Por qué lo llaman blooper cuando quieren decir pifia (CRÓNICA)

Foto: ©Archvio Efe/Jorge Zapata

Resulta que en los pasillos del metro se oye un frenar de vagones aún en marcha. A falta de doblar la esquina y subir un tramo de escaleras, el usuario del suburbano esprinta instintivamente. Ni siquiera sabe con certeza en qué sentido circula el tren, pero sus pasos, al principio despaciosos, progresivamente acelerados, se convierten de súbito en carrera desenfrenada y ascenso de escalones tres a tres.

¿Los siguientes fotogramas? Un empeine choca con la contrahuella del último peldaño, el cuerpo se desequilibra, los brazos tantean el aire extendidos hacia delante; durante un segundo elástico, todo transcurre a cámara lenta: dos pasos trastabillados, el silbato avisando a los pasajeros de la prohibición de entrar, el cuerpo aún abalanzándose al vacío, cayendo peligrosamente, internándose de milagro en el convoy mientras las puertas inician su cierre; entonces el golpe en la cadera del pasajero, las manos aterrizando con brusquedad sobre el suelo del vagón, el batacazo.

—¿Estás bien? —se interesa una mujer que, agarrada a la barra vertical, contempla con asombro al primer hombre que ve caer a sus pies.

—Sí, claro —replica nuestro pasajero. Con una sonrisa de yeso fijada en el rostro, trata de recuperar verticalidad y dignidad a partes iguales—. Siempre entro así en los vagones. Es lo más. Todo el mundo debería probarlo.

—¡Tremendo blooper! —tercia un joven que no ha logrado contener una risilla traidora.

—¡Sin faltar! Una cosa es que me haya metido un porrazo y otra distinta es que me insulten. ¡A mí no me llama blooper nadie!

Y se aleja al extremo opuesto del vagón. Nuestro pasajero disimula apenas una cojera ostensible —como siempre lo son las cojeras en el fútbol— y se lleva una mano al costado malherido. Instantes después, más tranquilo y con más perplejidad que enojo, se pregunta en un asiento aislado para qué demonios esa carrera alocada, ese arrebato de velocista jamaicano devorando metros lisos… ¡cuando ni siquiera tenía prisa!

¿Puede haber trastazo más innecesario? En su historia personal de caídas bochornosas, no cabe duda de que ese traspié ridículo supone un hito difícilmente superable.

Repara entonces en un periódico gratuito abandonado sobre el asiento contiguo. Pasa las páginas y en la sección de deportes encuentra la siguiente frase: «¿Qué dijo Dani Alves tras su blooper contra el Málaga?». Por supuesto, el jugador brasileño no ha ido en metro al Camp Nou, de modo que no ha podido meterse un golpetazo semejante al suyo.

Y aunque la prensa deportiva pueda ser parcial y mostrar favoritismos, nuestro pasajero no cree que ningún periodista pueda llegar al extremo de insultar sin rebozo a un futbolista. Más bien, ahora que lee la noticia con detenimiento, da la impresión de que Dani Alves se ha confiado en un pase cometiendo así una pifia, un error garrafal, un fallo tremendo, todas ellas alternativas adecuadas en el anterior ejemplo: «¿Qué dijo Dani Alves tras su pifia contra el Málaga?».

Y aún existen más opciones: si en el desacierto interviene el portero, en vez de «Tiago marcó gracias a un blooper de Casillas» o «Benzema abrió la cuenta del Real Madrid tras una blooper entre el arquero y el defensor locales», ¿por qué no contentarse con «Tiago marcó gracias a una cantada de Casillas» y «Benzema abrió la cuenta del Real Madrid tras un malentendido ridículo entre el arquero y el defensor locales»?

«Exactamente igual que mi carrera —se dice el pasajero—: con todas las palabras que hay en español para referirse a tropiezos y fallos, la palabra blooper es totalmente innecesaria». Solo entonces, mientras devuelve el periódico mal doblado al asiento de la derecha, se da cuenta de que se ha pasado de estación.

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