Chicharito dribla el banquillo (CRÓNICA)

Foto: ©Archivo Efe/Lavandeira jr

Chicharito anda suelto. Su celebrado gol contra el Atlético de Madrid en cuartos de la Liga de Campeones, cuando el partido parecía abocado a la prórroga y acalambrado incluso tras casi noventa minutos de esfuerzos continuos, le ha quitado de un plumazo el pesar de una temporada sin apenas oportunidades.

Si hasta ese minuto de gloria su destino en el club blanco podía simbolizarse por unas cadenas al banquillo, ahora parece haberse desatado, disfruta por fin de minutos en el terreno de juego y, pese a no haber marcado contra el Almería ni el Sevilla, ya son cuatro partidos consecutivos los que encadena en la alineación titular.

El mexicano, más hábil en el desmarque y el disparo que en el regate, ha consumado sin embargo un drible memorable al banquillo. Falta saber si regresará a la suplencia cuando Benzema se recupere de su lesión, como es de suponer; pero su entrega en los entrenamientos y su notable media goleadora han servido por lo pronto para que la prensa se plantee sus méritos para renovar.

Por supuesto, hoy no se habla de él, sino del triplete de Cristiano, de los ocho goles de un Barcelona arrollador a un Córdoba recién descendido, de los goles anulados al Atlético de Madrid, de las semifinales de Champions… Chicharito, mientras tanto, exprime este momento dulce con discreción, en segundo plano, como a la sombra ha permanecido igualmente el vocablo drible, recogido hace unos meses en la vigesimotercera edición del Diccionario académico sin alharacas como sustantivo derivado a partir de driblar.

¿Por qué drible en vez de driblin? ¿No se está haciendo una gambeta a sí misma la Academia? Por un lado, tal es la impresión que da, pues desconcierta que el Diccionario panhispánico de dudas desaconsejara en el año 2005 de forma expresa la adaptación driblin cuando, al mismo tiempo, proponía castin ranquin a partir de casting ranking. Por más que se prefiera drible, ¿de veras entra driblin en la categoría de atrocidades idiomáticas?

Por otra parte, es verdad que quienes escriben drible en español lo hacen mayoritariamente bien, es decir, con una sola be: «Isco dio clases de drible» o «CR7 no tiene el drible de Messi». En cambio, aquellos que optan por driblin mantienen a menudo la ge final («Todos señalan que Odegaard es un zurdo con unas condiciones deslumbrantes para el dribling, el pase y el gol») o se emborrachan de consonantes y terminan escribiendo doble, esto es, terminan recurriendo a la voz inglesa original: «Neymar se deleitó con un magistral dribbling», donde al menos habría sido preferible destacar el anglicismo con cursiva o entre comillas.

Además, aunque driblin haya llegado a sonarnos natural, su plural correspondiente sería dríblines, lo cual generará resistencias al común de los aficionados. En efecto, en estos casos es más habitual encontrar ejemplos en los que el plural permanece invariable o se forma añadiendo una ese indebidamente: «La habilidad y los dribling se pueden aprender» o «Sergio gana en driblins a Cristiano, Messi y Neymar».

Pero, sobre todo, la apuesta por drible se apoya en el paradigma de crear sustantivos derivados que terminan en -e: así como de despejar, rechazar, rematar, pasar sacar, entre otros muchos, se crean despeje, rechace, remate, pase o saque, ¿por qué no añadir a la lista drible, voz ya extendida en América? 

En definitiva, parece aconsejable que todos los hispanohablantes rememos en la misma dirección y promovamos drible, plural regular dribles, como en «No corría muy rápido, pero con sus pases y dribles siempre marcaba la diferencia».

Los regateadores, como suele decirse, son una especie en extinción y por ese motivo hay que mimarlos. Como también hay que cuidar el nombre que se da a sus fintas amagos.

Respecto a Chicharito, en el peor de los casos, ya ha hecho un quiebro a los agoreros, un regate a cuantos le presagiaban un futuro decadente en equipos sin aspiraciones o ligas de medio pelo. Ha revalorizado su caché y, si no renueva, volverá al mercado de fichajes más encumbrado de lo que llegó a Chamartín tras su solitaria andadura por el Manchester United. En contra del cántico insignia de los diablos rojos, bajo las órdenes de Van Gaal, Chicharito sí caminaba solo.

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