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Instarrelato: una nueva narrativa en una foto y dos líneas

Un relato en Instagram es como tragar una píldora. Es una especie de cápsula minúscula que, en su interior, guarda todos sus componentes. Un lugar, un momento, un suceso y unos personajes. A veces aparecen todos y a veces aparece solo uno. Puede ocurrir que el peso del relato caiga en el lugar y la imagen. O puede pasar que se imponga una sensación escrita y el resto de los elementos estén ahí para ahondar en su intensidad.

La historia se reparte siempre entre una imagen y un texto indisociables entre sí. Las palabras sitúan al lector dentro de la escena y revelan esa información, real o ficticia, que completan el significado de la foto. La imagen despliega los detalles sensoriales en los que el texto no se puede detener por la limitación de espacio.

No más de cinco o seis líneas. Es decir, no más de unas 40 palabras. Un texto largo produce pereza. Instagram no es un lugar de lectura. Es un pildorazo. Un espacio para contar cuentos como el que bebe un espresso. ¡Ras! Adentro de un trago.

La arquitectura de la novela perfecta comienza en forma de anzuelo. Continúa con una trama como el que tiende una red lentamente y acaba en un fin, al que no quieres llegar nunca, que deja huérfano, vacío, como al pez que sacan del mar. En Instagram todo esto ocurre en un instante. Es, más bien, un golpe seco. No hay principio ni final. Es como introducir bruscamente a un lector en una escena y ahí queda resuelta la novela. Lo demás está en su imaginación. En el inicio, conclusión y capítulos intermedios que quiera imaginar.

Los relatos en Instagram pueden describir situaciones reales o ficticias. O mezclar realidad y ficción. O realidad y emoción. Igual que es la vida. La imagen suele soportar la carga más mundana. La escena, el paisaje, el objeto o el personaje fotografiado marcan la parte dada de la historia o, llamémoslo a partir de ahora, Instarrelato. Ahí no interviene la fantasía del lector. Es en las líneas que acompañan a la foto donde reside la imaginación. El texto puede ser más abierto, más cerrado, más sugerente, más explícito… Pero siempre ha de ser contundente. Poético incluso.

La sonoridad es importante. La música del relato es imprescindible. Para que la máquina funcione, todas y cada una de las piezas han de potenciarse entre sí. El conjunto debe resultar armónico. La imagen, las palabras, la historia, el ritmo con el que se cuenta y la emoción que provocan cierran el círculo de la historia. Si algo falla, es como un escape de gas. Peligroso y destructivo.

Los instarrelatos pueden contarse en cualquier formato. Poema, ensayo, micronovela, fotoperiodismo, documentos históricos… Y, por supuesto, están llenos de figuras literarias como la metáfora, la sátira o la ironía.

Pasen al laboratorio y observen el ADN de algunas publicaciones en Instagram. Esta entrada, por ejemplo, parte de un hecho real en una ciudad de México y desde ahí introduce una reflexión aplicable a cualquier lugar del mundo. La foto se ocupa de presentar una situación y el texto cuela la reflexión. Este formato tendría ciertos paralelismos con el ensayo.

Burger Queen. «En Zacatecas no hay letreros peleones ni agresividad en las paredes. La estética va como de corrido. Silenciosa… Coherente… Sin estridencias ni atentados paisajísticos. Tampoco hay lugar para los monstruos del comercio mundial. Acaso algún rincón para su caricatura».

Vean algunos más.
Instarrelatos reivindicativos. Por ejemplo:
«Madrid debería ser reconquistada por los colonizadores. Las plazas volverían a ser plazas en vez de cementazos indecentes que alquilar a los bares para que desplieguen sus terrazas. Nos han robado el espacio público».

Instarrelatos descriptivos. Por ejemplo:
«El salario se cuenta en zapatos. El tiempo, en esta plaza, pasa entre cepillazos oscilantes y conversaciones transparentes. Querétaro es rosa. La lluvia, no».

Instarrelatos informativos. Por ejemplo:

«En la esquina de un pasadizo zacateco se hacen estas tortillas. El artefacto tortillero, atrás, ayuda al artesano a que todas tengan la forma exacta de platillo volante».

Instarrelatos lingüísticos. Por ejemplo:

«Invasiones lingüísticas. Los hispanos trajeron la palabra estacionamiento a México y en España nos dejamos colonizar por los parkings».

Las modalidades son interminables y, en esta nueva narrativa, jamás serán exactamente una novela, un ensayo o un poema. Tienen algo menos y algo más. Cuentan con atributos similares pero, también, con una identidad propia y una forma única de mostrar el mundo, el pensamiento y las sensaciones.

Todas las licencias están permitidas. También todos los estadios que van de la realidad a la ficción. El empleo de filtros en las fotografías lleva hacia la fantasía y la novela. Las imágenes sin retoques resultan más informativas y realistas.

Las etiquetas ayudan a situar un tema en las búsquedas de los usuarios de Instagram pero es solo una opción. Las palabras con almohadilla, como añadido al relato, lanzan la historia a un espacio inmenso lleno de posibles lectores desconocidos. Los instarrelatos sin etiquetas dejan la historia para un círculo más íntimo. Solo el que sigue al autor.

Este artículo carece de fin, como ocurre en Instagram. La intensidad está en el fogonazo.

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