Un rincón para patrocinar el español  (CRÓNICA)

Foto: ©Archivo Efe/Alberto Martín

El dinero no lo es todo, pero da alegrías. Y quien no lo crea que le pregunte al protagonista del último anuncio de la lotería navideña.

Por supuesto, el equipo modesto puede arrebatarle la corona al adinerado, sorprenderlo con un partido de ensueño o, muy excepcionalmente, birlarle incluso un campeonato. No solo en Nochevieja hay campanadas. Como cualquier aficionado sabe, más allá de las plantillas, el fútbol depende en gran parte de estados de ánimo contagiosos: ese penalti fallado que agarrota los gemelos del equipo favorito, ese gol tempranero que hace creer en una remontada épica a futbolistas y afición, ese entrenador que transmite calma al vestuario, aquel que lo desestabiliza con acusaciones públicas y declaraciones incendiarias.

Es verdad. Puede ocurrir. Los matagigantes existen y el Superdépor ganó una Liga BBVA. Pero no es menos cierto que la mayoría de los encuentros y títulos acaban en las vitrinas del club con capacidad para realizar fichajes más caros, para pagar sueldos superiores, incorporar a los mejores futbolistas o retener a los canteranos. A tal fin, los presidentes se esfuerzan por conseguir continuas fuentes de ingresos, patrocinadores generosos.

En este sentido, el uso de un extranjerismo innecesario como sponsor hace mella en la imagen del español. Y es que, si bien recurrir a este anglicismo puede entenderse como un recurso para no repetir patrocinador, las noticias deportivas ni siquiera se ponen de acuerdo respecto a su grafía: «Nuevo sponsor para el Atlético de Madrid», «En 2016 habrá nuevo esponsor», «El Barcelona presentará este lunes un nuevo espónsor internacional» y «Más allá de los elogios a su nuevo spónsor, el crac argentino reflexionó sobre su estado de forma».

Vayamos por partes: la vigesimotercera edición del Diccionario académico recoge sponsor, pero lo hace en cursiva, no como en el primer ejemplo, y remite a patrocinador, que es donde desarrolla la definición.

Respecto a las adaptaciones esponsor espónsor de los ejemplos dos y tres, sería esta última la que tendría sentido, dado que este sustantivo se pronuncia como palabra llana y termina en erre; pero ningún diccionario de la Academia ha optado nunca por esta adaptación, por más que respetuosa con las normas de acentuación ortográfica, y el Diccionario panhispánico de dudas la desaconseja expresamente.

A modo de curiosidad, el diccionario de Gaspar y Roig, en 1853, recoge el sustantivo agudo esponsor con una de esas definiciones deliciosas, laberínticas, que ni el Funes borgiano osaría memorizar: ‘género de insectos coleópteros pentámeros, de la familia de los serricornios, sección de los malacodermos, tribu de los bupréstidos, compuesto de ocho especies que se encuentra en la isla Mauricio’. No debía de ser muy contagioso el insecto, pues la palabra, desde luego, no se ha extendido.

Por último, la grafía spónsor es como encontrarse uno de estos insectos mauricianos en mitad de Murcia: que uno sabe que se siente fuera de lugar, con esa tilde pero sin «e» inicial, híbrido entre el inglés y el español, apátrida nostálgico, tierra de nadie.

Conforme a la Academia, en fin, en los ejemplos anteriores habría sido preferible optar por patrocinador o, en muchos países de América, por auspiciador, que no es sino aquel ‘que auspicia’, es decir, ‘que patrocina o favorece’.

A partir de aquí, al periodista le corresponde patrocinar el español, esto es, defenderlo de grafías ajenas a nuestro sistema ortográfico. Los clubes podrán comercializar los derechos de denominación de sus estadios (mejor que naming rights), pero el derecho a proteger la imagen del español escribiendo adecuadamente es innegociable.

 

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