Capital de campeones  (CRÓNICA)

Foto: ©Archivo Efe/Javier Lizón

Si toda final es un partido a vida o muerte, el Real Madrid ganó el sábado un duelo y la afición del Atlético de Madrid terminó apesadumbrada y entristecida, es decir, se puso en duelo.

Merengues o colchoneros, solo uno podía alzarse con la victoria. El equipo de Simeone, que hasta el final del partido fue viendo ascender y ascender sus ilusiones desde Madrid al cielo lisboeta, llorará el viento de todas las cometas despeñadas, ese jarrón de agua helada, el cabezazo de Ramos haciendo añicos las mallas de Courtois. Descuento interminable para los atléticos, pesarosos por la gloria que se aleja y se ha alojado en las vitrinas del vecino, suspiro postrero para la eternidad madridista.

En buena lid, no le queda al Atlético sino felicitar a los ganadores, como deportivamente se apresuraron a hacer desde el entrenador hasta el capitán. Eso y convertir el júbilo blanco en espuela propia para renovar los objetivos: «Esta noche se nos ha escapado, pero el año que viene volveremos a pelear por la Orejona», podrán prometer con la cabeza bien alta.

Por no rumiar más la amargura, tal vez prescindan los jugadores de comprar la prensa. Pero, de enfrentarse a las portadas de los periódicos deportivos, encontrarían el apodo por el que se conoce a la copa de este torneo escrito de diversas formas: «La mayoría de los futbolistas del Real Madrid colocaron la infaltable imagen besando la “Orejona”», «El Real Madrid llevará la “orejona” a Cibeles y a la Puerta del Sol» o «Los merengues saben lo que es alzar la orejona».

La Ortografía de la lengua española, que sin ser balón recibe su cuota de patadas, señala que los apodos se escriben siempre con mayúscula inicial y habitualmente precedidos de artículo, este en minúscula, por no formar parte de la expresión denominativa.

También indica que no necesitan cursivas ni comillas, salvo que aparezcan entre un nombre de pila y su apellido; por ejemplo, a Iker el Santo Casillas se le apareció la Virgen con el gol de Ramos, esa joya que relegará al olvido o regalará a la desmemoria el fallo del guardameta.

¿Y si en vez de hablar de la Orejona los jugadores madridistas recontaran sus trofeos en esta competición y se refiriesen a esta copa como la Décima? El técnico italiano ya puede ofrecérsela a su presidente y así, también en mayúscula y sin resaltes, lo recogen con acierto los medios deportivos: «Carlo Ancelotti consiguió la Décima».

En este caso, se trata de una mayúscula por antonomasia, «figura que consiste en utilizar un nombre común con valor de nombre propio», como el Estrecho entre los españoles, por el estrecho de Gibraltar.

Este recurso, añade la Academia, es extensivo y aplicable a los adjetivos cuando la referencia de la denominación es inequívoca, como en la Nacional (por la Biblioteca Nacional). Dígase, por tanto, «El Real Madrid conquista la Décima», donde el adjetivo sustituye a Copa de Europa, pero «Sergio Ramos, el héroe de la décima Copa de Europa», donde décima mantiene su valor adjetival.

Respecto al Atlético, en fin, aunque no ofrezca consuelo, será valioso recordarle al subcampeón que siempre hay más felicidad en el camino hacia la meta que en la misma consecución de los logros. No solo eso: sabiendo perder han sabido ganar. ¿Acaso no es otra manera de vencer recibir la ovación de los periodistas en la rueda de prensa lisboeta? El romance con la afición del Manzanares dura más que cualquier euforia pasajera, la pasión del Calderón es pulso y suma de millares de latidos. ¡Bravo, Madrid!, ¡a por la undécima!, pero también ¡forza, Atleti!   

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