribir. La autoridad —seguía explicando el citado rey— se apoya antes que nada en la razón.

Vamos a repasar a continuación tres ejemplos de esos desajustes entre norma y tecnología que se dan en los modernos soportes de comunicación, desajustes que antes, al no existir estos nuevos soportes, no se daban.

1. Las comillas

Si echamos un vistazo a las portadas de los principales diarios digitales y nos fijamos en los títulos, veremos que en la mayoría de ellos se emplean las comillas simples para marcar un extranjerismo, una cita textual o un término coloquial. La comilla simple es una vieja amiga de nuestra lengua y este consenso en su uso en los medios digitales no merecería mucha reseña de no ser porque la Ortografía académica lo admite solo excepcionalmente y solo como marca del carácter especial del término o expresión a la que se aplica. ¿Por qué los medios digitales han hecho costumbre de esa excepción? 

Basta con comprobar el reducido espacio que algunas cabeceras tienen para el módulo de la noticia, para darse cuenta de que las comillas angulares, las que según las normas académicas deben emplearse en primera instancia, mancharían mucho, ocuparían el espacio entero de dos caracteres en un módulo en el que caben unos veinte.

Las comillas angulares, que aún siguen siendo las reinas del texto impreso, han llegado tarde y mal a la fiesta de la escritura en internet. Y a su empleo tampoco ayuda el hecho de que estén más escondidas en los teclados, se inserten con un código en los CSS y procesadores y manteniendo pulsada la letra de la comilla inglesa en los móviles y tabletas.

Hay tipografías para ver y tipografías para leer. Los titulares de los digitales están a caballo entre esas dos acciones, se deben poder leer, deben ser informativos, pero en internet se deben poder ver. Deben llamar la atención del lector

Pero ¿por qué empeñarnos en condenar a la marginalidad de la excepción a un uso en cuyo consenso la prensa es casi unánime? El mundo del diseño sabe desde hace largo que hay tipografías para ver y tipografías para leer. Yo creo que los titulares de los digitales están a caballo entre esas dos acciones, desde luego se deben poder leer, deben ser informativos periodísticamente hablando, pero en internet se deben poder ver. Deben llamar la atención de un lector que escanea la página web, entre los banners de los anuncios y el poderoso contenido audiovisual, que puja por su atención. Cuanto mayor es la competencia por la atención del lector, menor es el margen de error. Y con una comilla angular se ve más la comilla que la palabra o expresión a la que enmarca.

2. La letra cursiva

Ya en el humanismo florentino se empleaba una letra inclinada, reservada para asuntos personales o cuestiones administrativas de poca enjundia, que permitía no levantar la pluma al final de cada trazo y con la que se escribía, por tanto, más rápidamente. Inspirado en ella, Manuncio, un experto punzonista, diseñó en 1501 unos tipos llamados letra cursiva o cancilleresca que, por su inclinación, permitían colocar más palabras por renglón. La idea, más bien prosaica, era que si cabían más palabras por renglón que con la letra redonda se economizaba espacio respecto a esta. Ello permitía rebajar los costes de la impresión y ganar más dinero al hacer los libros asequibles para más gente. Sin embargo, esta ventaja inicial es hoy un arma de doble filo: precisamente por servir para economizar espacio, la cursiva se lee algo peor, bastante peor, de hecho, si se hace en una pantalla.

La letra cursiva convive hoy con la redonda marcando, sobre todo, el carácter especial del fragmento al que se aplica (títulos, citas, extranjerismos…). Los tipos de Manuncio nunca conocieron esta convivencia, no fue hasta Garamond cuando estos dos tipos de letra pertenecerían a una misma familia, es decir, que se pudieron alienar para utilizarse conjuntamente.

Hoy en día los programas de maquetación disponen de muchas familias enteras de tipos, que suelen incluir la letra redonda, la itálica o cursiva, la negrita o bold, la light, etc.). Pero al escribir en internet muchas veces no se recurre a esta letra cursiva, sino que se aplica un estilo sobre la letra redonda, un simple comando en HTML (<i>itálica</i>) que, digamos, inclina la letra. El problema de que la cursiva sea un estilo y no un carácter de Unicode diferenciado es que se pierde al copiar y pegar de una aplicación a otra. Si un texto tiene 20 palabras en cursiva y lo redactamos en Word y luego lo copiamos y pegamos en el gestor de nuestra web, lo más probable es que tengamos que reponer esas 20 cursivas una a una. Si, además, copiamos un fragmento en Twitter, tendremos que sustituirlas por unas comillas. Por estos inconvenientes soy pesimista respecto al futuro de la letra cursiva en internet. 

3. Los símbolos

La normativa ortográfica establece que los símbolos deben ir separados de la cifra a la que acompañan por un espacio. Esta indicación, que una vez más puede ser perfectamente válida para un texto impreso, conlleva varios problemas al trabajar en algunas aplicaciones. Para empezar, una simple hoja de cálculo no entenderá que le pidamos operar con el tanto por cierto si separamos la cifra del símbolo. Funcionará si lo escribimos así: 10%, pero no lo hará si ponemos 10 %.

Lo mismo sucede con la escritura de algunos números y cifras. Si en un correo electrónico escribimos un número de teléfono sin espacios, podremos llamar a ese número con solo pulsar sobre él, pero el móvil no entenderá que se trata de un número de teléfono con el que comunicar si lo separamos con espacios o puntos. Encontramos problemas similares también al trabajar con el preceptivo punto de los miles.

Los libros manuscritos se emplearon en Occidente durante eras (los primeros papiros datan del Antiguo Egipto), la imprenta menos, pues, desde su invención en 1450 hasta finales del XIX, tuvo unos cuatro siglos de desarrollo y consolidación. Ya en el siglo XX, hemos visto nacer y convivir a las offset con el digital. El desarrollo y la implantación de las tecnologías se sucede cada vez más rápido.

Culpar a las redes, a internet o a la velocidad con la que hoy se trabaja de todos nuestros males y fallos sirve solo para sacar de paseo a la nostalgia. Lo cierto es que basta recorrer someramente la historia de la humanidad para apreciar que siempre hemos ido tan rápido como hemos podido. La locomotora sustituyó al caballo y a esta le sucedió el motor de combustión. Tratar de oponerse a los avances, en vez de construir de acuerdo con ellos, no es ser menos paria que aquellos que se colocaban frente a la locomotora en la vía para intentar detenerla.

Además de abrazar la velocidad, históricamente hemos tendido a preferir la comodidad. Es un hecho documentado que cuando comenzaron a editarse obras sobre asuntos cotidianos (obras de liturgia y de enseñanza), los impresores empezaron a necesitar un alfabeto más sencillo. Otro ejemplo son las mismas raíces de la letra redonda con las que nos podemos remontar hasta el Imperio de Carlo Magno, en su difusión influyó la necesidad de una letra sencilla que permitiera llevar la burocracia de la época a los vastísimos territorios de su imperio. Pero ni un rey tan poderoso como él tenía un territorio tan amplio como lo es hoy internet. Sin embargo, ¿por qué establecer un sistema sencillo para la web nos parece hoy claudicar, hacer las cosas más funcionales, cuando esas han sido las fuerzas que han traído hasta nosotros la escritura tal y como la conocemos?

Al empuje del progreso, se contrapone la resistencia del confort. Ambos son fuerzas poderosas, y el confort, el mundo conocido, aunque quizá sea menos seductor, tiene muchas ventajas. Tiene seguridades, certezas. Creo que nos gustan las tecnologías pasadas porque están cerradas, son finitas en un mundo cambiante. 

Debemos dejar de estirar las normas ortotipográficas de los libros en papel para intentar que lleguen a los nuevos formatos y pensar, simplemente, en una nueva ortotipografía que, sabedora de su bagaje, haga una vez más lo que tan bien ha hecho a lo largo de su historia

Crecer despreciando las enseñanzas del pasado sería de insensatos, pero también lo es imponer los modos del papel a las pantallas. Debemos dejar de estirar las normas ortotipográficas de los libros en papel para intentar que lleguen a los nuevos formatos y pensar, simplemente, en una nueva ortotipografía que, sabedora de su bagaje, haga una vez más lo que tan bien ha hecho a lo largo de su historia: aplicar las herramientas del momento actual para encontrar la representación ideal de cada texto en función del soporte en que se transmite, aunque quizá hoy tendríamos que decir comparte