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| Javier Lascuráin (Fundéu BBVA)

De qué hablamos cuando hablamos de populismo

Que la palabra del año de la Fundéu en 2016 sea un término del ámbito de la política era casi inevitable en un año en el que los acontecimientos de este campo han marcado de forma extraordinaria la actualidad mundial.

Por eso, cuando nos propusimos elegir un grupo de candidatas, tuvimos que hacer un esfuerzo para que la política no arrasara con todo; se nos venían a la cabeza sorpaso, trumpismo, brexitabstenciocracia, posverdad, plebiscito, populismo

Solo algunas de ellas pasaron a la lista de las doce candidatas y únicamente una, populismo, ha sido la finalmente elegida. Quizá porque en ella resuenan de algún modo los ecos de todas las demás.

Como cada año, pretendemos que el doble enfoque que guía nuestro trabajo diario (el del lenguaje y el de la actualidad) esté presente también en la elección de palabra del año, de modo que buscamos un término con una presencia destacada en los medios y que tenga interés desde el punto de vista lingüístico.

No hay muchas dudas sobre lo primero: basta con haber echado un vistazo a los medios de comunicación en español a lo largo de los últimos meses o con repasar los resúmenes que publican en estos días finales del año.

Lingüísticamente, nos ha llamado la atención el proceso por el que las palabras populismo y populista han pasado a lo largo de los años (y de forma particularmente acelerada en los últimos tiempos) de ser voces neutras a cargarse de connotaciones, a menudo negativas, y convertirse en términos claves del enfrentamiento político.

Es lo que algunos especialistas llaman un proceso de relexicalización, seguramente inacabado y al que estamos asistiendo cada día en los periódicos, webs, radios y televisiones. Un proceso que hace que sea pertinente preguntarnos hoy de qué hablamos cuando hablamos de populismo.

¿Es el populismo simplemente la defensa de los intereses del pueblo? ¿Es una doctrina política que pretende incorporar a la vida política a la masas populares frente a las élites? ¿O es cualquier modo de hacer política, con independencia de la ideología que la sustente, en la que solo cuenta atraerse a los ciudadanos con apelaciones emocionales y propuestas simplistas?

Si buscamos esa voz en el Diccionario de la lengua española (2014), encontraremos que populismo es la ‘tendencia política que pretende atraerse a las clases populares’. Una definición, como se ve, bastante neutra, si bien se advierte a renglón seguido de que su utilización suele ser despectiva.

Esa carga peyorativa es aún más evidente si atendemos al uso mayoritario actual. En casi todos los ejemplos que encontramos cada día en los medios, populismo parece aludir a una forma de hacer política caracterizada, al margen de la ideología que la sustente, por el intento de atraerse emocional y vehementemente el favor popular ofreciendo soluciones simples y poco fundadas a problemas reales y complejos.

Así pues, populismo y populista se están convirtiendo en voces que califican más que definen, que se lanzan como armas arrojadizas a uno y otro lado del espectro político y que han saltado ya a otras facetas de la realidad para formar expresiones como populismo judicial o populismo sanitario.

Imagen de la decimosexta edición del Diccionario de la lengua española, publicada en 1936.

Pero no siempre fue así. La Real Academia Española registró populista por primera vez en 1936 como ‘perteneciente o relativo al pueblo’, mientras que populismo entró en el Diccionario manual de esta institución en 1985 como ‘doctrina política que pretende defender los intereses y aspiraciones del pueblo’, en ninguno de los casos con marcas que indicasen que su uso fuera despectivo.

Durante un tiempo, la palabra populista sirvió para bautizar a diversos movimientos políticos que subrayaban así su identificación o defensa de los intereses del pueblo. En ese contexto y con ese sentido, ser populista no solo no era algo negativo, sino más bien un rasgo positivo del que hacer gala en el discurso político.

Al mismo tiempo, diversos regímenes políticos que buscaban el apoyo de las masas de forma directa y más allá de las instituciones tradicionales empezaron a recibir el calificativo de populistas.

Quizá a partir de esas experiencias, a finales del siglo XX los diccionarios de uso comenzaron a incluir matices negativos de estos términos en sus definiciones. El diccionario Salamanca, en 1997, ya señala que populismo es un término peyorativo y lo define como ‘ideología y comportamiento de los políticos que defienden demagógicamente los intereses de las clases populares’. Este uso despectivo y las connotaciones demagógicas aparecen también, con pequeñas variaciones, en los diccionarios de uso de María Moliner, de Seco, Andrés y Ramos, en el General de Vox, en el Clave de SM…

Frente a esta caracterización, una nueva corriente política reivindica desde principios del siglo actual una definición del populismo sin tono negativo, como la puesta en marcha de procedimientos democráticos antielitistas, capaces de incorporar a la vida política a las masas populares que se habían sentido excluidas en etapas anteriores.

Parece claro, pues, que populismo es un término en evolución y hasta en disputa, una palabra que puede designar, en función del contexto, de la época y de quién la use, muchas cosas diferentes. Y que, quizá, a fuerza de hacer que signifique una cosa y la contraria, pueda acabar no significando nada.

Ver también populismo, palabra del año 2016 de la Fundéu BBVA.

 

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