Lengua y realidad

Hay un debate recurrente en el mundo de la lengua y su relación con la sociedad. Muchos creen que es el idioma el que va cambiando a medida que cambia la sociedad, mientras que para otros el fenómeno corre en la dirección contraria: solo impulsando cambios en la lengua lograremos que cambie la realidad que esta designa. Como en casi todos los debates, es posible que en este las dos partes tengan algo de razón.

Ya desde Ferdinand de Saussure y su Curso de lingüística general sabemos que todo signo lingüístico consta de dos partes: un significante, la palabra en sí, y un significado, el concepto asociado al término. Esta relación indivisible es la que, en última instancia, hace posible la comunicación, la asociación entre la cadena hablada que emitimos y los conceptos y las realidades a los que nos referimos.

Queremos detenernos un poco en esta fuerte asociación que existe entre las palabras y la realidad. Si pensamos en la palabra perro y cerramos los ojos, ¿qué perro vemos? Tal vez muchos vean a un perro tipo labrador o un pastor alemán, algunos tal vez visualicen a su propio perro o al que tuvieron en la infancia, otros quizá piensen en un perro famoso de una película o serie, y no faltará quien piense en un adorable cachorrito.

Para que la comunicación sea exitosa, basta con que todos imaginemos un perro, igual que basta con que por mesa entendamos que nos referimos a un tablero con cuatro patas; pero, en última instancia, la imagen mental, el significado o el referente que asociamos a las palabras, depende de nosotros mismos. Depende del tiempo y de la época en la que vivimos (nosotros podemos evocar un barco de motor, pero Colón siempre lo hubiera visualizado con velas), de la cultura que compartimos (¿qué imagen recuperaría un esquimal si le pedimos que evoque el concepto casa?) y de nuestras propias vivencias.

La imagen depende también de nuestro conocimiento del mundo. Por esto, ante dos oraciones gramaticalmente idénticas como son el par «Todos los españoles pueden servir en el Ejército» y «Todos los saudíes pueden servir en el Ejército» podemos entender significados distintos: inferir que en la primera oración los españoles engloba a las mujeres, mientras que seguramente, en la segunda, los saudíes no lo hace.

El estudio de cómo el conocimiento del mundo y el contexto social y cultural compartido afectan a la comunicación cae en el terreno de la llamada pragmática, que analiza cómo la sintaxis y la semántica se desenvuelven en la comunicación real y cotidiana.

Para que detrás de significantes como albañil, piloto, cirujano, enfermera, etc., podamos visualizar tanto a hombres como a mujeres, no hace necesariamente falta una terminación para cada género; lo más necesario, así lo creemos en la Fundéu, es un contexto compartido y real en el que efectivamente existan mujeres y hombres ejerciendo esas profesiones. Hace falta que esa imagen esté viva en nuestra mente y en nuestro imaginario colectivo. Lo que se necesita es un referente activo.

Ahora bien, para que ese referente activo llegue a ser realidad, esto es, para que de verdad las mujeres y los hombres sientan que ningún ámbito les está vetado por su condición de mujer o de hombre, seguramente sí que sea bueno «hacer campaña» en determinadas áreas. Apostar por las desinencias marcadas, por el femenino o el masculino explícito; recalcar, como siempre se hace en lengua, aquello que se quiere enfatizar; buscar ejemplos célebres y exitosos para que quede claro que quien quiere puede.

Darles difusión a estas iniciativas no es malo, apoyarlas con nuestro uso de la lengua tampoco lo es, ya que, como vemos, la lengua ayuda a construir nuestro pensamiento y a entender y compartir el mundo.

Es cierto que la ausencia no equivale necesariamente a la invisibilidad, esto es, que la ausencia, por ejemplo, de una forma plenamente femenina no conlleva necesariamente la invisibilidad de la mujer; pero también es cierto que, si lo que se quiere es dar una imagen más representativa de la realidad y, sobre todo, hacer la realidad más inclusiva, el lenguaje es una de las herramientas más eficaces. Darle nombre a lo que queremos que exista, a lo que queremos identificar, fomentar y cuidar. Nombrar es siempre uno de los primeros pasos y lo es precisamente porque posibilita el reconocimiento que está en la base misma de la existencia.

Las lenguas son de quienes las hablan. El español, creemos en la Fundéu, pertenece a sus hablantes; pero es innegable que la lengua es también un espacio simbólico de poder. Históricamente, existen numerosos ejemplos en los que determinadas ideologías han tratado, con mayor o menor fortuna, de apropiarse de algunas parcelas, intentando que sus modos de nombrar se entendieran como la forma natural e inamovible de llamar a las cosas.

Las mismas lenguas que sirven para entendernos sirven para pelearnos. No dejemos nunca que ese poder, que se beneficia de las disputas entre los grupos, nos convierta en extraños. Ni la historia ni la evolución de nuestra lengua deberían ser un arma arrojadiza. Dejemos que las sociedades avancen y apoyemos ese avance con los recursos que tenemos a nuestro alcance. Tal vez así llegue el día en que cada sustantivo tenga una forma plena para cada uno, y para cada uno de nosotros o tal vez llegue el día en que la imagen que evoquen las palabras sea tan plural que esas formas no hagan ni falta.