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| Ana Mendoza (Agencia Efe)

Se cumplen cincuenta años de la muerte del gran lexicógrafo Julio Casares

Considerado uno de los principales lexicógrafos españoles del siglo XX, Julio Casares murió hace hoy cincuenta años, tras haber dedicado buena parte de su vida al Diccionario ideológico de la lengua española, una obra imprescindible para escritores, periodistas y traductores.

Publicado en 1942 por Gustavo Gili y actualizado en 1959 por el propio autor, este diccionario fue reeditado a finales del 2013 por la editorial Gredos, convencida de la gran utilidad que sigue teniendo el innovador método aplicado por Casares, que también fue diplomático, académico de la Lengua, crítico literario, excepcional políglota y destacado violinista.

En «el Casares», como se denomina popularmente el diccionario, cada palabra figura agrupada con sus sinónimos, antónimos y otros vocablos pertenecientes a la misma esfera de conceptos o actividades. Y se mantiene también la clasificación alfabética tradicional, «con remisión al grupo ideológico correspondiente».

«Por primera vez la totalidad del vocabulario español aparecía como un cosmos ordenado, a disposición de quienes quisieran indagar su organización interna, su peculiar estructura», escribía Rafael Lapesa, otro gran filólogo, en el homenaje que se tributó a Casares tras la muerte de quien fuera secretario perpetuo de la Real Academia Española desde 1939.

Casares creó en 1946 el Seminario de Lexicografía de la RAE y contó con Lapesa como subdirector para poner en marcha el Diccionario histórico de la lengua española, uno de los grandes proyectos de la Academia.

Nacido en Granada en 1877, Julio Casares no solo destacó en la Filología, a la que dedicó numerosas obras, entre ellas la Introducción a la lexicografía moderna, un manual de referencia para los especialistas.

A los nueve años dio un concierto de violín en el Teatro Principal de Granada, y la prensa local lo calificó de niño prodigio. A los dieciocho ya formaba parte en Madrid de la orquesta del Teatro Real.

Luego abandonaría la música para orientarse hacia la diplomacia y dedicarse al estudio del Derecho y de lenguas extranjeras. Fue un excepcional políglota, que traducía 18 lenguas, entre ellas el francés, inglés, alemán, ruso, japonés, sueco, noruego, polaco, portugués e italiano.

Formó parte del departamento de Interpretación de Lenguas, dependiente del Ministerio de Estado, del que fue jefe desde 1915 hasta 1947. Representó también a España en la Sociedad de Naciones, con sede en Ginebra.

Casares intentó que la Academia respaldase su Diccionario ideológico y en 1921 le ofreció el proyecto a la RAE en su discurso de ingreso.

Antonio Maura, director de la RAE en aquella época, rechazó la idea por considerarla demasiado innovadora y porque le parecía «una quimera». Y Casares emprendió en solitario una obra tan compleja como esa.

Del largo proceso que siguió hasta terminar el diccionario hablaba Casares en un folleto de 1944 en el que reconocía que esta obra podía haber sido «la mayor equivocación de su vida» de no haber estado convencido de que podía «prestar un servicio importante a la lengua y al pensamiento hispanos».

Para redactarlo, alquiló una habitación al lado del Ministerio de Estados (actual, Asuntos Exteriores), y allí instaló su «modesto laboratorio lexicográfico». Se quedaba sin comer al mediodía y hacía jornadas de doce horas como poco.

En la primavera de 1936, después de 22 años de trabajo, estaba ya todo listo. Estalló la Guerra Civil, y su casa de Madrid fue saqueada. Perdió los archivos del diccionario, pero sí se salvó el material que el editor Gustavo Gili tenía en Barcelona. Tres años más de «ingrato trabajo» permitieron sacarlo a la luz en 1942.

Casares fue también un excelente crítico literario, labor que reflejó en varios libros, y se esforzó en difundir el trabajo de la RAE en la serie de artículos La Academia trabaja, publicados en ABC.

Eduardo Sierra Casares, nieto del filólogo y representante de sus herederos, recuerda todas esas facetas en la página web que dedica a su abuelo.

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