Fútbol a domicilio (I)  (CRÓNICA)

Foto: ©Archivo Efe/Kiko Huesca

El fútbol no es Dios, pero está por todas partes. No solo en los campos, en los bares y en las vallas publicitarias; no únicamente en anuncios televisivos, prensa general y especializada… No, si el fútbol es el deporte rey es debido a que invade nuestras casas y usa nuestros muebles, nos acecha.

Esta verdad perturbadora —que el lenguaje deportivo convive con nosotros y se nutre de nuestra intimidad— queda de manifiesto en un recorrido que empieza en la entrada de nuestro edificio y acaba adueñándose hasta de nuestra nevera.

Todo comienza con el lugar defendido por los guardametas, llamado en ocasiones portal («El Elche metió una marcha más y se acercó con peligro al portal de Mariño»). A continuación se recorre un pasillo, sustantivo con que se alude al homenaje a los campeones de un torneo aún no concluido. Entonces, para no subir escaleras, el fútbol cuenta con lo que se conoce como equipo ascensor, aquel que sube y baja de categoría con frecuencia.

Y, de pronto, ya está ahí: sin apenas darnos cuenta, el portal se ha convertido en nuestra puerta («El chileno se quitó la presión de ver puerta») y, tras abrir su cerrojo, sistema táctico ultradefensivo, el fútbol se ha colado en nuestro hogar.

Si nos saltamos el recibidor, el dormitorio y el salón —de los que se escribirá con detalle en otra ocasión— y nos adentramos directamente en la cocina, descubrimos que los balones se cuelgan a la olla o salen fregando el poste, catalanismo que sería recomendable sustituir por rozando el poste.

Metidos en harina, además, algunos jugadores son maestros en hacer croquetas, tipo de regate en el que el balón pasa de un pie a otro. ¿Y cómo proceder con la comida? A veces se calienta, verbo que apunta a los ejercicios previos a un partido; pero también se puede templar, que es golpear el balón de modo que vaya perdiendo velocidad; mojar es marcar gol, secar a un delantero es impedirle rascar bola gracias a un marcaje sobresaliente y congelar el partido es ralentizar su ritmo para asegurar un buen resultado.

Son muchos más los giros futbolísticos tomados del ámbito doméstico (mandar un melón, tirarse a la piscina, ser la defensa un colador), pero en algún momento hay que cortar, verbo empleado cuando un defensa adivina la trayectoria de un pase e impide que el balón llegue al rival. Para cortar, por cierto, nada como tirar de tijera, tipo de remate elegantísimo consistente en un movimiento en aspa de las piernas que termina con el jugador deslomado en el suelo.

El fútbol, ya se ve, se cuela en nuestros hogares, impregna por completo nuestras vidas y quién sabe si no incluso el más allá. Haley Joel Osment, el niño de El sexto sentido, probablemente estaría de acuerdo: «En ocasiones —diría— veo goles fantasmas».

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